Una traición que rompió sus ilusiones. Una noche que cambió su destino. Un secreto que el tiempo no pudo borrar.
Durante dos años, ella defendió sus propios límites frente a las constantes exigencias de su pareja. Guiada por sus convicciones y el apoyo de sus amigas, se negó a ceder ante la presión de los noviazgos modernos… hasta la noche del cumpleaños de él, cuando decidió dar el paso por convicción y sorprenderlo.
Pero la verdadera sorpresa la esperaba tras la puerta de la habitación: su novio en la cama con su propia secretaria.
Con el autocontrol y la frialdad que solo un estudiante avanzado de medicina domina en situaciones límite, no hubo gritos ni lágrimas. Sacó su teléfono, grabó la evidencia y se marchó con el corazón destrozado. Horas más tarde, perdida en la ciudad, terminó en un bar exclusivo con música y karaoke donde el alcohol anestesió el dolor, entregándose por primera vez a los brazos de un enigmático desconocido.
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Capítulo 9: Fantasmas bajo el agua
La pantalla del teléfono se apagó, pero el nombre quedó ardiendo en la retina de Elena como una quemadura de segundo grado.
Julián.
El pulso se le aceleró una fracción de segundo, la única concesión que su cuerpo le permitió al sobresalto antes de que la coraza volviera a cerrarse. Guardó el dispositivo en el bolsillo de su abrigo con un movimiento seco y metió las manos dentro de la tela, cerrando los puños con fuerza para evitar cualquier temblor involuntario.
Las puertas del ascensor se abrieron en el subsuelo del sanatorio, liberando una bocanada de aire húmedo y frío con olor a cemento mojado y gasolina.
—¿Malas noticias? —la voz de Víctor sonó a su lado, tan baja y próxima que Elena sintió el roce del aire cuando él habló.
Ella no levantó la mirada hacia él. Mantuvo la vista al frente, donde las luces tenues del estacionamiento subterráneo rebotaban contra los charcos del suelo.
—Nada que no pueda resolver —respondió con frialdad—. En este trabajo las malas noticias son la rutina.
Víctor entrecerró los ojos. Había pasado demasiados años negociando con directores y adversarios como para no reconocer el instante exacto en que alguien levanta una muralla defensiva. La palidez en las mejillas de Elena no era la del cansancio de quirófano; era la tensión de quien acaba de detectar una amenaza en el radar. Sin embargo, no insistió. No allí, no delante de la niña.
Una camioneta negra de gran porte aguardaba junto a la rampa con el motor encendido. El chófer, un hombre mayor de porte militar y traje impecable, bajó de inmediato para abrir la puerta trasera con un paraguas en mano, resguardando el paso.
—Suban —indicó Víctor, colocándose de espaldas al viento para cortar la corriente helada mientras sostenía la puerta.
Martina se acomodó primero en una de las esquinas del espacioso asiento trasero de cuero, lanzándole a Elena una mirada cargada de preguntas no formuladas. Elena subió después con Emma en brazos. La niña, exhausta tras la larga jornada, se acurrucó contra el pecho de su madre con un suspiro pesado, enterrando la nariz en la lana de su bufanda.
Víctor se sentó en el extremo opuesto. Su sola presencia parecía devorar el aire del vehículo. Aunque no invadía su espacio personal, su hombro quedaba a escasos centímetros del de Elena, y el calor que irradiaba contrastaba violentamente con el frío de la calle.
—A la dirección de la doctora, por favor —ordenó Víctor al conductor con un tono sereno pero inapelable.
El vehículo avanzó suavemente hacia la rampa y emergió a la superficie. La ciudad estaba convertida en un río de asfalto y reflejos rojos de semáforos distorsionados por la lluvia torrencial. Las escobillas del limpiaparabrisas marcaban un compás monótono y constante contra el parabrisas.
Dentro de la cabina, el silencio era denso. Emma abrió los ojos adormilada y miró el tablero iluminado, luego al hombre sentado junto a ellas.
—Tu coche no hace ruido —murmuró la pequeña con voz pastosa.
Víctor giró la cabeza hacia ella. Cada vez que la niña hablaba, las líneas duras de su mandíbula parecían suavizarse de forma involuntaria.
—Es silencioso para que puedas dormir si estás cansada —respondió él, modulando su voz grave a un tono casi protector que dejó a Martina con una ceja alzada en el asiento opuesto.
—Mamá dice que en el auto se duerme mejor cuando llueve —susurró Emma, cerrando los ojos despacio mientras su respiración se volvía profunda y acompasada.
Elena acarició la espalda de su hija, manteniendo la vista fija en la ventanilla empapada. Por dentro, su mente trabajaba a marchas forzadas: «¿Cómo consiguió mi número? ¿Por qué ahora?». La respuesta no era difícil de deducir. Su regreso al país como jefa de cirugía pediátrica había salido en un boletín médico provincial hacía dos semanas. Julián siempre había sido un hombre obsesionado con las apariencias, con el estatus y con la idea de que nada que hubiera sido suyo podía escapar sin su permiso.
Sintió la vibración del teléfono de nuevo en el bolsillo. Una llamada entrante esta vez. Lo dejó sonar en silencio hasta que se cortó.
Al lado, Víctor no se había perdido ni un solo detalle.
—¿Tienes problemas con alguien del hospital, Elena? —preguntó de pronto, sin apartar los ojos de su perfil.
—Ya te dije que no —cortó ella, girándose apenas para mirarlo a los ojos—. Mi vida profesional está en perfecto orden, señor Valente. No necesito un guardaespaldas.
—No te estoy ofreciendo un guardaespaldas —replicó él, sosteniéndole la mirada con esa intensidad gris que parecía capaz de atravesar cualquier mentira—. Pero conozco el gesto de una persona que está esperando un golpe. Y tú llevas diez minutos conteniendo la respiración.
Martina intervino antes de que la discusión escalara:
—Elena sabe cuidarse sola, señor Valente. Lleva haciéndolo cinco años con bastante éxito.
—Lo sé —concedió Víctor sin apartar los ojos de Elena—. Y ese es precisamente el problema: que nadie debería tener que hacerlo siempre en soledad.
Elena desvió la mirada hacia el frente, sintiendo una punzada extraña en el pecho. No estaba acostumbrada a que nadie cuestionara su autosuficiencia, y mucho menos a que alguien leyera sus silencios con tanta precisión.
Veinte minutos después, la camioneta dobló en una calle arbolada y tranquila, deteniéndose frente a un edificio residencial moderno con portón de hierro y un alero iluminado.
—Llegamos —anunció el chófer.
Elena respiró aliviada, acomodando a Emma en sus brazos para bajar. Pero antes de que la puerta pudiera abrirse, las luces altas de un sedán plateado estacionado justo frente a la entrada del edificio se encendieron de golpe, iluminando el interior de la camioneta.
De la puerta del sedán bajó un hombre alto, vestido con impermeable beige, sosteniendo un paraguas negro con gesto impaciente. Llevaba el cabello engominado hacia atrás y la mirada fija en el portal del edificio, revisando nerviosamente su reloj pulsera antes de guardar un teléfono en el bolsillo.
Elena se congeló.
Cinco años habían pasado, pero reconocería esa silueta en cualquier parte.
Era Julián.
En el asiento contiguo, Víctor notó la rigidez instantánea en el cuerpo de Elena. Siguió la dirección de sus ojos hacia el hombre bajo el farol y, en una fracción de segundo, ató cabos con la frialdad implacable que lo caracterizaba.
La mandíbula de Víctor se tensó como el acero.
—Así que es él —dijo Víctor en un susurro gélido, y su mano se posó con firmeza sobre la manija de la puerta para abrirla.
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