Un amor apasionado nacido en medio de la guerra entre dos paises. La princesa Melany se enamora apasionada mente del tirano que juro odiar, por que nada es como parece
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Capítulo 1: El Filo de la Desesperación
El viento invernal silbaba entre los arcos de piedra del palacio imperial de Solaria, llevando consigo un frío punzante que atravesaba las capas de cuero y lana con las que Melany se cubría. Escondida tras la gruesa columna de un pasillo secundario, la princesa de Aethelgard contenía la respiración cada vez que una patrulla de guardias pasaba cerca. El eco de sus botas pesadas sobre el mármol negro resonaba como un tambor de ejecución en sus oídos.
Durante tres agonizantes años, la guerra había devorado las fronteras de Aethelgard. Melany había visto retornar a los soldados mutilados, había escuchado los llantos de las madres en las calles de la capital y había contemplado a su propio padre, el rey, envejecer diez años en cuestión de meses bajo el peso de las derrotas consecutivas. En los mapas de guerra de su patria, el imperio de Solaria se dibujaba como una sombra devoradora, y su líder, el emperador Antonio, era descrito por los generales como un monstruo desalmado, un tirano sin piedad que alimentaba su ego con la sangre de los inocentes.
Esa misma mañana, tras ver llegar una caravana con niños huérfanos del frente de batalla, Melany tomó la decisión más audaz y desesperada de su vida. No esperó la aprobación de la corte ni el permiso de su padre. Tomó una daga de plata bendecida con las insignias reales de su casa, se vistió con ropas oscuras de caminante y aprovechó los contactos de una red clandestina de contrabandistas para cruzar la frontera empapada de sangre y penetrar en la fortaleza más custodiada del continente.
"Si la cabeza de la bestia cae, el cuerpo del imperio colapsará y la guerra terminará", se repetía a sí misma como un mantra, tratando de ahogar el temblor involuntario de sus manos.
Apretó con fuerza la empuñadura de la daga. Sus nudillos estaban completamente blancos por la presión. La piel de la mano le dolía por el frío, pero el fuego del resentimiento y la desesperación la mantenía caliente por dentro. Frente a ella se erigían dos majestuosas puertas de caoba tallada con incrustaciones de oro: las estancias privadas del emperador.
Melany dio un paso fuera de las sombras. El corazón le martilleaba con fuerza contra sus costillas, tan rápido que le causaba náuseas. Miró las luces de los candelabros reflejadas en el filo pulido de su arma.
—Por cada vida que has destruido, Antonio... por mi hogar —murmuró en un aliento apenas perceptible.
Levantó la mano, rozando el picaporte helado. Sabía que sus probabilidades de salir con vida de esa habitación eran nulas, pero estaba dispuesta a entregar su alma si con ello garantizaba la supervivencia de su pueblo.
Antes de que sus dedos pudieran hacer girar el metal tallado, el crujido estridente de un mecanismo de ballesta cortó el aire de la galería.
—¡No te muevas, intrusa! —resonó una voz atronadora a sus espaldas.
Melany reaccionó por instinto puro. Se giró rápidamente, blandiendo la daga con una agilidad aprendida en años de entrenamiento secreto con los maestros de esgrima de su reino. Pero no se enfrentaba a simples centinelas. De los arcos circundantes brotaron seis combatientes de la Guardia de Hierro, la élite militar personal del emperador, vistiendo armaduras oscuras que absorbían la luz de las antorchas.
—¡Atrás! —gritó Melany, lanzando una estocada al primer soldado que intentó sujetarla.