Ethan Ashford tiene veinte años, un tío empeñado en casarlo cuanto antes y una lista interminable de pretendientes ricos, educados… e insoportables.
Para librarse de la presión, se le ocurre una broma: inventar a un prometido imposible de investigar. Un alfa extranjero. Un capitán de la Fuerza Aérea de Corea del Sur. Un tal Kang Min-Jae que jamás podría presentarse en Ravenshire.
Una noche, sin pensarlo, Ethan le escribe una carta. Cuatro páginas de confesiones, quejas y sueños que nunca le ha contado a nadie. Y, por capricho, la envía.
Lo que Ethan no sabe es que, en una base aérea de Seúl, existe un hombre llamado Kang Min-Jae. Que la carta llegó a sus manos. Y que no puede dejar de leerla.
Carta tras carta, entre el humor, la soledad y una sinceridad que no se atreve a mostrar de frente, Ethan se enamora de alguien que cree que no existe. Y Min-Jae, que lleva meses guardando cada sobre en un cajón, se enamora de un desconocido al que no sabe cómo responder.
Hasta que una misión militar lo trae a la ciudad de las cartas, a pocas calles de una florería.
¿Qué pasa cuando el destinatario imaginario resulta ser real? ¿Y cuando la verdad hiere más que cualquier mentira?
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Capítulo 15 — Sentimientos peligrosamente reales
El otoño empezaba a transformar Ravenshire.
Las hojas de los árboles tomaban tonos dorados y rojizos.
El viento era más frío.
Las noches, más largas.
Y, para Ethan Ashford, los días se volvían cada vez más confusos.
Todo por culpa de un hombre que no existía.
O al menos eso seguía repitiéndose.
Esa mañana, Ethan abrió el cajón de su escritorio en busca de un documento.
Pero encontró algo inesperado.
Un montón de copias.
Copias de todas las cartas que había enviado.
Se quedó mirándolas unos segundos.
Luego se sentó despacio en la silla.
Sin darse cuenta, empezó a hojear las páginas.
La primera carta.
Después la segunda.
La tercera.
La cuarta.
Y así sucesivamente.
Meses de pensamientos.
Meses de secretos.
Meses de conversaciones imaginarias.
Ethan comenzó a sonreír.
En algunas partes se reía de sus propias quejas.
En otras sentía vergüenza.
Pero, a medida que avanzaba por las páginas, notó algo.
Las cartas habían cambiado.
Al principio hablaban solo de su tío.
De los pretendientes.
De la ciudad.
Ahora hablaban de sentimientos.
Sueños.
Miedos.
Esperanzas.
Y, sobre todo...
De Kang Min-Jae.
El nombre aparecía cada vez más.
Como si aquel hombre invisible se hubiera convertido en parte de su vida.
Se le encogió el pecho.
Porque por fin comprendió algo que llevaba semanas evitando.
Quizá estaba enamorado.
Y eso era un desastre.
—¿Ethan?
Levantó la cabeza.
Clara estaba parada en la puerta de la florería.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Tienes cara de haber descubierto un secreto terrible.
—Quizá lo descubrí.
—¿Quieres hablar?
Ethan casi respondió.
Casi.
Pero ¿cómo iba a explicarlo?
Hola, Clara. Creo que estoy enamorado de un capitán de la Fuerza Aérea que inventé para evitar un matrimonio.
No.
Definitivamente no.
—Estoy bien.
Clara entrecerró los ojos.
Claramente no le creyó.
Pero decidió no insistir.
Esa noche, Ethan caminaba por el jardín de la mansión.
El cielo estaba lleno de estrellas.
El aire frío le helaba las manos.
Pero apenas lo notaba.
Sus pensamientos estaban lejos.
En las cartas.
En Min-Jae.
En la absurda posibilidad de sentir algo tan fuerte por alguien a quien nunca había conocido.
Era irracional.
Imposible.
Ridículo.
Y, sin embargo...
Era real.
Muy real.
—¿Qué me está pasando?
Lo murmuró para sí.
El viento se llevó sus palabras.
Sin respuesta.
Más tarde, sentado frente al escritorio, tomó papel y pluma.
Pero esta vez no logró empezar de inmediato.
Se quedó mirando la hoja vacía.
Durante mucho tiempo.
Hasta que por fin escribió:
Querido capitán Kang Min-Jae,
Le temblaba un poco la mano.
Algo raro.
Hoy me di cuenta de algo.
Se detuvo.
Respiró hondo.
Luego continuó.
Quizá me acostumbré demasiado a tu compañía.
El corazón se le aceleró.
Pero siguió escribiendo.
Sé que suena extraño.
Una pequeña sonrisa asomó.
En realidad, todo en esta situación es extraño.
La carta siguió creciendo.
Línea tras línea.
Hasta que llegó a una frase que lo dejó helado.
La punta de la pluma se quedó inmóvil sobre el papel.
Entonces, despacio, escribió:
Tengo miedo de que te hayas vuelto demasiado importante para mí.
El silencio llenó el cuarto.
Ethan se quedó mirando esas palabras.
Sabía exactamente lo que significaban.
Sabía exactamente lo que estaba admitiendo.
Por primera vez.
Ante sí mismo.
Porque nadie se vuelve importante de esa manera sin motivo.
Nadie ocupa tanto espacio en tus pensamientos sin motivo.
Nadie hace que tu corazón se acelere sin motivo.
Cerró los ojos.
Y dejó que la verdad por fin existiera.
Estaba enamorado.
Al otro lado del mundo, en Seúl, Kang Min-Jae tampoco podía dormir.
El viaje a Britania estaba cada vez más cerca.
Faltaban pocas semanas.
Los preparativos ocupaban sus días.
Pero Ethan ocupaba sus noches.
Esa madrugada abrió de nuevo el cajón de las cartas.
Ya no intentaba fingir que aquello era normal.
Porque no lo era.
Ningún hombre guardaba tantas cartas de un desconocido por simple curiosidad.
Ningún hombre releía las mismas palabras decenas de veces por simple interés.
Ningún hombre pasaba noches enteras pensando en alguien por simple casualidad.
Min-Jae lo sabía.
Y quizá fuera justo por eso que estaba asustado.
Porque él también había llegado a una conclusión.
Estaba enamorado.
Completamente.
Irremediablemente.
Ethan Ashford le había conquistado el corazón sin siquiera saber que existía.
A la mañana siguiente, Ji-Ho encontró a su amigo observando los aviones en la pista.
—Estás pensando en él otra vez.
—Sí.
Esta vez no hubo negación.
Ji-Ho casi cae hacia atrás.
—Espera.
¿Lo admitiste?
—Sí.
—¿Sin discutir?
—Sí.
—¿Sin fingir?
—Sí.
El beta se quedó unos segundos en silencio.
Luego esbozó una sonrisa enorme.
—Entonces es oficial.
Min-Jae suspiró.
—Supongo que sí.
—Estás enamorado del omega de las cartas.
Min-Jae contempló el horizonte.
La vasta extensión del cielo.
La misma extensión que pronto cruzaría.
Rumbo a Britania.
Rumbo a Ethan.
—Sí.
Por primera vez, lo dijo en voz alta.
Y, curiosamente, sonó bien.
Muy bien.