Sinopsis: Enamorado de la mejor amiga de mi mamá
Kaleth Giraldo nunca imaginó que terminaría enamorándose de Estefanía Holguín, la mejor amiga de su mamá. Desde que era pequeño, la conocía como tía Estefanía, una mujer especial que siempre había estado presente en su vida. Sin embargo, los años pasaron y sus sentimientos comenzaron a cambiar, convirtiéndose en un amor que jamás pensó experimentar. Ahora, Kaleth tendrá que encontrar el valor para confesarle lo que siente, arriesgándose a cambiar la relación entre sus familias. Estefanía nunca imaginó que aquel niño que la llamaba tía crecería y la miraría con otros ojos. ¿Podrá el amor superar los prejuicios, las dudas y los secretos que amenazan con separarlos para siempre?
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Capítulo 5: Buenos días, mi reina
Parce, qué guayabo tan hijuepuerca tenía esa mañana. Me desperté con un dolor de cabeza terrible, la boca seca y unas ganas de no volver a salir de mi habitación nunca más.
—¡Ay, juepucha! ¿Quién me mandó a tomar tanto, ome? —murmuré, tapándome la cara con la almohada.
Poco a poco, empecé a recordar lo que había pasado la noche anterior. Había salido con mis parceros, me había tomado hasta el agua de los floreros y había llegado a la casa a las cuatro de la mañana, cantando como si fuera el dueño de una discoteca.
Pero lo peor no había sido eso.
¡Le había confesado mis sentimientos a Estefanía!
—¡No, gonorrea! ¡Yo sí soy mucho güevón! —exclamé, sentándome en la cama.
Me acordaba perfectamente de haberle dicho que me gustaba, que estaba tragado de ella y que llevaba tiempo intentando olvidarla. ¡Le había soltado todo el rollo!
Me levanté, me bañé y me puse una camiseta con una pantaloneta. Después bajé las escaleras despacito, todavía sintiendo que la cabeza me iba a explotar.
Y ahí estaba ella.
Estefanía Holguín, la mujer que me tenía tragado hasta las patas.
Estaba en la cocina preparando el desayuno. Apenas la vi, se me olvidó por un instante el guayabo. Parce, es que esa mujer tenía algo que me dejaba sin palabras.
Me acerqué despacito y la abracé por detrás, rodeándola suavemente con los brazos.
—Buenos días, mi reina.
Estefanía
—¡Ave María, Kaleth! ¡Casi me matás del susto! —exclamé, girándome un poquito para mirarlo.
Él soltó una risita y apoyó la barbilla sobre mi hombro.
—Ay, pues, mi reina. ¿Ya no puedo saludarte o qué?
—Claro que podés saludarme, pero avisá, hombre. Casi se me cae el desayuno.
Kaleth finalmente me soltó y se sentó en una de las sillas, sobándose la frente.
—Uy, tía, tengo un guayabo el hijuepuerca. Te juro que no vuelvo a tomar en mi vida.
—Eso mismo dijiste la última vez, mi niño.
—No, pero esta vez sí es en serio, ve. Tengo la cabeza vuelta nada.
Le serví un vaso de agua y lo puse frente a él. Después me senté a su lado, porque necesitaba hablar con él sobre lo que había ocurrido la noche anterior.
—Kaleth, tenemos que hablar.
Él levantó la mirada inmediatamente.
—¿Qué pasó, mi reina?
Respiré profundamente.
—Quiero preguntarte algo y necesito que me contestés con sinceridad. ¿Vos te acordás de lo que me dijiste anoche cuando llegaste?
Kaleth se quedó quieto. Después bajó la mirada y se pasó una mano por el cabello.
—Sí, Estefi. Me acuerdo.
—¿Y era verdad?
Él levantó la cabeza.
—¿Qué cosa?
—Lo que me dijiste. Que estás enamorado de mí.
Kaleth
Parce, sentí que el corazón me iba a salir por la boca.
Podía decirle que estaba borracho, que no sabía lo que decía o que todo había sido una bobada. Pero no quería mentirle. Llevaba demasiado tiempo escondiendo mis sentimientos.
—Sí —respondí finalmente—. Es verdad, Estefi.
Ella se quedó mirándome, sorprendida.
—¿De verdad, Kaleth?
—Sí, mujer. Estoy tragado de vos. ¡Más tragado que nunca, juepucha!
Estefanía soltó un suspiro y se acomodó en la silla.
—¿Y desde cuándo sentís eso?
Me quedé pensando unos segundos.
—No sé cuándo empezó exactamente. Antes te veía como siempre, pero después fui creciendo y empecé a sentir cosas diferentes. Me gusta estar con vos, hablarte, hacerte reír. Cuando llegás a la casa, yo soy el primero que quiere verte.
Hice una pausa y continué:
—Y por eso he estado haciendo tantas cagadas. Me voy con los muchachos, tomo y trato de distraerme, pero cuando regreso a la casa y te veo, vuelvo a sentir lo mismo. Ya estoy cansado de fingir que no me pasa nada.
Estefanía permaneció callada durante unos segundos.
—Kaleth, vos sabés que sos muy importante para mí, ¿cierto?
—Sí, pero no sé si me querés de la misma manera.
Ella bajó la mirada antes de responder.
—No quiero darte una respuesta apresurada. Necesito pensar en todo esto con calma.
Sentí un pequeño vacío en el pecho, pero asentí.
—Está bien, mi reina. Yo no te voy a presionar.
Ella me miró con ternura.
—Y quiero que dejés de tomar de esa manera. No tenés que hacerte daño para tratar de olvidar lo que sentís.
—Te lo prometo, Estefi. Voy a cambiar eso.
Me levanté de la silla y volví a abrazarla, esta vez de frente y con cuidado.
—Gracias por escucharme, mi reina.
Ella me devolvió el abrazo brevemente.
—Ahora andá a desayunar, que después te tomás algo para ese guayabo.
Me senté otra vez, sonriendo como un bobo enamorado.
No sabía qué iba a pasar entre nosotros, pero al menos ya no tenía que esconderle la verdad.
Y aunque Estefanía todavía necesitaba tiempo para pensar, yo tenía claro que mis sentimientos eran reales.
Por primera vez, ella sabía que yo estaba enamorado de ella.