Kaelen llega a la mansión más poderosa de la ciudad con un solo propósito: venganza. Su hermana murió a manos de la hija favorita del dueño, y él está dispuesto a destruirlo todo desde adentro. Pero entre lujos, secretos y noches prohibidas, lo que comenzó como odio se transforma en un amor imposible ..
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— El secreto de todos
Draven encontró a Kaelen en el jardín una tarde, bajo la luz dorada que se filtraba entre las ramas de los robles antiguos, con una carpeta negra apretada contra el pecho y una expresión tan sombría que parecía llevar la propia muerte en las manos. No se veía triunfante, ni vengativo — solo roto, como si cada hoja dentro de esa carpeta pesara toneladas.
—Encontré algo —dijo, extendiéndole la carpeta con dedos rígidos, sin levantar la mirada—. Revisé el historial de mensajes de Elara Valerius. Los registros borrados, los archivos cifrados… encontré todo. Cada palabra. Cada orden.
Draven la abrió con manos temblorosas. Sus ojos recorrieron las líneas, y su respiración se detuvo por completo, como si el aire mismo se hubiera vuelto de plomo en sus pulmones.
Elara Valerius: «La niña del reformatorio se llama Mila. Molesta a mi hija. La hizo llorar. Quiero que sea severamente castigada. Encerrada, sin comida, sin luz. Y si vuelvo a verla de nuevo, esa mugrienta huérfana desaparecerá para siempre… nadie vuelva a pronunciar su nombre.»
Mensajero: «Ya está hecho, señora Valerius. La encerramos en el cuarto de castigo, el sótano más profundo. No saldrá hasta que comprenda su error en hacer llorar a su pequeña. Nadie la encontrará. Nadie la oirá.»
Elara: «Bien. Así me gusta. Que aprenda.»
Horas después:
Elara: «¿Murió? Bueno, menos problemas para mí. No digas nada. Que se quede como un accidente. Nadie debe saberlo.»
Palideció. Las manos le temblaron con tanta violencia que casi se le caen los papeles al césped. Las letras se le nublaron ante los ojos, pero no necesitaba leerlas de nuevo — cada palabra ya se le había grabado a fuego en la memoria.
Kaelen lo miró, con la voz rota pero firme, sin ocultar nada más:
—Su hija mimada no solo la humilló. Seraphina fue a su madre llorando, mintió sobre lo que Mila le había hecho… y le ordenó que recibiera un castigo por hacerla llorar. Elara sabía lo que le pasaría en ese sótano. Sabía que era húmedo, frío, que la enfermedad ya la consumía… y lo hizo igual. Firmó su sentencia de muerte con una sola frase.
Horas antes, Kaelen ya había hecho la llamada. La voz le sonaba extraña, plana, como si no le perteneciera.
—¿Kaelen? —respondió Nathaniel al otro lado, con su tono habitual, sin saber que su mundo estaba a punto de derrumbarse—. ¿Todo bien? Nunca llamas a esta hora. Mejor dicho nunca me llamas.
—Necesito mostrarte esto Nathaniel —dijo Kaelen con voz monótona, vacía, sin rastro de emoción—. Y a Liora. A todos los que tienen derecho a saber. Que todos sepan la verdad sobre Seraphina.
Cuando Nathaniel leyó todos los mensajes, se quedó sin aire. Las palabras se clavaron en su pecho como cuchillos. Corrió a la mansión, las puertas se abrieron de golpe, y entró con el rostro desencajado, los ojos llenos de furia y lágrimas. Miró a Seraphina, que estaba de pie en el centro del salón, erguida, hermosa, esperando que su madre negara todo… y vio la verdad en sus ojos. Esa mirada de culpa, de miedo, de quien siempre supo lo que pasó pero creyó que jamás se sabría.
Elara se quedó rígida, mirando a Draven, buscando en su rostro una señal, una salida, un milagro que no llegó.
—¿Es verdad? —susurró él, pálido, dando un paso hacia ella como si caminara sobre cristales rotos—. ¿Dejaste que la encerraran en la oscuridad, sola, enferma… por una mentira de nuestra hija? ¿Y luego te burlaste de su muerte?
—Yo… yo no sabía que iba a pasar —empezó a decir ella, retrocediendo, las manos temblando, la voz quebrada por el pánico—. Solo quería asustarla… que aprendiera una lección… nunca pensé que…
—¡La mataste! —bramó Kealen con lágrimas corriendo por su rostro, la voz rota por el dolor más profundo que un hombre puede sentir—. Era solo una niña. Y tú la dejaste morir en la oscuridad.
—Nathaniel se durijió a Seraphina: yo… te amé. Te di todo de mí. Te di mi corazón… Me engañaste con todos esos modelos y arruinaste a una niña hurfana, tú… eres un monstruo disfrazado de princesa.