Lucía tiene 8 años, pero su corazón y su mente crecen despacio, muy despacio. En un mundo que todo lo apura, ella vive a su propio ritmo, con la inocencia de una niña que ve flores en cada rincón y amor en cada sonrisa. Su vida cambia cuando conoce a Julián, un chico que aprenderá a ver el mundo con sus ojos. Juntos, descubrirán que lo más importante no es llegar primero, sino disfrutar del camino… y que el amor, por muy lento que sea, siempre llega.
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CAPÍTULO 8 El día de la lluvia
La tarde empezó tranquila, dorada, como tantas otras en la casita de madera.
Julián estaba en el jardín trasero, trabajando en su pequeño taller improvisado. Tenía encima el delantal manchado de serrín, el pelo pegado a la frente por el calor, y entre las manos sostenía una pieza de madera que estaba convirtiendo en una silla chiquita para Lucía. De vez en cuando levantaba la vista y la miraba: ella estaba sentada en el pasto alto, con las piernas cruzadas, entre Mota —que dormía hecho una bola de pelo gris sobre su falda— y Chispa, que ya podía caminar casi bien sin la venda azul, y que olfateaba flores silvestres una por una, moviendo la cola sin parar.
Lucía tenía en las manos un trozo de carbón que Julián le había dado esa mañana, y dibujaba en el suelo figuras grandes y simples: soles de diez rayos, flores con mil pétalos, cuatro círculos que eran ellos, más dos círculos chiquitos que eran los animales. No hablaba. Solo dibujaba, y de vez en cuando soplaba el polvo de carbón que se le quedaba en los dedos, muy despacio, como si no quisiera que se escapara nada.
Dentro de la casa, la abuela Rosa descansaba. Había cumplido ya una semana en cama, la fiebre había desaparecido del todo, y aunque todavía estaba débil, el médico había dicho que iba por muy buen camino. Esa tarde había tomado una dosis de jarabe que le daba sueño, así que dormía profundamente, sin moverse, con la ventana de su habitación entreabierta para que entrara el aire fresco.
Todo parecía en paz.
Pero Julián, que había crecido en la ciudad donde el clima cambiaba de golpe, levantó la nariz al aire y frunció el ceño. El olor había cambiado. Ya no olía a pasto seco y a jazmines. Ahora olía a tierra mojada, a electricidad estática, a lluvia que venía de lejos, cargada y fuerte. Levantó la vista hacia el cielo: las nubes blancas y suaves de la mañana se habían transformado en masas grises y oscuras, pesadas, que avanzaban rápido por encima de las montañas, tapando el sol poco a poco.
—Lucía —la llamó, limpiándose las manos en el delantal—. Guarda tus cosas, cielo. Creo que viene una tormenta buena. Vamos para adentro.
Lucía levantó la cabeza despacio. Miró el cielo, miró el dibujo que aún no terminaba, y asintió. Guardó el carbón en el bolsillo de su vestido con mucho cuidado, despertó a Mota de un toquecito suave en la cabeza, y llamó a Chispa con un chasquido de lengua que solo ella sabía hacer. Los tres caminaron hacia Julián, y él los hizo pasar primero por la puerta de la cocina, cerrando bien todas las ventanas antes de que empezara a caer la primera gota.
Cayó de golpe.
Una gota grande, pesada, que golpeó el techo de chapa con un sonido seco. Luego otra, y otra, y de repente el mundo entero se llenó del ruido fuerte y continuo de la lluvia cayendo a cántaros. El viento se levantó también, soplando con fuerza, haciendo crujir las ramas de los árboles del jardín y golpeando los vidrios de las ventanas como si alguien quisiera entrar.
Lucía se quedó quieta en medio de la cocina.
Había dejado de caminar. Tenía a Mota apretado contra el pecho con ambas manos, Chispa se le había pegado a los tobillos temblando, y sus ojos grandes estaban muy abiertos, fijos en la ventana de la sala, donde se veían los relámpagos lejanos iluminar el gris de la tarde. No dijo nada. No se movió. Solo se puso muy pálida, muy pálida, y sus labios empezaron a temblarle un poquito.
Julián lo notó de inmediato. Se acercó a ella despacio, para no asustarla más.
—No pasa nada, cielo —le dijo, con la voz más suave que pudo—. Es solo lluvia. Limpia el aire, hace que crezcan las flores. Verás que en un rato se pasa.
Lucía no respondió. No lo miró siquiera. Seguía mirando la ventana, todo su cuerpo tenso, como si estuviera esperando algo terrible. Julián pensó que tal vez solo era el ruido fuerte, que no estaba acostumbrada. Se giró para encender la lámpara de la mesa, que daba una luz amarilla y cálida, para que la casa se sintiera más acogedora.
Y en ese preciso instante, tronó.
No fue un trueno lejano, suave. Fue un estallido seco, fuerte, que pareció partir el cielo en dos, que hizo temblar las ventanas, las tazas de la estantería, toda la casita de madera entera. Fue tan fuerte que hasta Julián dio un salto de susto.
Y cuando se giró hacia Lucía… ella ya no estaba.
—¿Lucía? —llamó, con el corazón apretado de golpe.
Nada. Solo el ruido de la lluvia y el viento.
—¡Lucía! —repitió, más fuerte, empezando a buscar.
Miró la cocina: no estaba. Miró la sala, los sofás, detrás de las cortinas: nada. Corrió a su habitación pequeña del fondo: la cama estaba hecha, nadie ahí. Entró corriendo a la habitación de la abuela, con cuidado de no hacer ruido para no despertarla: la abuela seguía dormida profundamente, y Lucía no estaba ahí. Abrió el armario de la ropa de cama, miró debajo de las camas, revisó hasta el rincón más pequeño de la casa.
No la encontraba.
Un miedo frío y horrible se le metió en el estómago. Pensó en los rumores del pueblo, en la gente que hablaba mal, en Doña Carmen que había pasado por ahí unos días antes mirando todo con esos ojos fríos. ¿Habría entrado alguien mientras él no miraba? ¿Se la habrían llevado? Corrió hacia la puerta principal, listo para salir a buscarla bajo la lluvia a como diera lugar, cuando escuchó algo.
Un sonido muy, muy suave. Casi imperceptible entre el ruido del temporal. Un sollozo chiquito, contenido, que venía del fondo del pasillo, de la habitación de la abuela.
Volvió corriendo. Entró despacio, sin encender la luz fuerte para no despertar a la anciana. La habitación estaba en penumbras, iluminada solo por los relámpagos que entraban por la ventana. Y ahí, en la esquina más oscura, el armario grande de roble de la abuela —el que tenía puertas de madera vieja y olía a lavanda— tenía una de sus puertas entreabierta.
De adentro salía el sollozo.
Julián se acercó de rodillas, muy despacio, sin hacer ruido. Extendió la mano y empujó la puerta del armario con un dedo, muy suave.
Y ahí estaba.
Lucía estaba acurrucada en el fondo, entre los abrigos gruesos de invierno de lana negra y los vestidos de fiesta que la abuela casi nunca usaba. Tenía las rodillas pegadas al pecho, a Mota seguía apretado contra ella con una mano, y con la otra se tapaba fuerte los oídos, para no escuchar. Tenía la cara mojada de lágrimas que caían sin hacer ruido, los ojos rojos y muy asustados, y temblaba de pies a cabeza, como si tuviera fiebre muy alta.
Cuando vio la luz de Julián en la puerta, dio un respingo, y por un segundo pareció que quería esconderse más profundo entre la ropa.
—Eh, eh, tranquila —susurró Julián, agachándose del todo para quedar a su altura, sin meter la mano todavía, sin invadir su espacio—. Soy yo, cielo. Soy Julián. No te voy a hacer daño. Ya pasó el trueno feo. Ya.
Lucía lo miró.
Lo miró a los ojos durante un buen rato, largo, procesando quién era, procesando que era seguro, que no había peligro. Los truenos seguían sonando afuera, cada rato, pero ahora ella no miraba la ventana. Lo miraba a él.
Y entonces, con la voz rota por el llanto, temblorosa, pero muy clara, muy segura, dijo su nombre por primera vez completo, sin tartamudear, sin separar las sílabas con dificultad, como si lo hubiera estado practicando en silencio durante semanas:
—Ju-lián.
Julián sintió que se le derretía el corazón entero dentro del pecho. Sintió que se le mojaban los ojos sin poder evitarlo. Nadie nunca había dicho su nombre así, con tanta confianza, con tanta necesidad, como si él fuera la única cosa segura en todo el mundo que se estaba cayendo a pedazos afuera.
—Sí, mi vida —dijo, y su voz también le tembló un poquito—. Soy yo. Estoy aquí. No te voy a dejar sola nunca. ¿Me dejas entrar?
Ella asintió despacio, y se hizo un poquito más pequeña para hacerle sitio entre los abrigos.
Julián se metió dentro del armario con ella. Era un espacio chico, olía a lavanda y a ropa guardada, y tenía que agachar la cabeza para no golpearse con el estante de arriba. Cerró la puerta casi del todo, dejando solo una rendija por donde entrara aire y un poquito de luz. Se sentó en el suelo de madera, y abrió los brazos sin decir nada.
Lucía no dudó. Se lanzó contra él, se acomodó en su regazo como si fuera el lugar más seguro del universo, y escondió la cara en el hueco de su cuello, llorando ya más fuerte, pero ya sin miedo, soltando todo el terror que tenía guardado. Julián la abrazó fuerte, pero sin apretar demasiado, le pasó una mano por el pelo rizado una y otra vez, en círculos suaves, y le hablaba bajito al oído, sin prisa:
—Ya, ya pasó. Estoy aquí. Nadie te va a hacer nada. Yo te cuido. Siempre te voy a cuidar.
Otro trueno sonó, más fuerte que el anterior, haciendo temblar la madera del armario. Lucía dio un respingo y apretó más fuerte su chaqueta con los puños. Julián la apretó más también.
—¿Sabes qué son los truenos? —le susurró al oído, usando palabras sencillas, que ella pudiera entender—. Imagínate que allá arriba, en el cielo, hay un señor muy grande que toca la batería. Pero a veces se pone muy contento y toca demasiado fuerte, sin querer asustar a nadie. Es solo ruido, Lucía. No puede entrar aquí. No puede tocarte. Estamos protegidos. Tú, yo, Mota y Chispa, que está ahí en la puerta vigilando.
Lucía levantó la cabeza un poquito, con los ojos hinchados. Miró hacia la puerta entreabierta del armario, y efectivamente, ahí estaba Chispa, sentadito en el suelo del pasillo, con las orejas paradas, mirándolos como si fuera su guardia personal. Soltó una risita pequeña, mojada, entre sollozos.
—Chis-pa —dijo, señalándolo con un dedo.
—Sí, Chispa —confirmó Julián, riendo suave también—. El mejor perro guardián del mundo.
Se quedaron ahí dentro mucho rato, hasta que la tormenta pasó.
Julián le cantó bajito la misma canción corta que la abuela le cantaba para dormir, la que no tenía nombre, y para su sorpresa, Lucía se la sabía toda, y se la fue siguiendo al oído, con la voz suavecita, casi un susurro. Él le contó también, muy despacio, que cuando él era chico y vivía en la ciudad, también le tenían miedo a los truenos. Que su mamá trabajaba hasta muy tarde, y muchas veces se quedaba solo en el departamento oscuro, y se escondía también, igual que ella, detrás del sofá. Que no era malo tener miedo. Que el miedo solo servía para saber qué cosas queremos proteger.
—Yo te protejo —dijo Lucía de repente, muy seria, levantando la mano para tocarle la mejilla con su dedo índice, suave como una pluma.
Julián cerró los ojos un segundo, apretando los dientes para no llorar de verdad. Esa niña, que acababa de estar muerta de miedo, que temblaba todavía en sus brazos, que no tenía palabras para casi nada… lo primero que pensó en cuanto se calmó fue en protegerlo a él.
—Sí —dijo, cuando pudo hablar—. Tú también me proteges a mí. Somos un equipo. ¿Recuerdas? Familia.
—Familia —repitió ella, contenta, y volvió a esconder la cara en su cuello.
Cuando por fin el ruido de la lluvia se suavizó, cuando los truenos se alejaron hacia las montañas y solo quedaron gotas cayendo despacio de las hojas de los árboles, Julián abrió del todo la puerta del armario. El aire de la casa olía ahora a tierra mojada y a limpio, y por la ventana entraba una luz gris suave, de tarde que se va.
—¿Salimos? —le preguntó.
Lucía asintió, pero no se bajó de su regazo. Envolvió sus piernitas alrededor de su cintura y sus brazitos alrededor de su cuello, agarrándose fuerte como un koala. Julián se rió suave, se levantó con cuidado cargándola, y salieron del armario. Mota saltó al suelo primero, estirándose, y Chispa movió la cola contento de ver que ya todo estaba bien.
Pasaron por la habitación de la abuela. La anciana se había despertado, estaba sentada en la cama con una manta al hombro, mirándolos con una sonrisa suave y los ojos húmedos. Había escuchado todo. No dijo nada. Solo les hizo un gesto con la mano, muy despacio, como diciendo: está bien, yo lo sé.
Julián llevó a Lucía a la cocina. La sentó en la mesa, le preparó un vaso de leche tibia con miel, y le dio una de las galletas que habían hecho juntos unos días atrás, la que tenía forma de gato. Ella no lo soltó ni un segundo: mientras comía, seguía agarrada de la tela de su camisa con una mano, como si temiera que si lo soltaba, él desaparecía.
Más tarde, cuando ya era de noche y las estrellas salían de nuevo entre las nubes rotas, Julián la llevó a su cama. Iba a arroparla e irse a su habitación, cuando ella le agarró la muñeca con fuerza, antes de que se diera la vuelta.
—Quédate —pidió, con los ojos ya medio cerrados de sueño.
Julián dudó un segundo. Pensó en los rumores, en la gente que hablaba, en lo que dirían si sabían que se quedaba a dormir con ella. Luego miró su carita de niña asustada, que aún tenía las marcas de las lágrimas en las mejillas, y olvidó todo lo demás. Olvidó al pueblo, olvidó a Doña Carmen, olvidó todas las mentiras feas. Solo importaba ella.
Se quitó los zapatos, se acostó con cuidado encima de la manta, a un lado de la cama, sin tocarla más que de la mano. Lucía apretó su mano entre las dos suyas, la pegó a su mejilla, y en menos de un minuto ya estaba dormida, respirando profundo y tranquila, sin pesadillas.
Julián se quedó despierto un buen rato, mirándola dormir, escuchando la lluvia lejana.
Había prometido muchas cosas en su vida. A sus amigos de la ciudad, a su mamá, a su tío. Pero ninguna promesa le había parecido tan importante, tan sagrada, como la que le había hecho a ella esa tarde, dentro de un armario de ropa vieja que olía a lavanda, mientras el mundo se caía a pedazos afuera.
Siempre la protegería. Siempre caminaría despacio a su lado. Siempre se metería en cualquier armario oscuro, en cualquier lugar de miedo, solo para hacerle saber que no estaba sola.
Porque ella no era solo la niña que le había dado una flor. No era solo la niña que pensaba despacio.
Era su familia.
Y la familia, pase lo que pase, nunca se deja sola.