Cassandra López tiene veinticuatro años, una montaña de deudas sobre los hombros, unos padres jubilados a los que ayudar y un sueldo que apenas le alcanza para sobrevivir. Cada día es una lucha por llegar a fin de mes, hasta que una inesperada propuesta en una clínica de fertilidad pone su mundo patas arriba.
Un millón de dólares.
Esa es la cifra que le ofrecen por alquilar su vientre y gestar al hijo de un hombre que parece tenerlo todo: dinero, poder y un apellido capaz de hacer temblar a cualquiera. Un hombre tan apuesto como arrogante, tan misterioso como peligroso. Un Alfa acostumbrado a dar órdenes y conseguir siempre lo que desea.
Para Cassandra, aceptar parece la solución perfecta a todos sus problemas. Nueve meses a cambio de una fortuna. Un contrato, unas cuantas reglas y una promesa: no involucrarse emocionalmente.
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Capítulo 14
El avance de las primeras semanas tras la confirmación de la ecografía trajo consigo una rutina meticulosa dentro de la mansión. Apenas rondaban el primer mes de gestación; físicamente el cambio en Cassandra era imperceptible a la vista de los demás, pero los síntomas iniciales —las náuseas matutinas, el cansancio repentino y una sensibilidad a flor de piel— empezaban a hacerse presentes.
Con el tiempo, la presencia de sus padres en la casa de huéspedes se había consolidado como un oasis de paz, pero la dinámica con Damián Rossi había tomado un matiz insospechado. El Alfa no solo cumplía con los chequeos médicos semanales; sus visitas al ala sur se habían vuelto cada vez más frecuentes e informales. A veces aparecía al atardecer para constatar que Cassandra se encontrara bien tras los episodios de malestar, o simplemente se quedaba en silencio en la estancia, observándola descansar mientras revisaba documentos en su tableta. Había entre ellos un entendimiento mudo, una tensión cargada de magnetismo y protección que ninguno de los dos se atrevía a nombrar en voz alta.
Una mañana de jueves, el movimiento en la residencia principal comenzó desde antes del amanecer. Damián tenía agendada una junta crucial con el consejo de administración y los inversionistas internacionales en la sede central del Grupo Rossi, ubicada en el rascacielos corporativo de la capital.
A las ocho de la mañana, mientras Cassandra terminaba de tomar un té suave en la casa de huéspedes junto a doña Elena, la puerta se abrió y Damián ingresó luciendo un impecable traje a la medida en azul noche, ajustándose las mancuernillas de plata.
—Señor Rossi, buenos días —saludó Cassandra, intentando levantarse.
—Quédate sentada —indicó Damián con voz suave pero firme, caminando hacia ella—. Prepara una maleta pequeña con lo necesario. Hoy vienes conmigo a la ciudad.
Cassandra y doña Elena lo miraron con sorpresa.
—¿A la ciudad? —preguntó la joven, parpadeando con incredulidad—. Pensé que usted no quería que saliera de la mansión.
—El viaje durará todo el día. Tengo reuniones interminables y la revisión médica de seguimiento está programada para esta tarde en la sede principal de la clínica *Valentin* —explicó el Alfa, clavando sus ojos oscuros en los de ella—. No voy a dejarte sola aquí durante diez horas en estas primeras semanas tan delicadas. Estarás en mi despacho privado en la torre corporativa, bajo mi supervisión directa y con el equipo médico presente si llegas a sentir náuseas o cansancio.
Un destello de calidez recorrió el pecho de Cassandra al comprender la verdadera razón: Damián no confiaba en dejarla sin su custodia mientras él estuviera lejos de la propiedad.
—Está bien, señor Rossi. En diez minutos estaré lista —asintió ella con una leve sonrisa.
Veinte minutos después, en el carril principal de la entrada, la imponente camioneta blindada del Alfa aguardaba con el motor en marcha. Marcos sostenía la puerta trasera abierta mientras Cassandra subía y se acomodaba en el amplio asiento de cuero.
Sin embargo, cuando Damián se disponía a abordar tras de ella, el taconazo estridente de unos zapatos de diseñador interrumpió el momento.
Victoria caminaba por la gran escalinata de mármol luciendo un vestido ajustado de alta costura, un abrigo de visón sobre los hombros y gafas oscuras de sol. Traía a un asistente detrás cargando dos estuches de maquillaje profesional.
—¡Espera, Damián! —exclamó la modelo con tono demandante, aproximándose al vehículo—. Voy con ustedes a la ciudad.
Damián se giró despacio, entornando los ojos con evidente fastidio.
—¿Qué significa esto, Victoria? Tu chófer podía llevarte más tarde.
—Tengo la prueba final de maquillaje y las mediciones de vestuario para la pasarela de la semana de la moda en Francia que tengo dentro de un mes —respondió Victoria, acomodándose las gafas con una sonrisa altanera—. Mis diseñadores me esperan en el centro a primera hora. Además, como tu esposa, es mi deber acompañarte si vas con esta mujer en el mismo auto. No voy a permitir que los fotógrafos de la prensa me vean llegar por separado.
Sin esperar la autorización explícita de su esposo, Victoria subió a la camioneta y se acomodó en el asiento frente a Cassandra. Damián dejó escapar un suspiro pesado, lleno de una autoridad contenida pero peligrosa, y abordó colocándose en el asiento central, justo al lado de Cassandra.
La puerta blindada se cerró con un chasquido hermético y el vehículo se puso en marcha, escoltado por dos camionetas de seguridad.
El ambiente en el interior del vehículo se volvió denso al instante. Victoria cruzó las piernas con elegancia calculada, mirando a Cassandra de arriba abajo a través de los cristales oscuros de sus gafas.
—Vaya, Cassandra... qué raro debe ser para ti andar en un carro así —comentó Victoria con veneno sutil—. Aunque supongo que estando en las primeras semanas de embarazo vas a querer aprovechar cada paseo antes de que te sientas mal del todo.
Cassandra juntó las manos sobre su regazo, manteniendo la postura digna y la mirada tranquila.
—Estoy tranquila, señora Victoria. Lo único que me importa es seguir las indicaciones de la doctora para que todo avance bien —respondió la joven con voz serena.
Antes de que Victoria pudiera lanzar otra réplica cortante, la mano grande y firme de Damián se movió sobre el asiento. Con una naturalidad que dejó petrificada a su esposa, el Alfa cubrió con la suya la mano temblorosa de Cassandra, entrelazando sus dedos con una presión tibia y protectora.
—Guarda silencio durante el trayecto, Victoria —sentenció Damián sin siquiera mirarla, manteniendo los ojos fijos en la ventana exterior mientras apretaba suavemente la mano de Cassandra—. Si dices una sola palabra más, le ordenaré a Marcos que detenga el auto y te deje en la autopista para que pidas un taxi.
El rostro de Victoria se deformó por la furia detrás de las gafas oscuras. Apretó las mandíbulas en silencio, viendo con un odio insoportable cómo la mano del multimillonario sostenía con firmeza la de la joven humilde durante todo el camino a la capital.
Cassandra yo también 😭😭
Gracias Dalia excelente historia
Bendiciones
Para tu veneno acá encontrarás el antídoto, me encanta porque Cassandra no se deja 👏👏 Gracias Dalia bendiciones 🙏🙏🙏