Ella estaba muy enferma y paso su vida en hospitales, Pero reencarna como una hermosa mujer de cabello celeste, que solo quiere ser feliz.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Pequeñas aventuras 1
Las siguientes semanas fueron, sin lugar a dudas, las más felices que Aria había experimentado en toda su existencia.
Y no lo decía a la ligera.
Después de pasar veinte años de su vida entre hospitales, tratamientos y habitaciones donde el sonido de los monitores marcaba el ritmo de sus días, descubrir que podía levantarse por la mañana sin sentir dolor le parecía un milagro extraordinario.
¡Un milagro que pensaba aprovechar hasta el último segundo!
Sus jornadas comenzaron a llenarse de pequeñas aventuras.
Por las mañanas, paseaba por los jardines de la mansión Vizconti, donde descubrió que había un estanque con peces de colores, un invernadero repleto de flores exóticas y un sendero que conducía hasta una colina desde la que podía contemplarse una parte de los viñedos familiares.
Los primeros días se limitó a caminar despacio, disfrutando de la brisa y del calor del sol sobre su rostro.
Después comenzó a explorar.
Descubrió una pequeña glorieta cubierta de rosas, un rincón escondido donde los jardineros cultivaban fresas y un árbol tan antiguo que sus ramas proporcionaban suficiente sombra para colocar una mesa y varias sillas debajo.
Aquel último lugar se convirtió rápidamente en su favorito.
Aria llevaba allí libros, una manta y, cuando conseguía convencer al cocinero, una cesta con algo para comer.
Era una vida maravillosa.
[¡Así debería haber sido mi vida desde el principio!].
A veces, mientras descansaba bajo el árbol, cerraba los ojos y escuchaba el canto de los pájaros.
No tenía que contar las horas que faltaban para su siguiente tratamiento.
No debía preocuparse por la posibilidad de que una fiebre arruinara toda su semana.
No había médicos que entraran en su habitación con expresiones preocupadas.
Podía respirar profundamente, estirar los brazos y caminar hasta cansarse por el simple placer de hacerlo.
Y cuando se cansaba, regresaba a la mansión, tomaba un baño caliente y se acomodaba en una cama tan suave que, en ocasiones, se quedaba dormida antes de terminar de pensar en lo afortunada que era.
Además, había descubierto algo extraordinario.
La biblioteca.
La mansión Vizconti poseía una habitación entera dedicada a los libros, con estanterías que llegaban casi hasta el techo, una escalera móvil y varios sillones dispuestos junto a las ventanas.
Allí encontró libros sobre historia, geografía, magia, agricultura, política y genealogía de las familias nobles.
Por supuesto, también había novelas románticas.
Y Aria, que había pasado gran parte de su vida leyendo historias para niños, se sintió como una exploradora que acababa de descubrir un continente desconocido.
[¡Libros! ¡Tantos libros! ¡Y puedo leerlos sin que nadie me interrumpa para tomarme la temperatura!].
Durante las primeras semanas, devoró toda la información que pudo.
Aprendió que el reino de Vagur estaba compuesto por varias regiones, algunas famosas por sus viñedos, otras por sus quesos y otras por sus minas de minerales mágicos.
También descubrió que la magia se heredaba dentro de las familias, aunque su manifestación podía variar de una generación a otra. Algunos linajes producían magos extraordinariamente poderosos, mientras que otros tenían habilidades más modestas, pero muy útiles para la vida cotidiana.
Los templos desempeñaban un papel fundamental en la formación de los magos, y las familias nobles mantenían relaciones estrechas con ellos.
Los duques gobernaban extensos territorios y ejercían una gran influencia política. Los condes, por su parte, podían administrar regiones muy prósperas y ocupar cargos importantes en la corte.
Vagur era un reino relativamente seguro, con una economía floreciente y una sociedad que valoraba tanto el poder mágico como la riqueza y las conexiones familiares.
Por supuesto, también existían rivalidades entre nobles.
Después de leer tres libros sobre disputas territoriales, Aria decidió que aquella parte de la historia era bastante aburrida.
[¿Por qué los nobles no pueden simplemente compartir los viñedos? ¡Hay suficiente vino para todos!].
Sin embargo, siguió leyendo.
Quería conocer aquel mundo.
Quería entenderlo.
Y, sobre todo, quería evitar cometer alguna tontería que hiciera sospechar a los demás que la señorita Aria Vizconti había sufrido un cambio inexplicable de personalidad.
Aunque, considerando su antigua reputación, no estaba segura de cuánto debía preocuparse.
Al parecer, la verdadera Aria tenía fama de ser una joven coqueta, consentida y muy interesada en la moda.
La nueva Aria, en cambio, podía pasar una tarde entera leyendo sobre la historia de un templo antiguo sin sentir la menor necesidad de salir a comprar un collar.
Aquello, como era de esperar, no pasó desapercibido para su hermano.
Una mañana, mientras desayunaban juntos, el conde Vizconti observó a su hermana por encima de su taza de té.
Aria estaba leyendo un libro sobre las antiguas familias mágicas del reino.
A su lado, el desayuno permanecía casi intacto.
—Aria.
—¿Sí, hermano?
Ella levantó la mirada.
—¿No quieres salir hoy?
Aria parpadeó.
—¿Salir?
—A comprar, por ejemplo.
El conde señaló discretamente el libro.
—Llevas varios días sin visitar las tiendas de la ciudad. Empiezo a preocuparme.
Aria lo miró, desconcertada.
[¿Preocuparte? ¿Por qué? ¿Acaso existe una enfermedad que te impide comprar vestidos?].
—Estoy muy bien, hermano.
—¿Segura?
—¡Por supuesto!
El conde apoyó un codo sobre la mesa y la observó con una sonrisa traviesa.
—Si estás intentando ahorrar dinero para convencerme de que no necesitas casarte, no tienes que hacerlo.
Aria dejó caer el libro sobre la mesa.
—¿Qué?
Su hermano soltó una carcajada.
—¡No necesitas ahorrar para seguir viviendo aquí! Ya te lo he dicho. No voy a echarte de la mansión porque no quieras casarte.
Aria se quedó mirándolo.
Después comprendió que estaba bromeando.
—¡Hermano!
—¿Qué? Solo estoy intentando comprender tu comportamiento.
El conde volvió a reír.
—Antes tenía que obligarte a asistir a tus clases y convencerte de que leyeras algo que no fuera una revista de moda. Ahora tengo una hermana que se levanta temprano para leer sobre los antiguos tratados mágicos y que parece considerar las tiendas de ropa una terrible pérdida de tiempo.
Aria sintió que se le calentaban las mejillas.
[¡La antigua Aria era una auténtica princesa consentida!].
—Es que... He descubierto que hay muchas cosas interesantes que todavía no conozco.
El conde la miró con curiosidad.
—¿Como qué?
—La historia del reino. La magia. Las diferentes regiones. Las costumbres de otras familias...
Hizo una pausa.
—Y también quiero aprender sobre los viñedos. Me gustaría conocer cómo se produce el vino.
El conde levantó las cejas.
—¿Quieres aprender sobre los viñedos?
Aria asintió con entusiasmo.
—¡Sí!
El hombre se quedó observándola durante unos segundos.
Después volvió a reír.
No era una risa burlona.
Era una risa genuina, llena de diversión y afecto.
—¡Qué extraordinario! Mi hermana pequeña ha decidido convertirse en una erudita.
Aria hizo un pequeño puchero.
—No te burles de mí.
—No me estoy burlando, querida.
El conde le revolvió suavemente el cabello.
—Me alegra verte tan interesada en aprender cosas nuevas.
Aria bajó la mirada hacia su libro.
[La verdad es que también me gustaría aprender a preparar pasteles, pero quizá debería reservar esa sorpresa para más adelante].
Su hermano tomó un sorbo de té.
—De todos modos, si deseas comprar algo, no tienes que pedir permiso ni preocuparte por el dinero. Quiero que disfrutes de tu juventud.
Aria sonrió.
—Lo haré.
Y, en aquel momento, se dio cuenta de que lo decía con absoluta sinceridad.
Quería disfrutar de su juventud.
Pero no necesitaba hacerlo exactamente como la antigua Aria.
Podía descubrir sus propios intereses, elegir sus propias actividades y construir una vida que realmente le gustara.
Una vida en la que no tuviera que demostrar nada a nadie.
Ni siquiera a su hermano.