Tres años de matrimonio. Un Alfa que nunca dijo «te amo». Y un divorcio firmado el mismo día en que ella descubre que está embarazada.
Aurora Bennett lo había dado todo por Alexander Sterling: su carrera, su juventud, su lugar como Luna de la manada Crescent Ridge. Pero cuando él la deja sin nada para volver con su primer amor, Aurora toma una decisión: desaparecer y criar a su hijo lejos de él, donde nadie pueda volver a usarlos.
Cinco años después, la doctora Bennett es una cirujana respetada que lo ha reconstruido todo desde cero. Hasta que el destino la devuelve al lugar que juró no pisar jamás, y frente a frente con el hombre que la abandonó.
Alexander no es el mismo. Ahora la mira como si no pudiera respirar sin ella, y quiere recuperar lo que perdió. Pero hay un niño de ojos azules que todavía no sabe quién es su padre, una esposa que no piensa soltarlo y un vínculo de pareja destinada que arde más fuerte que nunca.
¿Se puede perdonar a quien te rompió el corazón? ¿Y qué pasa cuando el Alfa que te dejó ir descubre que ya es demasiado tarde?
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Capítulo 22
Capítulo 22
—Primero que nada, yo no le hice ningún hechizo a nadie. Tu esposo está delirando y me confundió contigo. Decía tu nombre y te rogaba que no lo dejaras. Ahora, si no te importa, tienes que irte. Aquí no tienes permiso para estar. Ya tengo suficientes problemas como para que además me jodas tú. Vete. Ahora.
Traté de ser lo más profesional que pude, pero no me salió bien.
Torció los labios en un falso puchero, se separó del marco de la puerta y se me acercó hasta quedar cara a cara.
—Ay, ¿la pobrecita Aurora sigue triste porque su querido esposo y alma gemela la dejó por mí? ¿No te has preguntado por qué? ¿Qué vio en mí? ¿Por qué yo y no tú? Porque tú no eres digna de un Alfa como él. Es mío, y no tienes derecho a hablarme así. Yo soy la Luna, y tú eres una doctorcita de nada, y por más que te esfuerces, siempre serás la misma mujer a la que engañaron. A la que botaron. A la que dejaron por muerta. Y créeme, Alexander no va a caer otra vez en tus encantos.
Decidí que ya estaba harta de jugar a la amable y profesional mientras esta zorrita creía que podía insultarme y salirse con la suya. Sonreí, me incliné hacia adelante y me puse las manos en la cintura.
—Vaya. Así que la grandiosa y poderosa Luna no soporta un poco de competencia. Qué triste. ¿Qué pensaste, que tus amenazas y tus insultos me iban a asustar, o que saldría corriendo y llorando como la niñita que crees que soy? ¿No te da vergüenza que absolutamente todo lo que tienes o has logrado dependa de un hombre? Tu posición, tu título, la casa elegante. Todo depende de Alexander. Eres la Luna de esta manada por tu matrimonio. ¿Qué crees que va a pasar cuando encuentre a alguien todavía mejor y te bote a la basura? Yo no compito con zorras que no tienen nada propio. ¿Premios, un maldito título universitario, o el hecho de que no solo me conocen en esta manada patética, sino en todo el mundo? Eso es algo que tu lamentable persona nunca va a tener, así que te sugiero que te calles la boca y te largues de mi hospital. Porque si no, yo misma me voy a encargar de que tu querido esposo no vea otro día. ¿Nos entendemos? —dije con una dulce sonrisa.
Vivian gruñó y me fulminó con la mirada.
—No vas a ganar esta batalla...
No la dejé tener la última palabra y la interrumpí.
—Créeme, ya gané —dije, y salí por la puerta, azotándola.
Con la frente en alto y una sonrisa de suficiencia, sentí orgullo y felicidad.
Nadie insultaba a Aurora y se salía con la suya.
Ya no.
Este era un capítulo nuevo, y ella no iba a arruinarlo.
Alexander por fin estaba lo bastante estable como para salir de la UCI y lo pasaron a un cuarto privado.
Dormía tranquilo y no dudaba de que pronto despertaría. Y sabía que ya era hora de cederlo a otro doctor. Porque lo último que quería era que despertara y empezara a decir tonterías otra vez.
—Entonces, ¿le vas a decir que le salvaste la vida y que fuiste la doctora que lo suturó? ¿O vas a fingir que no es tu paciente y te vas sin que se entere? —preguntó Jessica, revisando sus expedientes.
—Va a despertar y va a saber que fui la doctora que lo atendió. Es un Alfa. Mi olor me delata, literalmente. Solo no quiero ver su cara cuando despierte. Hice mi trabajo como su doctora para ayudar a salvarle la vida. Ahora que está lo bastante estable, puedo pasárselo fácilmente a otro doctor, y será problema de ellos. Soy doctora. No puedo abandonar a mis pacientes, y menos a uno de alto riesgo, y dejar que se muera. Eso me haría una pésima doctora, y pase lo que pase, mi moral siempre va primero. Pero no quiero tener que ver su cara. Voy a hacer que otro se encargue de su caso.
Jessica asintió mientras lo miraba. Llevaba una bata de hospital y le habían cambiado los vendajes. Se veía como cualquier otro paciente, ahí tendido, tan indefenso y tranquilo.
—Tu razón es muy comprensible, Rory. Tienes todo el derecho de no querer verle la cara. Te lastimó. Hizo que te fueras de tu propia manada y de tu familia. No merece tu amabilidad ni tu cuidado después de todo lo que hizo. Así que te entiendo perfectamente.
—Gracias, Jess.
—Cuando quieras. Tengo que irme a revisar a unos pacientes. ¿Estás bien?
—Estoy bien. Solo necesito sacarle sangre y hacerle unos estudios.
Jessica salió del cuarto mientras yo me volvía hacia Alexander y me preparaba para sacarle sangre.
Era tan guapo, y se veía tan tranquilo. Tenía el pelo revuelto y la barba incipiente le iba saliendo, haciéndolo parecer más joven e inocente.
Era raro verlo así.
—Ya vas a despertar pronto, ¿verdad? —pregunté, sabiendo perfectamente que no iba a contestar—. Sabes, nunca tuve la oportunidad de decirte esto hace cinco años, porque estaba hecha un asco, llorando porque querías el divorcio. Pero esto es lo que tengo que decir. Eres un cobarde, Alexander. Eres un cobarde por engañarme, por usarme y abusar de mi amor y mi confianza. Por dejarme sin pensarlo dos veces y permitir que tu amante hablara mal de mí. Por tirar a la basura nuestro matrimonio y destruir el amor y la confianza que teníamos. Y por dejar que ella me hiciera sentir como una maldita tonta. Te odio por lo que hiciste. Odio que no me quisieras lo suficiente, y el hecho de que desperdicié cinco años de mi vida tratando de olvidarte. Me rompiste. Me destruiste. Me convertiste en alguien que nunca quise ser. Tú hiciste esto. Pero ¿sabes qué, Alexander? Es tu culpa que esa versión de mí ya no exista. Muerta. Enterrada. Es tu culpa que ya no te necesite. Es tu culpa que lo haya superado. Que sea una persona completamente distinta y ya no sea esa mujer que tiraste. Pero gracias por dejarla ir. Porque ella no merecía nada de eso, y yo no estaría donde estoy ahora si no fuera por ti. Gracias, y adiós para siempre. Y en cuanto despiertes, espero que recuerdes que esta es la última vez que me vas a ver.
Respiré hondo y le piqué despacio el pulgar con la aguja para recolectar la sangre.
Pero justo cuando iba a soltarle la mano y dejarla a su costado, una mano tibia me rodeó la muñeca y la apretó.
El corazón se me detuvo y un escalofrío me recorrió la espalda. Giré la cabeza de golpe hacia él y me encontré con un par de ojos verdes.
Alexander estaba despierto.
Mierda.