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Ahora que me voy, ¿sí me amas?

Ahora que me voy, ¿sí me amas?

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Malentendidos / Dejar escapar al amor
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Alma Varela

Durante seis años, Lucía Morales fue la esposa que Alejandro Valdés mantuvo en secreto. Ante el mundo, él seguía soltero. Con su primer amor, Valeria, era atento y cariñoso. Hasta dejaba que el hijo de ella lo llamara «papá».
Para Lucía, en cambio, solo había desprecio.
Ni siquiera después de una cirugía agotadora, en la que logró salvar una vida, recibió una palabra de preocupación de su marido. Alejandro solo quería exigirle explicaciones por haber tratado mal a Valeria.
Lucía ya había solicitado su traslado a otro hospital. Ahora también estaba lista para quitarse el anillo.
—Quiero el divorcio. Te dejo libre.
Por primera vez, no le pedía que la amara. Le pedía que la dejara ir.
Pero Alejandro se negó.
Creía que ella nunca sería capaz de abandonarlo. Cuando comprende que esta vez va en serio, empieza a perder el control.
Él quiere recuperar a su esposa.
Lucía quiere recuperar los años que perdió esperando que la eligiera.

NovelToon tiene autorización de Alma Varela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

Capítulo 10. Aceptaré cualquier condición, incluso el divorcio

Lucía apretó los labios. Si recordaba bien, Alejandro sabía que ella no se llevaba bien con su familia.

Un año, sus padres habían asistido al cumpleaños de Beatriz. Su padre bebió demasiado y dijo cosas poco apropiadas. Lucía aún recordaba las caras de los Valdés. Cuando se acercó para intentar calmarlo, él la empujó; al caer, rompió un vaso y los fragmentos le cortaron la palma.

Entonces no culpó a su padre. Estaba borracho, quizá no lo había hecho a propósito. A quien sí le guardó rencor fue a Alejandro, que lo observó todo con frialdad, sin dedicarle una sola palabra de preocupación.

¿Y ahora sí preguntaba?

Ella lo miró con menos interés.

—¿Hace falta preguntarlo?

—Patética —se burló él.

Lucía cerró las manos y palideció.

—Eres la señora Valdés y aun así permites que te peguen. ¿Cómo más quieres que lo llame?

Alejandro se terminó el whisky del vaso. Aquellas palabras sonaban casi como el consejo de un esposo a su mujer, como si le recordara que, por ser su esposa, no debía soportar semejante maltrato.

Alejandro no entendía que él mismo la había llevado a soportar todos aquellos agravios.

Alejandro se levantó sin prisa y se detuvo frente a ella.

—Ya estoy aquí. ¿Qué querías decirme cuando llamaste?

Lucía se quedó un instante ausente. ¿Había vuelto tan temprano por aquella llamada? Reprimió la emoción extraña que amenazaba con surgir y guardó silencio unos segundos.

—Andrés está detenido en la comisaría. Quisiera pedirle que le consiga un equipo de abogados.

Sabía cuánto cuidaba Alejandro su reputación y que no intervendría fácilmente en un asunto así. Por eso no le pidió que usara sus contactos para sacar a su hermano, sino que le consiguiera abogados que negociaran una solución. No le parecía una petición excesiva.

Él la examinó.

—¿Me estás pidiendo ayuda?

—Sí. —Temiendo que no aceptara, añadió—: Ayúdeme esta última vez. Aceptaré cualquier condición, incluso el divorcio.

Los ojos de Alejandro se ensombrecieron de forma casi imperceptible. Iba a hablar cuando entró una llamada. Lucía alcanzó a ver, sin buscarlo, el nombre en la pantalla.

Valeria.

Él no se apartó. Contestó delante de ella.

—¿Qué pasa?

El tono era por completo distinto del que usaba con su esposa.

—Alejandro, Nico se siente mal y no deja de preguntar por ti. No sé qué hacer. ¿Puedes… venir, por favor?

—Sí. Voy para allá.

Colgó. Lucía tensó el rostro y, al ver que iba a marcharse, habló con urgencia.

—Señor Valdés, puede considerar mi propuesta…

—Hablamos otro día.

Dejó esas palabras tras de sí y salió. La casa quedó en silencio. Un dolor lento se extendió por el pecho de Lucía: ella le pedía ayuda y no lograba nada; a Valeria le bastaba una llamada para llevárselo.

Para cuando Alejandro llegó, Nico ya había tomado su medicina. Ahora descansaba en la cama, en silencio, con su manita aferrada a la de él.

Valeria entró con un tazón de sopa.

—Te hemos causado tantas molestias… Y todavía te hice venir a estas horas. Nico de verdad te quiere mucho. ¿Por qué no te quedas esta noche?

Si quería tanto al niño, seguro que aceptaría quedarse por él, ¿no?

Alejandro comprobó que Nico dormía profundamente, retiró despacio la mano y miró a Valeria.

—Les contrataré una niñera. Así será más fácil atenderlo.

La expresión de ella cambió levemente.

—Alejandro, no me refería a eso…

Él se puso de pie sin prisa.

—Estás sola con tu hijo. No sería apropiado que yo, un hombre, entrara y saliera de tu casa a cada rato. A Nico ya le bajó la fiebre. Tú también descansa.

Se marchó casi de inmediato. Valeria apretó el tazón y lanzó una mirada furiosa al niño en la cama.

—¡No sirves para nada!

Salió dando un portazo.

El pequeño no estaba dormido. Abrió lentamente los ojos enrojecidos y se acurrucó bajo las mantas, dolido. Había hecho lo que su mamá le dijo: bañarse con agua fría para enfermarse y conseguir que Alejandro se quedara a cuidarlo.

¿Por qué su mamá seguía sin estar contenta?

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