Cuatro parejas universitarias lidian con las secuelas de una cruel apuesta impulsada por una motocicleta, enfrentando mentiras y accidentes hasta redimirse a través de la pasión, el perdón y el amor verdadero.
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Capítulo 12: Cartas marcadas, redadas y caos a medianoche
El aire en el centro de la sala principal de la quinta estaba tan cargado de humo de tabaco, sudor y alcohol que respirar se sentía como tragar plomo. Alrededor de la mesa de fieltro verde, la partida de póker clandestino se había convertido en un campo de batalla silencioso.
Dante sostenía las cartas entre los dedos con los nudillos blancos. Intentaba concentrarse en las probabilidades, en calcular las fichas y leer las caras de los apostadores que sudaban frente a él, pero era una tarea imposible. Tenía a Sara sentada a su lado, tan cerca que el roce de su hombro contra el suyo enviaba una descarga eléctrica directa a sus terminaciones nerviosas.
«Maldita sea... no puedo pensar con ella respirando tan cerca», pensó Dante, apretando la mandíbula mientras perdía una mano estúpidamente por mirar de reojo cómo el cabello suelto de Sara caía sobre su cuello. Por su parte, Sara mantenía el rostro impasible, los ojos ámbar fijos en las apuestas, aunque por dentro sentía la misma fricción insoportable. «Solo mantén la compostura, no dejes que note que su maldita presencia te descoloca», se repitió a sí misma, cruzando los brazos mientras le soplaba una estrategia rápida a Dante para la siguiente jugada.
A pocos metros de allí, la tensión tomaba un rumbo completamente distinto cerca de la barra. Leo se había mantenido recostado contra la madera, observando de reojo a Katy. Desde hacía varios minutos, notó que dos tipos de la facultad de ingeniería deportiva no le quitaban los ojos de encima a la chica del botiquín, cuchicheando entre tragos con la clara intención de ir a abordarla para sacarle el número de contacto.
«Suerte con eso, idiotas», pensó Leo para sus adentros, con una sonrisa de suficiencia, cruzándose de brazos mientras decidía ver hasta dónde llegaban.
Vio cómo los dos sujetos se acercaban a Katy, inclinándose sobre la barra con actitud sobrada y sonrisas de cazadores baratos. Vio la expresión de fastidio inmediato en el rostro de Katy, quien los rechazó con un movimiento seco de mano, dándose la vuelta para ignorarlos. Pero los tipos, acostumbrados a no aceptar un no por respuesta, se pusieron insistentes, bloqueándole el paso y rozándole el brazo de forma grosera.
El divertimiento en los ojos de Leo se desvaneció de golpe, reemplazándose por un destello oscuro y territorial. Sin pensarlo dos veces, se despegó de la barra, cruzó la distancia a zancadas y se colocó firmemente detrás de Katy, rodeando su cintura con una familiaridad posesiva mientras la acercaba a su cuerpo.
—¿Te están molestando, preciosa? —soltó Leo con voz baja, cortante y letal, mirando a los dos sujetos a los ojos.
Katy se congeló por la sorpresa, abriendo los ojos de par en par al sentir el pecho de Leo pegado a su espalda. Los dos estudiantes, al reconocer de inmediato al peligroso y cínico jugador de básquet flanqueando a la chica, palidecieron al instante, balbucearon una disculpa barata y se desvanecieron entre la multitud despavorida.
Katy intentó apartarse de inmediato, con el rostro enrojecido por la rabia y la confusión.
Antes de que pudiera decirle una sola palabra maldiciendolo, un grito desgarrador atravesó el estruendo de la música desde la entrada principal:
—¡Policía! ¡La policia esta llegando, hay que irnos!
El caos estalló en milisegundos. La quinta, famosa por albergar apuestas clandestinas de miles de dólares y alcohol ilegal, se convirtió en una ratonera en cuestión de segundos. Las botellas se rompían contra el suelo, los apostadores corrían desesperados buscando salidas traseras y las luces estroboscópicas se mezclaban con las sirenas que empezaban a sonar a lo lejos.
—¡Maldición! —bramó Leo sin soltar el brazo de Katy, tomándola con firmeza para arrastrarla entre la marea humana—. ¡Muévete, doctora, o vas a terminar durmiendo en una celda!
En la mesa de póker, Dante reaccionó con la misma velocidad de un depredador. No dudó ni un segundo: barrió con una mano todo el dinero y las fichas de la apuesta metiéndoselas en los bolsillos del pantalón, y tomó a Sara fuertemente de la muñeca.
—¡Nos vamos, Viera! —gritó Dante por encima del bullicio.
—¡Espera, tengo que buscar a mis amigas! —exclamó Sara, intentando zafarse para ir en dirección a la sala.
—¡Si te quedas aquí buscando a nadie, la policía te va a arrestar por complicidad! ¡Sígueme o te saco a la fuerza! —le ordenó Dante con voz autoritaria, tirando de ella hacia una salida de emergencia lateral que daba directo al callejón trasero.
Mientras tanto, en medio de la estampida, Mara intentaba abrirse paso corriendo hacia la salida , pero en el tumulto, uno de los chicos con los que había estado bailando la empujó por accidente con fuerza, haciéndola perder el equilibrio. Mara cayó de espaldas, dando un grito ahogado antes de precipitarse directamente al agua fría de la piscina.
—¡Mierda! —maldijo Bruno entre dientes.
El estratega del grupo, que la había estado observando desde la columna con el ceño fruncido, no lo dudó. Se quitó las gafas rápidamente, se arrojó al agua de un salto y, nadando con brazadas cortas y furiosas, llegó hasta Mara, tomándola de la cintura para sacarla a la superficie mientras ella tosía y escupía agua, tiritando de frío.
—¿Estás ciega o eres simplemente estúpida para no ver por dónde corres? —la regañó Bruno con el rostro empapado, furioso, mientras la arrastraba fuera de la piscina y la tomaba firmemente de la mano—. ¡Levántate, tenemos que largarnos de aquí antes de que entren!
Unos metros más allá, Lara, que intentaba huir de la estampida cargando su novela de bolsillo, fue derribada por la marea de personas que corrían despavoridas, cayendo de rodillas contra el césped pisoteado y soltando su libro por los aires.
Gabriel, que venía intentando huir del brazo de una rubia insistente que le suplicaba que la llevara a su casa en su coche, se detuvo en seco al ver la escena. Con un movimiento brusco, se zafó del agarre de la chica, la ignoró por completo y corrió hacia Lara, que buscaba a tientas su novela en el suelo oscuro.
—¡Olvida los malditos libros, vamonos ya! —le gritó Gabriel con urgencia, tomándola con fuerza del brazo para levantarla de un solo tirón y obligarla a correr con él hacia la salida.
La noche se había vuelto una pesadilla de sirenas y carreras, pero en medio de la huida, las cuatro líneas invisibles que ataban a los deportistas con sus respectivas chicas acababan de cruzarse de forma definitiva.