Para salvar los imperios de sus familias, Elena aceptó un matrimonio arreglado desde su nacimiento con una sola condición en mente: convencer a su prometido de divorciarse al primer año. El plan era perfecto hasta el almuerzo de presentación, donde una confusión la hace creer que su futuro esposo es un anciano decrépito. Aterrorizada, escapa del salón y salta al primer taxi que encuentra en la calle, suplicándole al chofer que la lleve a Las Vegas para arruinar el acuerdo.
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Capítulo 4: ¿Un anciano decrépito?
El chirrido de los frenos desgastados desgarró el aire de la avenida, dejando dos marcas negras de caucho quemado a escasos centímetros de las rodillas de Antonella.
El humo del asfalto se disipó despacio. Andrew Prescott se quedó petrificado tras el volante, con los nudillos blancos de tanto apretar la cubierta plástica. Tenía el corazón golpeándole en la garganta. La mujer que se había arrojado frente al capó ni siquiera había pestañeado; respiraba con agitación, el cabello castaño escapando del moño pulcro en mechones desordenados, y en sus ojos castaños no había miedo, sino una determinación furiosa, casi suicida.
Antes de que Andrew pudiera procesar el hecho de que casi comete un homicidio involuntario en un taxi ajeno, la puerta del copiloto se abrió de golpe.
Una ráfaga de perfume caro —jazmín silvestre y notas de sándalo que no pertenecían a ningún rincón suburbano de Nueva York— inundó el habitáculo impregnado de ambientador barato. Antonella se dejó caer sobre el asiento de vinilo cuarteado, cerró la puerta de un portazo que hizo temblar las ventanillas y tiró su bolso de diseñador sobre el suelo mugriento.
—Arranca —ordenó sin mirarlo, clavando la vista en el espejo retrovisor para vigilar la esquina de la que acababa de huir—. Dobla a la derecha en la próxima calle y no te detengas por nada del mundo.
Andrew se giró despacio en su asiento. La miró de arriba abajo. El vestido marfil tenía una mancha de grasa a la altura del dobladillo, los hombros le subían y bajaban al compás de una respiración entrecortada y las mejillas le ardían por el esfuerzo de la carrera. Era despampanante, con facciones aristocráticas y un fuego en la mirada que ningún informe financiero podría haber plasmado jamás.
—Bájate —dijo Andrew con voz profunda y pausada, manteniendo el tono neutral de quien no recibe órdenes de nadie.
Antonella giró el rostro hacia él, exasperada.
—¿Qué dijiste?
—Dije que te bajes. Este vehículo no está en servicio. No soy tu chofer y acabo de frenar a medio metro de enviarte a la sala de urgencias. Así que abre la puerta y busca otro auto.
—¡Tengo prisa! —estalló ella, abriendo el bolso con manos temblorosas y sacando todo lo que tenía a mano: un fajo de billetes, un reloj de oro blanco y una tarjeta corporativa sin límite—. Te pagaré lo que quieras. Diez veces la tarifa normal. Cien veces si es necesario. Solo necesito que me lleves a mi departamento en Greenwich Village a buscar mi pasaporte y una maleta, y después… después me sacas de este estado. Me llevas directo a Las Vegas.
Andrew frunció el ceño. Por un segundo pensó que estaba tratando con una fugitiva de la justicia o una heredera desquiciada que había consumido algo demasiado fuerte en una fiesta matutina.
—¿A Las Vegas? —repitió él, con una ceja arqueada—. Estamos en Manhattan, señorita. Hay casi cuatro mil kilómetros de distancia entre este asiento y el desierto de Nevada. ¿Crees que este montón de chatarra con ruedas va a cruzar el país porque tú tuviste un mal día?
—¡No es un mal día, es el peor día de mi vida! —gritó Antonella, inclinándose hacia él con tanta vehemencia que Andrew pudo ver las diminutas motas doradas en el fondo de sus pupilas—. ¡Mi familia se volvió completamente loca! Acaban de encerrarme en un sótano para entregarme en bandeja de plata. ¡Quieren casarme con un anciano decrépito!
Andrew se congeló.
Un silencio pesado y denso cayó en el interior del taxi, amortiguando el ruido del tráfico exterior.
—¿Un... anciano decrépito? —preguntó Andrew con una lentitud peligrosa.
—¡Sí! —soltó ella con desprecio visceral, pasándose una mano por la frente para apartarse un mechón rebelde—. Un pacto de cuna, dijeron. Una alianza sagrada entre imperios. Me pasé meses pensando que el tipo era un joven estúpido al que podría convencer de firmar un divorcio en doce meses, y cuando bajo las escaleras... ¡Dios mío! Es una momia viviente. El tipo tiene como ochenta años, camina con bastón y tiene una mirada de buitre que da escalofríos. ¡Mi propio abuelo tuvo el descaro de decirme que ese fósil con arrugas era mi prometido!
A Andrew se le paralizó el aire en los pulmones.
Las piezas del rompecabezas encajaron con la precisión de un mecanismo suizo: The Gilded Cellar a dos cuadras. El vestido marfil de gala a plena una de la tarde. El abuelo Belmont. El consorcio. El pacto de nacimiento.
Era ella.
Antonella Belmont. La prometida que él se suponía que debía conocer hoy a las doce y media. La mujer a la que se dirigía a regañadientes mientras conducía este maldito taxi comprado por dos mil dólares.
Y acababa de llamarlo anciano decrépito, momia viviente y fósil.
La comprensión del absurdo lo golpeó como una ola de marea. Ella había llegado al restaurante antes que él. Y cuando las puertas se abrieron, no vio a Andrew, que estaba varado en Lexington con la bomba de agua reventada; vio a Arthur Prescott. Su abuelo. El viejo zorro de ochenta años que usaba bastón con cabeza de lobo y no sonreía jamás. El abuelo Belmont le había dicho "Llegó tu prometido", y la brillante graduada con honores en finanzas había sacado la conclusión más disparatada y cobarde de la historia de los negocios neoyorquinos: creyó que el abuelo era el novio.
Una punzada de orgullo herido le quemó el pecho. Andrew tenía veintisiete años, medía un metro ochenta y ocho, pasaba dos horas diarias en el gimnasio antes de revisar los balances del mercado asiático y jamás en su vida le habían faltado mujeres en ninguna capital del mundo. Que una mocosa mimada lo redujera mentalmente a una momia con bastón era un insulto inadmisible.
Pero justo debajo del orgullo, brotó algo mucho más peligroso: una diversión oscura, adictiva y salvaje.
Nadie se burlaba de Andrew Prescott. Nadie le huía. Y nadie, en toda su vida estructurada y rígida, le había ofrecido una oportunidad tan ridículamente perfecta para tomar el control absoluto del juego.
Andrew apoyó un brazo sobre el respaldo del asiento, mirándola con una calma fingida que ocultaba el volcán de cinismo que le hervía por dentro.
—Un anciano, ¿eh? —dijo, dejando que un matiz callejero tiñera su voz refinada—. Qué mala suerte la tuya, muñeca. Aunque, si el tipo tiene tanto dinero, podrías haber esperado a que le diera un infarto y quedarte con la mitad del imperio.
—No quiero su dinero —escupió Antonella con una dignidad que, muy a su pesar, a Andrew le pareció fascinante—. Quiero mi vida. No voy a ser el adorno de cama de ningún vejestorio autoritario por el capricho financiero de mi padre. Prefiero cruzar el país en este taxi destartalado, casarme con el primer vagabundo que encuentre en una capilla de mala muerte en Las Vegas y estrellarles el certificado en la cara para arruinar su maldito contrato de por vida.
Andrew arqueó ambas cejas. El plan era tan impulsivo, tan destructivo y tan brillante en su desesperación que sintió ganas de aplaudirle.
Ella quería arruinar el acuerdo. Quería casarse con cualquiera para no pertenecer al clan Prescott.
No tenía idea de que el verdadero Andrew Prescott estaba sentado a cuarenta centímetros de distancia, oliendo su miedo y mirándole los labios.
—Casarte con cualquiera en Las Vegas... —repitió Andrew, tamborileando los dedos sobre el volante desgastado—. Eso suena a un suicidio social bastante caro.
—Tengo dinero propio, sé trabajar y no le tengo miedo a empezar de cero —aseguró ella, mirándolo a los ojos con una súplica que intentó disfrazar de fiereza—. Por favor. Llévame a Greenwich Village a recoger mis cosas. Te pagaré lo que pidas. Si no me sacas de aquí ahora mismo, los guardias de mi padre saldrán a peinar las calles y mi vida se habrá terminado.
Andrew la sostuvo con la mirada unos segundos interminables. La tensión entre ambos en el pequeño espacio del taxi era casi tangible, una corriente eléctrica que hizo que la respiración de Antonella volviera a entrecortarse, esta vez por una razón que nada tenía que ver con la carrera.
Él esbozó una media sonrisa ladeada, peligrosa y magnética. Se acomodó la camisa blanca remangada y puso la mano derecha sobre la palanca de cambios.
—Guárdate las joyas, rubia. El dinero en efectivo me sirve —dijo él, bajando el taxímetro con un golpe seco de la palma—. Greenwich Village primero. Y después... espero que no seas propensa a los mareos en carretera, porque Las Vegas queda bastante lejos.
El motor del Ford Crown Victoria rugió con fuerza cuando Andrew pisó el acelerador a fondo. El taxi se incorporó al tráfico con un movimiento limpio y agresivo, dejando atrás las torres de Wall Street, las escaleras de The Gilded Cellar y a dos dinastías enteras a punto de entrar en combustión.
Antonella se recostó contra el vinilo del asiento, soltando un largo suspiro de alivio, creyendo que acababa de comprar su libertad a cambio de un puñado de billetes.
A su lado, el falso chofer miraba la carretera abierta con ojos brillantes, calculando cada kilómetro, cada curva y cada hora que pasaría a solas con su fugitiva antes de que ella descubriera la verdad.