el viaje de un sangre bastarda para convertirse en un héroe.
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el arco del cielo y el escudo del alma
Mientras caminábamos de regreso a la capital bajo el sol de la tarde, la guerrera felina marchaba pegada a mi costado, rozando su hombro con el mío a cada paso.
—Oye, mujer... ¿podrías darme un poco de espacio? —le pedí, intentando no sonar demasiado brusco—. Si alguna patrulla o emboscada nos sorprende en el camino...
—¡Nya! No pasa nada, macho —respondió Ania con una sonrisa amplia, moviendo sus orejas erguidas de un lado a otro—. Mi olfato es sumamente agudo; si detecto alguna amenaza en el viento, les avisaré con tiempo.
Armia, que caminaba un par de metros por delante sosteniendo su báculo, soltó una leve risita amarga sin volverse a mirarnos.
—Bueno... veo que se llevan de maravilla. Mucho mejor para mí: así no tengo que estar soportando tus comentarios todo el camino, mocoso.
Ania enarcó una ceja y ladeó la cabeza con picardía.
—¿Acaso estás celosa, elfa?
—¡Por supuesto que no! ¡Qué horror! —exclamó Armia, poniendo cara de espanto—. Para mí, ustedes dos no son más que un par de mocosos. A propósito, ¿qué edad tienes tú, gata?
—Tengo dieciocho lunas rojas —respondió Ania con orgullo, erguéndose un poco.
—¿Eh? ¿Lunas rojas? —arqueé la ceja, confundido.
—Sí —explicó Armia, tomando la palabra—. En la cultura del Reino Bestia cuentan sus años según el ciclo de la luna roja, un fenómeno astronómico anual. Así que, en resumen, tiene dieciocho años... Y déjame decirte, Adamas: cuando llegue esa noche para ella, dependerá de ti si se convierte en tu paraíso o en tu peor pesadilla.
—¿Por qué dices eso?
—En la tradición de las tribus —continuó la maga con voz burlona—, los guerreros solteros aprovechan el evento de la luna roja para cazar presas de Nivel Emperador. Pero cuando una mujer bestia ya está casada y aún no tiene cachorros... entra en un estado de celo sumamente agresivo e intenso. Así que yo en tu lugar iría despidiéndome de mis caderas.
—¡¿Qué?! —sentí cómo se me congelaba la sangre en las venas.
Ania se abrazó a mi brazo derecho, frotando su mejilla contra mi manga con afecto posesivo.
—Así es, amor mío. Te prometo que te daré una descendencia fuerte y cuidaré de ti por el resto de mi vida.
La miré de reojo, sintiendo una mezcla de desconcierto y curiosidad.
—Pero, Ania... ¿por qué dejaste a tu tribu y a tus hermanas guerreras así como si nada? ¿No eran tu gente?
—Ah... mocoso cabeza hueca —interrumpió Armia con un largo suspiro—. Ya te lo insinué antes, pero veo que no lo entiendes. Para una mujer de la raza bestia, en el preciso instante en que un macho la reclama y la derrota en duelo de honor, todo su mundo se reconfigura a su alrededor. En resumen: para ella, en esta vida, solo existes tú.
—Así es, nya —asintió Ania con absoluta devoción en sus ojos felinos.
Guardé silencio durante unos momentos, asimilando la profundidad de su código.
—Vaya... Es un código de conducta bastante estricto, pero noble a la vez —murmuré, suavizando la mirada hacia la felina—. Está bien, gata. Seré una buena pareja para ti.
Armia se detuvo en seco en medio del camino y se giró para mirarme con los ojos abiertos de par en par.
—Vaya... ¿Lo aceptaste tan rápido? Supongo que es la impulsividad de la adolescencia, ¿no?
—No es eso —le respondí con firmeza, cuadrando los hombros—. Si ella está dispuesta a entregarme su vida entera, lo correcto y lo honorable de mi parte es entregarle la mía a cambio. Eso es todo.
Finalmente, tras horas de marcha tirando de la pesada carroza, atravesamos los portones de la capital de Lesélus y nos dirigimos directamente al almacén privado del noble.
El Duque Durm nos esperaba con los brazos cruzados y una sonrisa de satisfacción contenida al ver el carruaje intacto.
—Vaya, vaya... Veo que lo consiguieron —comentó el noble, recorriéndonos con la mirada—. Y por lo que veo, se trajeron una mascota de regreso.
En un parpadeo, las orejas de Ania se pegaron a su cabeza y sus garras de linse brotaron de sus dedos.
—¿Mascota? ¡Humano de mierda, te arrancaré los...!
—Tranquila, mujer —la contuve de inmediato, poníendome delante de ella y encarando al Duque—. Bien, Durm. Cumplimos con nuestra parte. Entréganos lo prometido.
—Sí, sí, claro... El pago —dijo el noble, haciendo una señal a sus sirvientes. Un guardia nos entregó un cofre de monedas y un pergamino sellado con cera real—. Aquí tienen el certificado oficial firmado para elevarlos al Rango Profesional, el oro correspondiente por el encargo y el diez por ciento del valor del cargamento.
El Duque metió la mano en la caja de madera de la carroza y extrajo dos objetos envueltos en sedas finas.
—Para ti, elfa... —dijo, entregándole un arco de madera oscura pulida con incrustaciones de plata—. Este arco fue forjado por tus antepasados en las altas fraguas élficas.
Armia tomó el arma con delicadeza, pasando los dedos por los grabados rúnicos mientras sus ojos brillaban con asombro.
—Un arco de canalización para flechas mágicas... Es sencillamente increíble.
—Y para ti, muchacho... —continuó el Duque, extendiéndome una rodela pesada de metal oscuro, labrada con relieves rúnicos de la mitología profunda—. Un artefacto recuperado de la raza enana. Se le conoce en las crónicas como el Escudo del Alma.
Tomé el escudo por las correas de cuero. Al ajustarlo a mi brazo izquierdo, sentí una vibración cálida recorrer mi torso, como si el metal resonara directamente con mi energía vital.
—Excelente —sonreí, apretando el puño.
Por fin lo habíamos logrado: alcanzamos oficialmente el Rango Profesional.
Ania se acercó a mi lado, pegando sus manos a mi hombro y mirando la placa de metal que el gremio nos certificaría.
—¿Qué sigue ahora, querido?
—Iremos al Reino Enano —respondí sin vacilar, mirando hacia la cordillera que se divisaba en el horizonte norte—. He escuchado que sus minas y montañas están infestadas de bestias de alto nivel, y que sus gremios desbordan con misiones de Rango Profesional y Diamante. Estamos a un solo paso de la cima.
—Antes de ponernos en marcha, hay que registrar oficialmente a tu mujer en nuestra ficha de equipo en el gremio —recordó Armia, guardando su nuevo arco mágico a la espalda.
—Es verdad. Vayamos de una vez —asentí.
Una vez más, el camino se abría ante nosotros. Con el Escudo del Alma en mi brazo, la Espada de las Cinco Voluntades a la cintura, y con una maga hábil y una guerrera felina a mi lado, estábamos listos para encarar el siguiente nivel de este mundo. Mi nombre y el de mis compañeras resonarían en cada rincón del continente.