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La Segunda Vida De La Duquesa Olvidada.

La Segunda Vida De La Duquesa Olvidada.

Status: Terminada
Genre:Romance / Matrimonio arreglado / Edad media / Completas
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: SugarBloom

Lady Evelyn Ashbourne murió a los setenta y seis años después de vivir una existencia marcada por las infidelidades de su esposo, la soledad y un amor que nunca recibió. Sin embargo, el destino le concedió una segunda oportunidad: despertó nuevamente a los dieciocho años, conservando todos los recuerdos de su vida anterior.

Esta vez, Evelyn no volverá a cometer los mismos errores. En lugar de elegir al encantador vizconde que destruyó su felicidad, aceptará casarse con Adrian de Blackthorne, el temido duque al que rechazó en su primera vida.

Frío, intimidante y despiadado con sus enemigos, Adrian esconde heridas y secretos que nadie se atreve a descubrir. Su matrimonio comenzará como un acuerdo entre dos familias, pero la convivencia despertará sentimientos que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.

NovelToon tiene autorización de SugarBloom para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La fecha de la muerte.

Evelyn no recordaba haber sentido tanto frío en toda su vida.

La habitación estaba iluminada por las llamas de la chimenea, las cortinas permanecían cerradas y Adrian todavía la sostenía por los brazos para evitar que perdiera el equilibrio. Sin embargo, nada de aquello conseguía devolverle la sensación de estar a salvo.

Sobre la mesa descansaba la fotografía.

Su fotografía.

La imagen de una mujer anciana, con el cabello blanco, el rostro marcado por las arrugas y los ojos apagados por décadas de tristeza. La mujer que había sido antes de despertar de nuevo en su juventud.

La mujer que había muerto.

Y debajo de la imagen, escrita con su propia letra, se encontraba la fecha de la boda.

El día en que Adrian moriría.

—Evelyn, míreme.

La voz del duque llegó hasta ella como si procediera de una habitación lejana.

Ella levantó la cabeza.

Adrian tenía el rostro pálido, pero su expresión no era de miedo. Era de preocupación. La estaba observando como si intentara comprender qué podía haber en aquella fotografía para que ella pareciera estar a punto de desmoronarse.

—¿Ha visto antes esa imagen? —preguntó.

Evelyn abrió la boca.

No salió ningún sonido.

—¿Evelyn?

Ella asintió lentamente.

—Sí.

Adrian se quedó inmóvil.

—¿Dónde?

Evelyn miró la fotografía.

Tenía que decirle algo. Una explicación, aunque fuera incompleta. No podía seguir ocultándose detrás del silencio.

—Esa mujer… soy yo.

El silencio que siguió fue absoluto.

Adrian no soltó sus brazos, pero sus manos dejaron de moverse.

—¿Qué ha dicho?

—La mujer de la fotografía soy yo.

Él miró la imagen y después volvió a mirarla.

—Eso es imposible.

—Lo sé.

—Evelyn, esa mujer tiene al menos setenta años.

—Lo sé.

—Y usted apenas tiene dieciocho.

—También lo sé, Adrian.

La voz de ella se quebró.

El duque apartó lentamente las manos y retrocedió un paso. No parecía enfadado. Parecía estar intentando encontrar una explicación razonable en medio de algo que no la tenía.

—¿Es una pariente suya? ¿Una mujer que se le parece?

Evelyn negó con la cabeza.

—No.

—¿Entonces qué significa esto?

Ella se abrazó a sí misma.

Había imaginado muchas veces cómo contaría su secreto. En algunas versiones, Adrian la escuchaba sin interrumpirla; en otras, se enfurecía y la acusaba de haberlo engañado. Nunca había imaginado que tendría que hacerlo frente a una fotografía de su propio cadáver viviente y una advertencia sobre la muerte del hombre al que comenzaba a amar.

—No sé cómo explicárselo —susurró.

Adrian guardó silencio.

Evelyn levantó los ojos hacia él.

—Pero puedo intentar contarle la verdad.

Se sentaron frente a la chimenea.

Adrian no volvió a tocar la fotografía. La había colocado dentro de una carpeta, como si necesitara mantener aquella imagen separada de la realidad para poder pensar.

Evelyn tenía las manos entrelazadas sobre el regazo.

Durante años había guardado sus recuerdos en un lugar de su mente al que apenas se permitía regresar. Había aprendido a convivir con ellos, a utilizar su conocimiento del futuro sin dejar que la nostalgia la arrastrara de nuevo a la vida que había perdido.

Pero ahora sus recuerdos habían dejado de ser únicamente suyos.

Alguien más los conocía.

Alguien había conservado sus escritos, sus palabras y una imagen que no debería existir.

—En mi primera vida —comenzó—, me casé con otro hombre.

Adrian no la interrumpió.

—Era un vizconde. Mi familia consideraba que era una unión conveniente. Yo era joven y creía que, si amaba a mi esposo lo suficiente, algún día él terminaría amándome de la misma manera.

Evelyn tragó saliva.

—Me equivoqué.

Las llamas de la chimenea crepitaron.

—Mi matrimonio fue una sucesión de decepciones. Mi esposo me fue infiel, me humilló y me dejó sola durante décadas. Pasé demasiado tiempo intentando salvar algo que nunca había existido de la forma en que yo lo imaginaba.

Adrian apretó los puños.

—¿Le hizo daño?

La pregunta la sorprendió.

No había preguntado por el nombre del vizconde ni por la posición de su familia. No había preguntado cuánto dinero había perdido ni qué escándalos habían provocado sus infidelidades.

Solo quería saber si aquel hombre la había lastimado.

—No de la manera que imagina —respondió ella—. Me hizo daño con sus palabras, con sus ausencias y con cada promesa que incumplió. Me hizo sentir que siempre había algo malo en mí, que debía esforzarme más para merecer un poco de afecto.

Adrian bajó la mirada.

Evelyn conocía aquella expresión. Era la misma que aparecía cuando él pensaba en la muerte de su madre.

—Pasé toda mi vida esperando que me eligiera —continuó—. Y cuando finalmente comprendí que nunca lo haría, ya era demasiado tarde para recuperar los años que había perdido.

Una lágrima descendió por su mejilla.

—Morí a los setenta y seis años. Estaba sola. No tenía a nadie a mi lado. Y lo último que recuerdo es haber deseado poder volver atrás y elegir de otra manera.

Adrian no se movió.

Evelyn respiró profundamente.

—Entonces desperté.

—¿Dónde?

—En mi antigua habitación, en la casa de mi familia. Era el día de mi decimoctavo cumpleaños. Me miré al espejo y descubrí que había vuelto a ser joven.

El rostro de Adrian había perdido todo rastro de incredulidad burlona. Ahora la escuchaba con una atención absoluta.

—Al principio pensé que estaba soñando. Después descubrí que recordaba todo. Mi matrimonio, las traiciones, los años que había vivido… Todo seguía en mi memoria.

Ella levantó los ojos hacia él.

—Y recordé que, en mi primera vida, usted me había pedido matrimonio.

Adrian se quedó inmóvil.

—¿Yo?

—Sí. Antes de que nuestras familias acordaran este compromiso, usted me ofreció la posibilidad de casarme con usted. Yo lo rechacé.

—¿Por qué?

Evelyn bajó la mirada.

—Porque era joven, orgullosa y no comprendía quién era usted. Había escuchado los rumores sobre su carácter, sobre su frialdad y sobre la crueldad que supuestamente mostraba con quienes lo rodeaban. Elegí a un hombre que me parecía más amable, más encantador, más fácil de amar.

Una sonrisa triste apareció en sus labios.

—Y pasé el resto de mi vida lamentando aquella decisión.

Adrian se levantó lentamente.

Caminó hasta la ventana, pero no abrió las cortinas. Permaneció de espaldas a ella, con las manos apoyadas en el marco.

—¿Y ahora? —preguntó finalmente.

Evelyn sintió que el corazón se le encogía.

—¿Ahora qué?

—¿Por qué aceptó casarse conmigo esta vez?

Ella se puso de pie.

—Porque quería una vida diferente. Porque no deseaba volver a cometer los mismos errores. Porque, cuando nuestras familias volvieron a hablar de un matrimonio, comprendí que podía elegir de otra manera.

Adrian giró la cabeza.

—¿Me eligió porque ya sabía cómo terminaría su otra vida?

—Al principio, sí.

La respuesta pareció golpearlo.

Evelyn se acercó a él.

—Pero no es por eso que me quedo ahora.

—¿Cómo puedo saberlo?

La pregunta fue pronunciada en voz baja, sin ira, y por eso le dolió más.

—No puede saberlo con certeza —admitió ella—. Solo puedo decirle que el hombre que he conocido no es el hombre de los rumores. Que me importa lo que siente. Que me duele verlo sufrir. Y que, cuando me besó, no estaba pensando en cambiar el pasado.

Evelyn tomó aire.

—Estaba pensando en usted.

Adrian la observó durante un largo momento.

—¿Y la fotografía? ¿La carta? ¿La fecha de nuestra boda?

—No sé quién las envió ni cómo consiguió mis escritos. Pero temo que alguien conozca mi secreto y esté intentando utilizarlo para controlarnos.

Él volvió la mirada hacia la carpeta.

—¿Cree que voy a morir el día de nuestra boda?

Evelyn sintió que las lágrimas volvían a acumularse en sus ojos.

—No quiero creerlo.

—No es lo que le he preguntado.

Ella cerró los ojos.

—Sí. Tengo miedo de que ocurra.

Adrian se quedó en silencio.

Durante unos segundos, Evelyn creyó que se alejaría de ella. Que la miraría como si fuera una desconocida, como si toda la intimidad que habían construido hubiera desaparecido en el instante en que le contó la verdad.

Pero cuando volvió a hablar, su voz fue sorprendentemente serena.

—¿Sabe algo de mi muerte?

Evelyn negó con la cabeza.

—No. En mi primera vida nunca llegué a casarme con usted. No sé qué ocurrió con su vida después de que me rechazara.

—Entonces no tenemos una certeza. Tenemos una amenaza.

—Adrian…

—No voy a negar que lo que me ha contado es extraordinario. Tampoco voy a fingir que lo comprendo. Pero no voy a condenarla por algo que no eligió.

Evelyn lo miró con incredulidad.

—¿Me cree?

Adrian tardó en responder.

—Creo que usted está aterrada. Creo que no ha inventado su dolor. Y creo que alguien ha conseguido información que jamás debería haber tenido.

Se acercó a ella.

—Lo demás tendremos que descubrirlo juntos.

Evelyn sintió que algo dentro de su pecho se aflojaba.

—¿No me considera una mentirosa?

—Me ha ocultado cosas, sí. Y tendremos que hablar de ello. Pero no creo que haya fingido cada conversación, cada discusión ni cada momento que hemos compartido.

Adrian levantó una mano y le secó una lágrima con el pulgar.

—No sé si puedo creer todavía en una segunda vida. Pero sí sé que no quiero perder la oportunidad de conocer a la mujer que tengo delante.

Evelyn no pudo contenerse más.

Se abrazó a él, escondiendo el rostro contra su pecho.

Adrian la rodeó con los brazos.

Durante un largo rato, ninguno habló.

Y por primera vez desde que había despertado en el pasado, Evelyn sintió que ya no estaba completamente sola con su secreto.

Sin embargo, la tranquilidad duró menos de una hora.

Un golpe urgente en la puerta interrumpió el silencio de la habitación.

—Milord.

Era el capitán de la guardia personal de Adrian.

—¿Qué ocurre? —preguntó el duque.

—Ha llegado un mensajero de la casa real. Trae una comunicación urgente.

Adrian se apartó de Evelyn y abrió la puerta.

El capitán le entregó un sobre sellado.

—El mensajero asegura que debe leerlo de inmediato.

Adrian rompió el sello.

Sus ojos recorrieron el documento una vez.

Después volvió a leerlo.

—¿Qué sucede? —preguntó Evelyn.

Adrian le entregó la carta sin decir una palabra.

La comunicación procedía de un funcionario de la corte encargado de organizar los compromisos de las familias nobles. En ella se anunciaba que, debido a circunstancias excepcionales, la ceremonia matrimonial entre el duque de Blackthorne y Lady Evelyn Ashbourne debía celebrarse antes de la fecha acordada.

No explicaba el motivo.

Solo exigía que ambos confirmaran su disponibilidad en las siguientes veinticuatro horas.

Evelyn sintió que la habitación se volvía fría.

—Quieren adelantar la boda.

—Eso parece.

—¿Por qué?

Adrian dobló el documento.

—No lo sé.

Pero su expresión decía algo distinto.

Estaba pensando en la fotografía.

En la fecha escrita en el reverso.

Y en la posibilidad de que alguien estuviera intentando obligarlos a acercarse al día de la muerte que aquella imagen anunciaba.

—No vamos a aceptar —dijo Evelyn.

Adrian la miró.

—No pensaba hacerlo.

Ella soltó el aire lentamente.

—¿Y si se trata de una orden de la reina?

—La reina puede solicitar que adelantemos la ceremonia. No puede obligarnos a casarnos antes de que estemos preparados.

Evelyn asintió.

Sin embargo, una inquietud comenzó a crecer dentro de ella.

Si alguien quería adelantar la boda, quizá no era porque pretendiera evitar la muerte de Adrian.

Quizá quería asegurarse de que ocurriera.

A la mañana siguiente, Adrian reunió a sus hombres de mayor confianza en su despacho.

Evelyn insistió en asistir.

—No voy a quedarme en mi habitación mientras todos deciden qué hacer con mi vida —declaró.

Adrian la observó durante unos segundos.

—Empiezo a comprender que discutir con usted es una causa perdida.

—Me alegra que lo haya aceptado.

—No he dicho que lo acepte. He dicho que lo comprendo.

—Es un progreso.

Él negó con la cabeza, pero le ofreció una silla a su lado.

Sobre el escritorio se encontraban la fotografía, la carta y el documento que solicitaba adelantar la boda.

El capitán de la guardia había regresado con noticias.

—El mensajero no pertenecía a la casa real, milord. Su uniforme era auténtico, pero el hombre que lo contrató utilizó un nombre falso.

—¿Pudieron localizarlo? —preguntó Adrian.

—Sí. Trabajaba para un intermediario que recibió el encargo de un hombre identificado únicamente como señor A. B.

Evelyn levantó la cabeza.

Las iniciales del medallón.

A. B.

Adrian también pareció advertirlo.

—¿Dónde está ese intermediario?

—Ha desaparecido.

El duque apretó la mandíbula.

—Por supuesto.

Evelyn tomó la carta de la boda y la examinó de nuevo.

—¿Podría ser una falsificación de alguien que tiene acceso a los documentos de la corte?

—Es posible —respondió el capitán.

—¿Y si la reina no sabe nada de esto?

Adrian se volvió hacia ella.

—Entonces tendremos que averiguar quién está utilizando su nombre.

El capitán inclinó la cabeza.

—Hay otra cosa, milord.

—Hable.

—Uno de los criados encontró esto en el patio trasero esta mañana.

Le entregó un pequeño paquete envuelto en tela.

Adrian lo abrió.

Dentro había un anillo antiguo con el escudo de los Ashbourne grabado en el interior.

Evelyn lo reconoció inmediatamente.

Era el anillo de su abuelo.

Lo había visto en retratos familiares y recordaba que su madre decía que había desaparecido poco antes de su muerte.

—¿De dónde ha salido? —preguntó ella.

—Estaba junto a la puerta de servicio —respondió el capitán—. No hay señales de que nadie haya forzado la entrada.

Evelyn tomó el anillo con cuidado.

En el interior había unas letras diminutas.

T. A.

Thomas Ashbourne.

Su abuelo.

—Esto no puede ser una coincidencia —murmuró.

Adrian observó el objeto.

—Quizá los documentos que mi padre entregó a su abuelo nunca fueron destruidos.

Evelyn pasó el pulgar por el borde del anillo.

Algo se movió dentro de la pieza.

Un pequeño compartimento oculto se abrió con un clic.

En su interior había una tira de papel enrollada.

Adrian la extendió sobre el escritorio.

Solo contenía una frase:

«La muerte no comienza el día en que alguien deja de respirar, sino el día en que se repite el primer error».

Debajo aparecía una dirección.

Una antigua residencia en las afueras de la capital.

Y un nombre.

Lady Eleanor de Blackthorne.

Evelyn sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

La residencia había pertenecido a la madre de Adrian antes de su matrimonio. Según los registros familiares, llevaba décadas abandonada.

—Tenemos que ir allí —dijo ella.

Adrian la miró.

—Es posible que sea una trampa.

—También es posible que encontremos la respuesta que llevamos buscando.

—No voy a ponerla en peligro.

Evelyn se inclinó hacia él.

—Adrian, alguien está utilizando mi pasado para amenazar su vida. Han enviado una fotografía de mí cuando era anciana, una carta escrita con mi letra y una orden falsa para adelantar nuestra boda. Si seguimos esperando a que nuestros enemigos decidan el próximo movimiento, siempre estaremos un paso detrás de ellos.

Él guardó silencio.

Evelyn suavizó la voz.

—No le pido que deje de protegerme. Le pido que me permita ayudarlo.

Adrian sostuvo su mirada.

Finalmente, asintió.

—Partiremos esta tarde.

La antigua residencia de Eleanor se encontraba a varias millas de la capital, al final de un camino rodeado de árboles.

El carruaje avanzó lentamente entre la niebla.

Evelyn viajaba junto a Adrian, con el anillo de su abuelo guardado en el bolsillo de su vestido. No habían hablado mucho durante el trayecto, pero sus manos permanecían entrelazadas sobre el asiento.

En un momento, Adrian acarició distraídamente sus dedos.

—¿Se arrepiente de haberme contado la verdad? —preguntó.

Evelyn giró la cabeza.

—No.

—Aunque ahora sé que me ocultó una parte importante de su vida.

—No me arrepiento de haberle contado la verdad. Me arrepiento de haber esperado tanto.

Adrian asintió lentamente.

—Entonces procuraré no darle motivos para volver a ocultarme algo.

Evelyn sonrió con tristeza.

—No puede prometerme que siempre comprenderá lo que le diga.

—No. Pero puedo prometerle que intentaré escuchar antes de juzgarla.

Ella apoyó la cabeza en su hombro.

—Eso es suficiente por ahora.

Adrian le besó el cabello.

Fue un gesto pequeño, íntimo, que nadie más habría visto.

Pero Evelyn cerró los ojos y se permitió disfrutarlo.

Quizá no podía cambiar el pasado.

Quizá tampoco podía controlar todo lo que ocurriría en el futuro.

Pero todavía podía elegir qué hacer con el presente.

Y, en aquel momento, quería estar allí.

Con él.

La residencia apareció entre los árboles poco antes del anochecer.

Era una construcción antigua, de piedra gris, con ventanas altas y un jardín invadido por la maleza. Parte del tejado se había deteriorado y las enredaderas cubrían las columnas de la entrada.

Sin embargo, la puerta principal estaba cerrada con un candado nuevo.

Adrian descendió primero y ayudó a Evelyn a bajar.

—Quédese detrás de mí.

Ella lo miró.

—Adrian.

Él suspiró.

—A mi lado, entonces.

—Mucho mejor.

El capitán de la guardia forzó el candado.

La puerta se abrió con un chirrido prolongado.

El interior olía a polvo, madera húmeda y tiempo detenido.

Avanzaron por un vestíbulo oscuro, iluminado por las lámparas que llevaban los guardias. Los muebles estaban cubiertos con sábanas, los cuadros permanecían torcidos y una fina capa de polvo cubría el suelo.

Evelyn sintió que algo no encajaba.

A pesar del abandono, había huellas recientes junto a la escalera.

Alguien había estado allí.

—Adrian —susurró.

Él siguió su mirada y levantó una mano para detener a los guardias.

Un ruido procedente del piso superior los hizo volverse.

Después, silencio.

Adrian desenvainó la espada que llevaba al cinto.

—Permanezca aquí.

Evelyn lo sujetó del brazo.

—No.

—Evelyn, por favor.

El tono de su voz la hizo vacilar.

No era una orden pronunciada por orgullo. Era el miedo de un hombre que acababa de descubrir que podía perderla.

Ella soltó lentamente su brazo.

—Tenga cuidado.

Adrian le sostuvo la mirada.

—Siempre.

Subió las escaleras acompañado por dos guardias.

Evelyn permaneció en el vestíbulo, intentando controlar los latidos de su corazón.

Pasaron varios minutos.

Entonces escuchó una voz.

—¡Milord!

Evelyn corrió hacia las escaleras.

Adrian había encontrado una habitación abierta al final del pasillo. Sobre una mesa descansaban varios documentos, un retrato de Eleanor y una caja de madera.

Pero lo que atrajo la atención de Evelyn fue el libro abierto junto a la ventana.

Tenía una cubierta de cuero oscuro y las páginas estaban llenas de nombres, fechas y anotaciones.

Adrian lo examinaba con el rostro pálido.

—¿Qué es? —preguntó ella.

Él levantó la mirada.

—El diario de mi madre.

Evelyn se acercó.

En la última página había una anotación escrita con una tinta más reciente que el resto.

Si algún día una joven Ashbourne regresa para reclamar la vida que perdió, no permitan que se case antes de descubrir la verdad.

Debajo, Eleanor había escrito una última frase.

«Porque el hombre al que ama morirá si ella vuelve a elegirlo por miedo».

Evelyn sintió que el mundo se detenía.

No por la amenaza.

Sino por la contradicción.

La fotografía decía que Adrian moriría el día de su boda.

El diario decía que moriría si ella lo elegía por miedo.

Y Evelyn comprendió, con una claridad aterradora, que quizá no bastaría con impedir la boda.

Tendría que descubrir qué significaba realmente elegir a Adrian.

Antes de que pudiera decir nada, una puerta se cerró de golpe en algún lugar de la casa.

Los guardias corrieron hacia el pasillo.

Adrian tomó el diario y se volvió hacia Evelyn.

—Tenemos que salir.

Pero al llegar al vestíbulo descubrieron que la puerta principal estaba bloqueada desde fuera.

Y una voz desconocida surgió de la oscuridad.

—Llegan demasiado tarde, duque.

Una figura apareció al otro extremo del pasillo.

Llevaba una máscara negra y sostenía una lámpara.

—La boda ya está decidida —dijo—. Y esta vez, Lady Evelyn no podrá cambiar el final.

La lámpara cayó al suelo.

Las llamas se extendieron rápidamente sobre las cortinas.

Y la casa comenzó a arder.

___________🌸

1
Dayana Fuchs
🤔🤔🤔🤔🤔🤔🤔🤔🤔🤔🤔🤔🤔

No puede ser Evelyn, de nuevo caíste en la trampa niña.

😟😟😟😟😟😟😟😟😟😟😟😟😟
Dayana Fuchs
👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀

Que abra pasado???

Quede en suspenso.

😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳
Dayana Fuchs
🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯🤯
Oooooooo por Diosssssssssssssssssss.

Esto está buenísimo cada capítulo es excelente.

En 1 momento si imagine que el otro Adrián era su hermano gemelo.

Me super encanta todos esos secretos que pico a poco van saliendo a la luz.
Dayana Fuchs
👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀

Oooooooo cielos.

En esa casa aparecen y desaparecen los muertos como si de vivos se tratara y en los momentos más oportunos.

😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳😳

Me encanta la Historia

👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌👌
Dayana Fuchs
Me super, encanta esta novela, me tiene en constante suspenso y eso me fascina.

🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣

Me volví masoquista.

😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
🌸SugarBloom🌸: Amo que te encante gracias por leerla😊😊
total 1 replies
Dayana Fuchs
😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮😮
Oooooooo, vaya, hasta a mi me picó la super curiosidad por saber que ahy detrás se esa puerta.

👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀👀
Dayana Fuchs
Me parece super interesante la personalidad del Duque.

😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊😊
Dayana Fuchs
🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣

Me encanta Margaret,.

😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁😁
Anonimus✨
Aaah que interesante😊
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