En el peligroso submundo de la mafia en Nueva York e Italia, dos familias enemigas acérrimas —los Moretti y los Romano— se disputan el control del imperio.
Matteo Romano, el frío y heredero despiadado de la mafia Romano, se ve obligado a entrar en una tregua cuando conoce a Elena Moretti, la inteligente y reservada hija menor del clan enemigo.
Lo que comienza como un pacto estratégico de matrimonio de conveniencia pronto se transforma en un peligroso juego de pasión, lealtades divididas, traiciones familiares y un amor que podría salvarlos o destruirlos a todos.
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CAPÍTULO 1: EL PESO DEL APELLIDO PT2
Al mismo tiempo, al otro lado de la bahía, en una majestuosa mansión de estilo neoclásico en Long Island, la lluvia resonaba con la misma fuerza contra los cristales de una amplia biblioteca iluminada por la tenue luz de una chimenea.
Elena Moretti estaba sentada frente a un piano de cola, tocando las primeras notas de un nocturno de Chopin. Sus dedos largos y ágiles se movían sobre las teclas con una mezcla de precisión y melancolía. A sus veintiséis años, Elena poseía una belleza serena pero distante: cabello castaño oscuro que le caía en ondas sobre los hombros, piel pálida y unos ojos verdes expresivos que rara vez revelaban lo que realmente pensaba.
A diferencia de sus hermanos mayores, que se habían sumergido de lleno en los negocios ilegales de la familia, Elena había intentado mantenerse al margen. Había estudiado Historia del Arte en Florencia y pasaba la mayor parte de su tiempo rodeada de libros, cuadros y música. Sin embargo, en el fondo sabías que la jaula de oro en la que vivía no dejaba de ser una jaula.
La puerta de la biblioteca se abrió bruscamente, rompiendo la melodía. Elena detuvo las manos sobre el teclado y levantó la vista. Su hermano mayor, Marco, entró con paso pesado, seguido de cerca por su padre, Don Stefano Moretti.
—Deja esa música, Elena —ordenó Stefano con voz de mando. Era un hombre alto, enjuto y de mirada calculadora, cuya crueldad era bien conocida desde Manhattan hasta Sicilia—. Tenemos cosas importantes que discutir.
Elena se levantó despacio del taburete, ajustándose la chaqueta de punto que llevaba sobre el vestido. Miró a su hermano Marco, quien evitó su mirada fijando los ojos en la alfombra. Aquella pequeña señal fue suficiente para que a Elena se le encogiera el estómago. Algo andaba mal.
—¿Ocurre algo con los envíos de Italia, padre? —preguntó Elena, intentando mantener la calma.
—Los envíos están bien —respondió Stefano, acercándose a la chimenea y extendiendo las manos hacia el fuego—. Tu hermano y yo hemos tomado una decisión sobre tu futuro. Un futuro que beneficiará a todos los Moretti.
Elena sintió una punzada de aprensión. Desde que había regresado de Europa, sabía que su padre estaba buscando la manera de utilizarla como una ficha en su tablero de ajedrez político.
—¿De qué estás hablando?
—La guerra con los Romano nos está costando demasiado dinero y atención —dijo Stefano, girándose para mirarla de frente—. La policía y los tribunales están acorralándonos. Necesitamos una tregua duradera, una alianza que convenza a las otras familias de que somos invencibles juntos.
—¿Y qué tengo que ver yo con los Romano? —preguntó ella, aunque la respuesta comenzaba a formarse en su mente como una pesadilla inevitable.
—Te vas a casar con el hijo de Vincenzo. Con Matteo.
Las palabras cayeron sobre la habitación como un jarro de agua helada. Elena dio un paso atrás, sintiendo que el aire se le escapaba de los pulmones. Había oído hablar de Matteo Romano. Todos en ese mundo conocían su nombre. Le llamaban El Cobrador, el hombre de confianza de Vincenzo, un ejecutivo frío y calculador que manejaba los aspectos financieros más oscuros del clan y que no dudaba en recurrir a la violencia más implacable cuando la diplomacia fallaba.
—No... —murmuró Elena, negando con la cabeza—. Padre, no puedes hablar en serio. ¿Entregarme a los Romano? Son nuestros enemigos. Han matado a nuestra gente durante años.
—Precisamente por eso —intervino Marco, hablando por primera vez con tono áspero—. Es la única manera de que confíen en el trato. Un matrimonio une a las familias. Te convertirás en la cara de la paz entre las dos casas.
—¡Soy tu hermana, no una mercancía para intercambiar por territorio! —exclamó Elena, sintiendo cómo la rabia y el miedo luchaban por el control en su pecho. Miró a su padre con desesperación—. Dejaste que estudiara, me prometiste que tendría una vida diferente, lejos de todo esto...
—¡Te dejé ir a Italia a perder el tiempo con pinturas porque eras joven! —la interrumpió Stefano con un rugido que hizo eco en las paredes de la biblioteca—. Pero eres una Moretti. Llevas la sangre de esta familia y disfrutas del lujo y la protección que mi trabajo te proporciona. Ha llegado el momento de que pagues tu parte.
—No me casaré con ese hombre —dijo Elena con firmeza, erguéndose con valentía a pesar del temblor en sus manos—. No me entregaré a un asesino.
Stefano caminó a pasos agigantados hasta quedar a escasos centímetros de ella. Su rostro estaba tenso por la ira, y la sombra de la amenaza era inconfundible en sus ojos.
—No te estoy pidiendo permiso, Elena —dijo el patriarca con un susurro helado—. Te vas a casar con Matteo Romano. Lo harás con una sonrisa en la cara y vistiendo el mejor seda blanca que el dinero pueda comprar. Si te niegas, ten por seguro que despojaré a tu madre de todo lo que tiene, destruiré tus proyectos en la fundación y te encerraré en este lugar sin ver la luz del sol. ¿Entendido?
Elena miró a su padre a los ojos, buscando algún atisbo de compasión o duda, pero solo encontró la frialdad metálica de la ambición. Luego miró a su hermano Marco, quien permanecía en silencio, sumiso ante la autoridad de su padre.
Estaba sola. Atrapada en una red tejida por los hombres que se suponía debían protegerla.
—¿Cuándo? —preguntó Elena, con la voz quebrada pero la mirada fija.
—La próxima semana firmaremos los acuerdos en una cena formal —respondió Stefano, recuperando la compostura y arreglándose la solapa de la chaqueta—. La boda será en un mes. A partir de hoy, tienes prohibido salir de la propiedad sin escolta. Prepara tus cosas, Elena. Tu vida en la sombra se ha terminado.
Sin decir una palabra más, Stefano y Marco salieron de la biblioteca, dejando a Elena sola en el silencio de la gran estancia.
La joven se acercó lentamente al ventanal. La lluvia continuaba cayendo torrencialmente sobre los jardines oscuros de la mansión. Apoyó la frente contra el cristal frío y cerró los ojos. Sabía quién era Matteo Romano por las historias que circulaban en las sombras: un hombre implacable, calculador y sin corazón.
Un matrimonio de conveniencia con el heredero del clan rival significaba entrar directamente en la guarida del lobo. Elena apretó los puños. Sabía que no tenía la fuerza militar para luchar contra su padre ni contra la estructura de la mafia, pero juró en silencio que no se dejaría destruir. Si la obligaban a entrar en ese juego de poder, tendría que aprender a jugar con sus propias reglas para sobrevivir.
A varios kilómetros de allí, en un bar privado de Manhattan reservado solo para los miembros de alto rango del clan Romano, Matteo observaba a sus hombres celebrar. Se habían servido botellas de champán caro y se hablaba de los nuevos negocios que se abrirían con la unificación de los puertos.
Matteo permanecía sentado en un rincón del área VIP, en la penumbra, sosteniendo un vaso de agua mineral. Su hermano menor, Leo, un joven impulsivo de veinticuatro años con ganas de demostrar su valía, se sentó a su lado con una amplia sonrisa.
—¿Un mes para la gran boda, eh? —dijo Leo, dándole un codazo juguetón—. No puedo creer que el viejo te haya convencido de esto. Y menos con una Moretti. Dicen que las mujeres de esa familia son tan traicioneras como sus padres.
—No es una broma, Leo —respondió Matteo con voz seca—. Es un movimiento político. Rien de más.
—Aun así, tendrás que dormir con el enemigo, hermano. Literalmene —añadió Leo con una risita, que se apagó de inmediato al ver la mirada fulminante de Matteo.
—Elena Moretti no es mi enemiga ni mi esposa todavía —dijo Matteo, poniéndose de pie—. Es simplemente el precio que pagamos para evitar una guerra en las calles. Asegúrate de que los hombres entiendan eso. Si alguien le falta al respeto a ella o a su familia antes de la cena del compromiso, me encargaré personalmente de enseñarle modales.
Matteo salió del bar y caminó bajo la lluvia hasta su automóvil. Su chófer le abrió la puerta posterior, pero Matteo le hizo una señal para que esperara y se quedó unos segundos de pie bajo el agua helada, dejando que la lluvia le empapara el rostro.
Por primera vez en mucho tiempo, sintió que el control de su vida se le escapaba de las manos. Tenía que casarse con una mujer a la que no conocía, pertenecer a una familia que odiaba y mantener una paz frágil que en cualquier momento podía saltar por los aires.
Encendió un cigarrillo bajo el abrigo y miró hacia el cielo nublado de la noche neoyorquina. La tregua estaba firmada, pero Matteo sabía mejor que nadie que en el mundo de la mafia, la paz solo era la antesala de una tormenta mucho mayor.
Y en el centro de esa tormenta, Elena Moretti y él estaban destinados a encontrarse.