Leo despierta en un hospital sin recordar los últimos cinco años. Le dicen que tuvo un accidente, que su esposa murió, que su hija no le habla. Pero algo no encaja: las enfermeras lo tratan con miedo, los médicos mienten, y en su mesilla de noche encuentra una nota escrita por él mismo que dice: "No confíes en nadie. Tú no chocaste. Tú saltaste." Ahora Leo debe reconstruir quién fue realmente en esos cinco años perdidos, y descubrir si el hombre que era antes merece ser perdonado… o merece ser encontrado.
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Capítulo 22: La entrada oculta
El coche se detiene a unos dos kilómetros de la entrada de la mina, oculto entre los árboles y la maleza. Leo, Elena e Irene bajan en silencio, con el equipo bien ajustado y los sentidos en alerta máxima. La noche es fría y el viento silba entre las rocas, llevando consigo el eco de un silencio que pesa como una losa.
—Aquí nos separamos —dice Leo, mirando a Elena—. Recuerda, dos horas. Si no salimos, activa el protocolo.
Elena asiente, pero hay algo en su mirada que Leo no logra descifrar. Tal vez miedo. Tal vez algo más.
—Cuídate, Daniel —dice ella, usando su nombre real por primera vez en mucho tiempo.
—Tú también —responde él.
Elena se pierde entre las sombras, tomando posición en el perímetro. Leo e Irene se mueven hacia el este, rodeando la colina hasta llegar a una grieta casi invisible entre las rocas, cubierta por arbustos secos.
—Aquí es —dice Irene, apartando las ramas—. La salida de emergencia.
La grieta se abre a un pasaje estrecho que desciende en espiral hacia las entrañas de la montaña. El aire huele a sal y a humedad. Leo enciende su linterna y avanza con Irene detrás de él.
—¿Cuánto falta? —pregunta en voz baja.
—Unos diez minutos de camino —responde Irene—. Llegaremos a una puerta blindada que da al nivel tres de la base. Esa zona es menos vigilada.
Caminan en silencio, con los pasos amortiguados por el polvo y las rocas. Cada crujido de la grava bajo sus pies parece amplificado en la oscuridad. Leo siente que el corazón late con fuerza, pero mantiene la calma. Este es el momento. El momento que ha estado esperando desde que despertó en aquel hospital sin memoria.
Llegan a la puerta blindada. Irene saca un dispositivo electrónico y lo conecta a un panel lateral.
—Dame un minuto —susurra.
El dispositivo parpadea y emite un zumbido silencioso. La puerta se abre con un clic metálico.
—Adelante —dice Irene—. Pero cuidado. Hay cámaras en el pasillo. Tendremos que movernos rápido.
Entran. La base es un laberinto de pasillos de hormigón, iluminados por luces fluorescentes que parpadean débilmente. La tecnología es moderna, pero el lugar tiene un aire de fortaleza subterránea que parece haber sido construido para durar décadas.
—El centro de operaciones está en el nivel cinco —dice Irene—. Allí es donde Vergara pasa la mayor parte del tiempo. Pero antes, tenemos que pasar por el nivel cuatro, que es donde están las celdas.
—¿Las celdas? —pregunta Leo—. ¿Para quiénes?
—Para los que han intentado traicionarlo —responde Irene—. Y para los que aún pueden ser útiles.
La palabra "útiles" resuena en la mente de Leo. Piensa en la persona que Irene mencionó, la que Vergara tiene encerrada. ¿Quién puede ser? ¿Algún aliado? ¿Alguien que conoció en su vida anterior?
Atraviesan el nivel tres con rapidez y llegan al nivel cuatro. Las celdas son pequeñas, con puertas de metal y mirillas de vidrio. En una de ellas, Leo ve una figura recostada contra la pared. Es una mujer. Su cabello oscuro cae sobre su rostro, y sus manos están esposadas a un anillo en la pared.
—Alto —dice Leo, deteniéndose.
Se acerca a la celda. La mujer levanta la cabeza, y cuando Leo ve su rostro, siente que el mundo se detiene.
Conoce ese rostro. Lo ha visto en sueños, en fragmentos de recuerdos, en la foto que encontró en la carpeta. Pero no es Sofía.
Es su madre.
La mujer que le dijo que lo amaba. La mujer que lo crio. La mujer que según Elena, había muerto hace años.
Pero está aquí, en una celda, prisionera de Vergara.
—¿Mamá? —susurra Leo, con la voz quebrada.
La mujer sonríe. Es una sonrisa cansada, pero llena de luz.
—Hijo —dice—. Sabía que vendrías.