Estela tiene veinticinco años y la vida rota. Tras perder a su padre y cuidar a su madre enferma, se refugia en sus musicales favoritos. Es una soñadora que espera un amor de película, sin saber que el destino aguarda en la primera fila de un teatro.
David es el barítono del momento, una estrella internacional cansada de la soledad. Al salir al escenario para encarnar al Fantasma de la Ópera, una mirada inocente y húmeda entre el público lo hechiza por completo.
Decidido a conocerla sin el ruido de su fama, David inicia un juego desde el anonimato. Mediante rosas, notas y llamadas de madrugada con una voz que la derrite, reconstruye el mundo de Estela. Pero cuando los secretos se vuelven pesados, la realidad de la fama, los chantajes de una actriz y un embarazo en el exilio amenazan con destruir su paraíso.
¿Sobrevivirá el amor cuando caigan las máscaras? Descubre una historia profunda donde él fue salvado por sus ojos; y ella, arrullada por su voz.
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CAPITULO 15. PROMESAS EN LA DISTANCIA
El regreso a la realidad fue un golpe seco y doloroso para Estela. Tras cruzar el umbral de su casa con el corazón latiéndole en la garganta, se encontró a su madre en mitad de una crisis de llanto incontrolable, abrazada a un viejo álbum de fotos familiares mientras la vecina del piso de arriba intentaba, sin éxito, suministrarle un sedante suave. Estela arrojó su bolso sobre el sofá y se arrodilló de inmediato frente a ella. Olvidando por completo el beso en el escenario, el aroma a lavanda y el misterio del teatro, se concentró en ser la roca que su familia necesitaba. Le tomó las manos, le habló con infinita dulzura al oído y permaneció abrazada a ella durante más de dos horas, meciéndola en la penumbra del salón hasta que los medicamentos hicieron efecto y el llanto se disolvió en un sueño profundo y pesado.
Cuando el silencio regresó por fin a la casa, el reloj de la pared marcaba las cuatro de la madrugada. Estela se dejó caer en el sofá, completamente exhausta. Se cubrió el rostro con las manos, sintiendo que una lágrima de pura impotencia resbalaba por su mejilla. Había estado a escasos milímetros de tocar la felicidad absoluta, de descubrir la verdad detrás del misterio, y la cruda realidad de su vida la había arrastrado de vuelta al abismo. Para colmo de males, la certeza de que la gira del teatro partía esa misma mañana hacia el norte del país la hacía sentir que el tren de su destino se había marchado para siempre.
Al mediodía del viernes, Laura apareció en la casa con un termo de café recién hecho y una caja de pasteles, dispuesta a evaluar los daños de la noche anterior. Encontró a Estela sentada frente al ordenador del salón, intentando concentrarse en una traducción de textos médicos, aunque su mirada perdida delataba que su mente estaba a cientos de kilómetros de distancia.
—Necesitas hablar, Estela —dijo Laura, dejando el café sobre la mesa y sentándose en la silla de al lado—. Sé lo de tu madre, la vecina me lo contó todo cuando me cruce con ella al entrar al portal. Pero... ¿qué pasó en el teatro antes de la llamada? ¿Llegaste a verlo? ¿Llegaste a escuchar su voz?
Estela suspiró de forma melancólica, apartando la vista de la pantalla. De forma inconsciente, se llevó los dedos a los labios, donde todavía creía sentir el calor del encuentro en las sombras.
—Fue... increíble, Laura. El escenario estaba completamente vacío y oscuro. Me puse la venda en los ojos tal como él me pidió y, de pronto, apareció. Su voz resonó en todo el teatro. Me tomó por la cintura y... nos besamos. Te juro que nunca en mi vida había sentido algo tan puro, tan intensamente real. Sentí una conexión física tan brutal que todo mi cuerpo tembló. Pero justo en ese instante sonó el teléfono. Me quité la venda y él ya se había ocultado en las bambalinas. Tuve que salir corriendo. Y hoy... hoy la compañía se marcha. Lo he perdido, Laura. El cuento de hadas se ha terminado y yo tengo que quedarme aquí, atada a mis responsabilidades.
Laura guardó silencio durante un momento, conmovida por el sufrimiento de su mejor amiga. Tomó sus manos entre las suyas, apretándolas con firmeza.
—Escúchame bien, Estela Ramos —le pidió Laura con un tono serio pero cargado de un cariño inmenso—. Un hombre que monta todo ese despliegue en un teatro, que te compone un vals y que te besa con esa entrega en mitad de la noche, no desaparece de la noche a la mañana por un cambio de ciudad. No lo has perdido. La distancia física es solo un bache en el camino. Tu vida ha sido muy dura este año, has cargado con todo el peso del duelo y del cuidado de tu madre sin quejarte ni una sola vez. Te mereces esto. Te mereces arriesgarte por amor.
Las palabras de Laura actuaron como un bálsamo reconfortante, pero la verdadera confirmación llegó esa misma noche. A las doce en punto, la pantalla del teléfono móvil de Estela volvió a iluminarse con la familiar notificación del usuario E.D.S. El corazón de la joven dio un vuelco salvaje. Con los dedos temblorosos, abrió el chat de la aplicación.
«No he dejado de pensar en ti en todo el viaje, Estela», decía el mensaje, enviado desde el autobús de la gira en mitad de la carretera hacia el norte. «Lamento tanto lo que ocurrió con tu madre. Mi mayor deseo anoche era salir de las sombras para abrazarte y protegerte del dolor, pero sé que debías acudir a su lado. Tu devoción y tu fuerza me enamoran cada día más. Por favor, dime que estás bien. Me destroza la idea de haberte dejado sola en mitad de la tormenta».
Estela sintió que los ojos se le humedecían de la emoción. Él la entendía. No había reproches, no había egoísmo; solo una preocupación pura y genuina hacia su situación familiar.
«Estoy bien», respondió ella de inmediato. «Mi madre ya está estable y tranquila. Pero me duele tanto la distancia... Siento que anoche nos robaron nuestro momento y ahora estás tan lejos que tengo miedo de que esto se disuelva como un sueño de verano».
«Nunca, Estela. Te doy mi palabra de honor de que esto no va a disolverse», replicó David desde su asiento, contemplando el paisaje nocturno a través de la ventanilla del vehículo. «Nuestra historia no ha hecho más que empezar. Vamos a mantener nuestras noches, te lo prometo. Seguiré llamándote cada madrugada, seguiré escuchando tu voz y seguiré enviándote mi música desde la distancia. La lejanía no es nada cuando dos almas ya se han tocado en las sombras».
Durante las dos semanas siguientes, el pacto se cumplió de forma milimétrica. La rutina de Estela volvió a iluminarse gracias a las llamadas nocturnas de David. Hablaban de todo: él le contaba los pormenores de la vida en la carretera y el cansancio de las funciones en los teatros del norte, omitiendo siempre los detalles que pudieran delatar su estatus de gran estrella cinematográfica; ella le confesaba sus avances con sus traducciones y la paulatina mejoría en el estado de ánimo de su madre. La distancia, lejos de enfriar el romance, inyectó una dosis de maravillosa añoranza que hacía que cada conversación fuera más íntima, profunda y necesaria que la anterior. Estela se descubría a sí misma completamente enamorada de esa voz profunda de barítono que la arrullaba desde el otro lado del país.
El clímax de esta etapa de separación llegó un jueves por la noche, cuando la gira de la compañía encaraba su tercera semana fuera de Madrid.
«Estela, tengo una propuesta importante que hacerte», le dijo David durante su llamada habitual de madrugada, con una nota de sutil entusiasmo en su timbre aterciopelado. «Dentro de diez días, la compañía tiene programado un fin de semana completo de descanso general. No habrá funciones, ni ensayos, ni compromisos de ningún tipo. Estaré completamente libre. He reservado una suite preciosa en un hotel boutique frente al mar, en una pequeña y tranquila localidad de la costa norte. Quiero que vengas a pasar ese fin de semana conmigo. Quiero que sea nuestro reencuentro, sin la prisa de los escenarios, sin vendas en los ojos y sin sombras de por medio. Te enviaré los billetes de tren mañanas mismo. Por favor, dime que vendrás».
A Estela se le cortó la respiración por completo ante la magnitud de la propuesta. ¿Un fin de semana a solas en la costa? El romanticismo de la idea la hacía desfallecer, pero la cruda realidad de su hogar volvió a levantar un muro de dudas en su mente.
—Me encantaría... de verdad, no deseo otra cosa en este mundo —confesó Estela con la voz entrecortada—. Pero no puedo dejar a mi madre sola dos días enteros. Sería una irresponsabilidad enorme por mi parte después de lo que ocurrió la última vez.
Al día siguiente, tras contarle la propuesta a Laura entre lágrimas de frustración, su mejor amiga dio un golpe firme sobre la mesa del salón, adoptando una expresión de absoluta determinación.
—De eso nada, Estela Ramos —sentenció Laura, cruzándose de brazos con una sonrisa radiante—. Vas a coger ese tren y te vas a ir a esa playa a vivir tu historia de amor de una vez por todas. Yo misma me voy a instalar en esta casa desde el viernes por la tarde hasta el domingo por la noche. Conozco perfectamente las rutinas médicas de tu madre, la vecina de arriba está avisada para ayudarme y te prometo que estará perfectamente atendida y cuidada. No tienes ninguna excusa. Has pasado un año entero siendo la hija perfecta; ahora te toca ser la mujer que persigue sus propios sueños. ¡Llama a tu Fantasma ahora mismo y dile que sí!
Estela contempló a su amiga con los ojos abiertos de par en par, sintiendo que un peso gigantesco de culpa se le quitaba de encima gracias a la inmensa generosidad de Laura. Miró por la ventana, sonrió de forma radiante y, por primera vez en muchos meses, sintió que el viento del destino soplaba con fuerza a su favor, lista para dar el paso definitivo hacia el reencuentro que cambiaría su vida para siempre.