Todos obedecen a Sebastián Mendoza.
Todos menos su prometida.
Emilia Velasco nunca pidió formar parte del acuerdo que unió a dos de las familias más poderosas de México. Mucho menos vivir con Sebastián: el heredero frío, implacable y peligrosamente atractivo que parece capaz de descubrir cada una de sus mentiras con solo mirarla.
Él le impone tres reglas.
Emilia convierte romperlas en su pasatiempo favorito.
Pero desafiar a Sebastián tiene consecuencias. Sus advertencias pronto se transforman en castigos demasiado íntimos para olvidar y en una tensión que ninguno de los dos está dispuesto a reconocer.
Lo desconcertante no es su autoridad.
Es lo que ocurre después.
Porque el mismo hombre que la obliga a enfrentar las consecuencias de sus actos también se arrodilla para atarle los zapatos, cura cada una de sus heridas y pasa la noche despierto cuando ella tiene miedo.
Emilia cree que Sebastián solo desea controlarla, hasta que descubre su secreto: él es XL, el admirador anónimo que lleva años comprando sus obras y protegiendo su carrera desde las sombras.
Sebastián no aceptó el compromiso por obedecer a su familia.
Llevaba años esperándola.
Ahora, una conspiración relacionada con la muerte de la madre de Emilia amenaza con destruir todo lo que ambos intentan construir. Y el hombre al que todos temen está dispuesto a incendiar su propio imperio antes de permitir que vuelvan a lastimarla.
Emilia tendrá que decidir si quiere seguir desafiando al heredero…
o confiar en el único hombre que la eligió mucho antes de que ella pudiera elegirlo a él.
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Capítulo 14
Los días que siguieron fueron extraños.
Emilia se despertó la primera mañana con la piel todavía sensible y una confusión que no tenía nombre. Esperaba sentir rabia, resentimiento, ganas de empacar sus cosas y llamar a tía Beatriz para que viniera por ella. Esperaba que la convivencia se volviera incómoda, que el silencio entre los dos se endureciera, que Sebastián se comportara diferente o que ella lo mirara de otra manera.
Pero nada de eso pasó. O más bien: todo cambió, pero no en la dirección que esperaba. Se sentía más cerca de él. Como si el castigo hubiera roto una pared que ella no sabía que existía y detrás hubiera encontrado algo que no esperaba — no dolor, no miedo, sino una certeza extraña de que a ese hombre le importaba lo suficiente como para hacer algo difícil.
Sebastián cocinaba con más cuidado. Los desayunos que antes eran huevos revueltos y café ahora incluían fruta cortada en formas que ningún hombre que trabajara catorce horas al día debería tener tiempo de cortar. Llevaba a Emilia a la ANBA personalmente cada mañana y la recogía cada tarde — no Sergio, no Ramón, él — en el Phantom negro que hacía que los estudiantes se asomaran por las ventanas del taller.
El tercer día después, le dio una caja pequeña envuelta en papel de seda.
—¿Qué es?
—Ábrela.
Emilia la abrió. Adentro, sobre algodón blanco, había un brazalete de cuentas. No eran cuentas ordinarias — eran cuentas dzi, piedras tibetanas de ágata que ella había visto en una exposición del Museo de Antropología el año anterior. Cada cuenta tenía "ojos" naturales formados por las bandas de la piedra, en tonos de marrón, negro y marfil. Eran antiguas — o parecían serlo — con una pátina que hablaba de décadas de uso.
—Cuentas dzi —dijo Emilia, girando el brazalete entre los dedos—. Son para la buena suerte, ¿no?
—Protección —dijo Sebastián—. En la tradición tibetana, cada ojo protege de algo diferente. Estas tienen nueve.
—¿Nueve protecciones?
—Contra todo.
Le tomó la muñeca izquierda y se lo puso él mismo. Los dedos le rozaron el pulso — Emilia estaba segura de que él podía sentirlo acelerado, pero no dijo nada. El brazalete se cerró con un clic suave, como un candado que no necesitaba llave. El brazalete tenía el peso justo — presente sin ser molesto, como un recordatorio constante de algo que no necesitaba palabras.
—Gracias —dijo, y quiso decir más pero no supo qué.
Esa tarde, en el taller de la ANBA, Emilia tallaba sin concentrarse. La gubia resbalaba sobre el cedro sin encontrar el camino. Daniela, que trabajaba en la mesa de al lado en una pieza de barro, la miraba de reojo.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Estás tallando la misma curva por tercera vez. A esa pieza le va a quedar un agujero.
Emilia dejó la gubia. Se miró las manos. El brazalete de cuentas dzi le brillaba en la muñeca.
—¿Puedo preguntarte algo raro?
—Siempre.
—¿Es posible que alguien te haga algo que te duela y que después… no estés enojada? ¿Que estés más… cercana?
Daniela dejó de trabajar. La miró con esa intensidad que usaba cuando evaluaba si una pregunta era retórica o real.
—¿Estamos hablando de Sebastián?
—Estamos hablando en general.
—Estamos hablando de Sebastián. —Daniela se limpió las manos en el mandil—. ¿Qué pasó?
Emilia no le contó todo. No podía — no sabía cómo decir "mi prometido me puso sobre sus rodillas y me castigó con una regla de madera y después me curó con pomada y me acarició el pelo hasta que me dormí" sin que sonara como algo que necesitaba una llamada a la policía. Lo que le contó fue una versión editada: que había roto una regla, que él había reaccionado con severidad, que después la había cuidado con una ternura que la desarmó.
Daniela la escuchó sin interrumpir. Al final, cruzó los brazos.
—Emi, ese hombre no te quiere. Te adora. La pregunta es: ¿tú qué sientes?
Emilia giró el brazalete en su muñeca. Las cuentas de ágata rodaban bajo sus dedos como un rosario laico.
—No lo sé. Es como sentirse segura y asustada al mismo tiempo.
—¿Asustada de él?
—No. Asustada de mí. De lo que siento cuando él… —No terminó la frase.
Daniela la miró un momento largo. Emilia esperaba un sermón — Daniela era buena para los sermones, los daba con la misma eficiencia con la que moldeaba el barro. Pero no hubo sermón. Solo una mano sobre la suya y una voz más suave de lo habitual:
—Sea lo que sea, no dejes que nadie te diga que está mal sentirlo. Ni siquiera tú misma.
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Esa noche, Emilia encontró a Sebastián en la sala leyendo un informe financiero con los lentes puestos — los usaba solo para leer de noche, y le cambiaban la cara de una manera que ella no admitía que le gustaba. Se sentó frente a él, con las piernas cruzadas, y lo miró hasta que levantó la vista.
—Sebastián.
—Dime.
—¿Tú me quieres?
La pregunta salió entera, sin preámbulo, sin suavizarla. Como un golpe de gubia contra la madera: directa, limpia, irreversible.
Sebastián la miró por encima de los lentes. No se sorprendió — o si lo hizo, no lo mostró. Se quitó los lentes y los dejó sobre el informe. La miró con esos ojos que ella todavía no lograba descifrar del todo — oscuros, profundos, con capas que se revelaban solo cuando él decidía que era momento.
—¿Por qué preguntas?
—Porque nadie que no quiera a una persona haría lo que tú haces. Me cocinas. Me atas los zapatos. Me cuidas cuando me enfermo. Me— —se detuvo antes de decir "me castigas"— me pones reglas. Nadie hace eso por obligación.
Sebastián la miró un rato largo. El silencio se llenó del zumbido del refrigerador y del ruido lejano de la ciudad al otro lado del ventanal.
—No preguntes cosas cuya respuesta no estás lista para escuchar —dijo, y se levantó.
Emilia se quedó sola en la sala. El sillón donde él había estado sentado todavía estaba tibio. El informe financiero quedó abierto sobre la mesa, con los lentes encima, como si hubiera salido huyendo de algo que no podía enfrentar con calma.
No estás lista para escuchar.
Emilia se quedó un rato en el sillón tibio. El informe financiero tenía cifras subrayadas con marcador verde — la letra de Sebastián era pequeña, precisa, sin florituras, como todo lo que hacía. Pasó el dedo por una anotación al margen que decía "confirmar con legal" y pensó que era absurdo que conociera la letra de su prometido pero no supiera lo que sentía por ella. O tal vez sí lo sabía. Tal vez por eso había preguntado — no para descubrir la respuesta, sino para escucharla.
La frase le dio vueltas en la cabeza como una pieza de madera que giraba en el torno y a la que no lograba darle forma. No estás lista. ¿Lista para qué? ¿Para saber que la quería? Eso ya lo sospechaba. ¿Para saber cuánto? ¿Para saber desde cuándo?
Se miró el brazalete de cuentas dzi. Nueve ojos. Nueve protecciones. ¿Contra qué la protegía Sebastián Mendoza? ¿Del mundo? ¿De ella misma?
¿O de la verdad de lo que él sentía — una verdad tan grande que decirla en voz alta la cambiaría todo?
Emilia se fue a su cuarto. No durmió hasta las tres. Y cuando durmió, soñó con ojos de ágata que la miraban desde la oscuridad con una devoción que le quitaba el aliento.