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Rechazada por gorda, elegida como madre

Rechazada por gorda, elegida como madre

Status: Terminada
Genre:Matrimonio contratado / Grandes Curvas / Divorcio / Amor Campestre / Completas
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: CovieVy

El día que su divorcio quedó firmado, Mireya terminó en el suelo del estacionamiento del juzgado, con las rodillas ensangrentadas, noventa y cinco kilos de humillación y cuatro dólares en la cartera. Su exmarido la llamó «gorda». Su exsuegra y su excuñada, «cerda». Nadie se detuvo a ayudarla.

Esa misma tarde, un anuncio en las redes sociales le abre una puerta imposible: SE BUSCA A ALGUIEN DISPUESTA A SER MADRASTRA.

Al final de un camino de tierra la espera una hacienda enorme, un niño de cinco años que se niega a comer y a dejarse tocar, y Álvaro Zarreta: un hombre de mirada helada que no necesita una esposa, solo una madre para su hijo. Una prueba absurda, un plato de arroz frito y un matrimonio por contrato después, Mireya descubre que la tierra descuidada de esa hacienda le habla como a nadie, que un niño puede enamorarse de quien le roba la comida, y que hasta el hombre más callado sabe, a su manera, celar.

Pero su pasado no se ha ido. El exmarido que la tiró como basura reaparece. Las reglas del contrato no son tan claras como parecían. Y en esa casa hay un pasado del que nadie le ha hablado.

NovelToon tiene autorización de CovieVy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

2. Una postulante a madrastra

—¿Qué? ¿Así que sí existen ofertas de trabajo como esta? —Mireya siguió leyendo el anuncio.

Trabajo: madrastra. Sueldo prometido: altísimo. Requisito principal: casarse con el padre del niño.

Mireya frunció el ceño.

—¿Casarme? ¡Si acabo de divorciarme!

Luego se fijó en la cifra del sueldo.

—¡Vaya! ¿Tanto pagan?

Volvió a leerla. El número era tan grande que pensó que había un error. Pero cuanto más leía, más preguntas le surgían.

—¿Desde cuándo una madrastra se subasta? ¿Por qué el papá no se busca otra esposa y ya?

Estuvo a punto de cerrar la publicación.

Pero sus ojos volvieron a la cifra. Y se acordó de los cuatro dólares guardados en la bolsa.

—No tengo opción. Necesito el dinero —murmuró.

Por fin tocó el número de contacto. La llamada entró de inmediato.

—Buenas tardes. Vi el anuncio para cuidar a un niño.

—¿Su nombre? —respondió una voz.

—Mireya Arellano.

—¿Puede venir mañana temprano?

Mireya se sorprendió un poco.

—¿Cuál es la dirección?

Le dieron una dirección. Mireya la anotó al instante. Antes de que colgaran, el hombre del otro lado le hizo una advertencia.

—Se lo digo una vez más, señorita. Este trabajo no es nada fácil.

Mireya sonrió con amargura.

—Parece que nada en mi vida ha sido fácil.

Y la llamada terminó.

Mireya miró la pantalla del celular.

Luego echó un vistazo a los cuatro dólares dentro de su bolsa.

—¿Mañana? —susurró.

—Parece que hoy me toca aguantar el hambre.

* * *

El sol todavía no estaba muy alto, pero Mireya acababa de bajar del autobús rural. Se quedó a la orilla del camino, revisando la dirección guardada en el celular.

—¿De veras es aquí?

Levantó la vista.

Frente a ella se extendía un camino de tierra flanqueado por plantíos verdes hasta donde alcanzaba la mirada.

Ni una hilera de casas.

Ni las tiendas que uno encuentra en la ciudad.

Casi ni se oían los autos.

Solo el canto de los pájaros y el viento rozando las hojas.

Mireya arrugó la frente. Releyó la dirección. El número coincidía. El lugar también.

—Dijeron que la casa estaba aquí... —Guardó el celular en la bolsa—. ¿Por qué parece que me estoy metiendo en la finca de otro?

Empezó a caminar hacia adentro. Cuanto más avanzaba, más grande se volvía la finca.

A la derecha había surcos sembrados en perfecto orden. A la izquierda, unos trabajadores revisaban las plantas con canastos en las manos.

Mireya aflojó el paso sin darse cuenta. Fijó la vista en la tierra.

Era buena tierra. Con buen drenaje.

Después sus ojos se desviaron hacia unas parcelas que parecían descuidadas.

—Qué lástima...

Se detuvo. La vieja costumbre le salió sola. Se agachó y tocó la superficie del suelo.

Un poco húmeda.

Ni demasiado mojada ni encharcada. La estructura de la tierra también se veía bastante bien.

—Si aquí se sembraran ciertas verduras, la cosecha sería excelente.

Cuando iba a levantarse, un trabajador que pasaba por ahí la miró con extrañeza.

—¿A quién busca, señorita?

Mireya sonrió con educación.

—Busco la casa de la familia Zarreta.

De repente, el rostro del hombre cambió.

—¿La familia Zarreta?

—Sí.

El hombre la recorrió de pies a cabeza. Después señaló el camino.

—Siga derecho por aquí. La casa está hasta el fondo.

Mireya asintió.

—Gracias.

Retomó la marcha. Pero, unos metros más adelante, miró hacia atrás.

El hombre seguía en el mismo lugar. Parecía que quería decirle algo.

Mireya levantó una ceja.

—Qué raro.

No le dio más vueltas.

Unos diez minutos después, se detuvo. Respiraba con dificultad. Hacía mucho que no caminaba tanto.

El sudor le humedecía la frente.

Detrás de una hilera de árboles se alzaba una casa enorme.

No era una casa cualquiera.

Parecía más bien una villa de lujo construida a propósito lejos de todo.

Muros blancos con detalles de piedra natural. Columnas altas que sostenían el pórtico. Ventanales grandes y altos. Al frente, un amplio jardín con fuente.

Mireya vio incluso varias camionetas negras estacionadas a un costado.

—¿E-esta es... la casa?

Tragó saliva.

Volvió a abrir el celular. El nombre del mensaje seguía siendo el mismo.

Álvaro Zarreta.

—¿Y si me equivoqué de dirección?

La revisó otra vez.

Era la correcta.

Mireya suspiró y caminó hacia la reja.

Apenas había dado unos pasos cuando dos hombres vestidos de negro salieron de la caseta de vigilancia.

—Alto.

Mireya se detuvo por reflejo.

—Yo...

—¿Qué asunto la trae?

—Vengo a solicitar el trabajo... —Dudó antes de nombrarlo.

Pero los dos hombres parecían haber entendido a qué venía. Se miraron entre sí y asintieron.

No era la primera vez que alguien llegaba para postularse como madrastra del heredero de la casa.

Uno de los guardias abrió la reja.

—Pase.

Mireya respiró hondo.

—Gracias.

Cruzó la reja.

Pero no había avanzado ni unos metros cuando se oyó la voz de un niño dentro de la casa.

—¡No!

Mireya volteó.

Un niño salió corriendo por la puerta. Tendría unos cinco años. El pelo negro, algo revuelto.

Abrazaba un carrito de juguete con todas sus fuerzas mientras corría hacia el jardín.

Un hombre lo perseguía.

—¡Niño Elián! ¡Espere!

El niño aceleró aún más.

Y entonces...

¡Pum!

Tropezó, y su cuerpecito estuvo a punto de caer.

Mireya echó a correr por instinto.

—¡Cuidado!

Alcanzó a atraparlo antes de que su cabeza golpeara el piso.

Elián aterrizó en sus brazos. Abrió mucho los ojos. Mireya también se quedó sorprendida. Se miraron durante unos segundos.

Entonces el niño le empujó el pecho.

—¡No me toques, gooorda!

Mireya lo soltó de inmediato.

—Perdón.

Elián retrocedió unos pasos. Frunció la cara y sacó los labios en un puchero.

El hombre que lo perseguía llegó enseguida.

—Disculpe, señorita. A Elián no le gusta que lo toquen los desconocidos.

Mireya asintió.

—No hay problema.

Observó al niño.

Elián se escondió de inmediato detrás del hombre. Solo se le veían los ojos.

Mireya sonrió un poquito.

—Hola.

Elián no contestó.

—¿Tú eres Elián?

El niño negó con la cabeza.

Mireya se desconcertó.

—¿No?

Elián volvió a negar.

El hombre, detrás de él, parecía angustiado.

—Elián...

Al final Mireya sonrió.

—Entonces ya no te voy a preguntar nada.

Se enderezó. Las rodillas aún le dolían de tanto caminar, pero trató de ignorarlo.

Desde detrás del hombre llegó una vocecita.

—¿Tú quién eres?

Mireya se detuvo.

Volteó.

—Me llamo Mireya.

Elián la miró unos segundos.

Y volvió a esconderse.

Mireya sonrió.

Al menos... el niño había querido preguntar.

Y fue en ese momento cuando Mireya empezó a darse cuenta de que ese niño era quien de verdad necesitaba una madre.

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