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Renacer En Tu Piel: La Esposa Del Magnate

Renacer En Tu Piel: La Esposa Del Magnate

Status: Terminada
Genre:Reencarnación / Venganza / CEO / Completas
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Elena Rossi lo dio todo por amor, solo para descubrir que su prometido y su media hermana no solo la engañaban, sino que planearon su trágica muerte para arrebatarle su herencia y su empresa. Sin embargo, el destino le otorga una segunda oportunidad: Elena despierta un año atrás en el tiempo, atrapada en su cuerpo real —lleno de curvas voluptuosas, caderas marcadas y una belleza sensual que antes ocultaba por inseguridad—. Esta vez, no habrá lágrimas; solo una fría y calculada venganza.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18: El Cifrado de la Rosa Negra y el Viento del Norte

La lluvia de otoño azotaba las vidrieras góticas del despacho privado de Elena en el Castillo de la Selva Negra. El sonido rítmico del agua contra el cristal era el único contrapunto al silencio sepulcral que dominaba la estancia.

Frente a un escritorio de caoba maciza, Elena Rossi de Valenti no revisaba balances financieros ni informes de seguridad. En sus manos sostenía un pequeño cofre de palisandro con incrustaciones de nácar que su padre le había dejado en herencia con una orden escrita explícita: “Abrir únicamente cuando el imperio esté en su cúspide, o cuando creas que todo está ganado”.

Al presionar el mecanismo oculto en la base del cofre, la tapa de madera se abrió con un leve chasquido metálico. En el interior no había joyas ni títulos de propiedad, sino un diario de tapas de cuero desgastado y un medallón de plata oxidada con la forma de una rosa envuelta en espinas.

Elena desdobló la primera página del manuscrito. La caligrafía pulcra de su padre, trazada décadas atrás, parecía cobrar vida bajo la luz cálida de la lámpara de mesa:

"Elena, mi amada hija:

Si estás leyendo esto, significa que has devuelto el honor a nuestro apellido y que has destruido a quienes intentaron arrebatarte lo que te pertenece. Pero la verdad sobre la Casa de Almonte es más compleja que la codicia de Julián o la corrupción de los obispos.

El origen de nuestra fortuna no nació en España, sino en los cimientos del banco mercantil de la familia Valenti en 1945. Tu abuelo y el abuelo de Dante no eran solo socios: eran rivales en una guerra secreta por el control de la red bancaria alpina. La cláusula secreta del testamento original establece que si la línea sanguínea de los Rossi se une formalmente con los Valenti, la mitad de los activos de Valenti Holding debe revertirse de inmediato a un fideicomiso anónimo gestionado por la antigua casa ducal de Saboya."

Elena sintió que el aliento se le congelaba en la garganta. Sus ojos recorrieron las líneas una y otra vez.

Si ese documento se hacía público o caía en manos de la junta de auditores suizos, el matrimonio entre ella y Dante no sería visto como la unión de dos imperios, sino como una maniobra legal ilegítima que podría invalidar la estructura accionaria de Valenti Holding, congelando el noventa por ciento de los activos de su esposo.

—¿Qué estás leyendo con tanta atención, mi reina? —la voz de Dante resonó desde el umbral, rompiendo la tensión del espacio.

Dante caminó hacia ella con la prestancia de un felino que dominaba cada rincón de su territorio. Vestía un jersey de cuello alto en tono negro que remarcaba la envergadura monumental de su tórax y la línea esculpida de sus hombros. Llevaba dos tazas de café humeante en la mano.

En un movimiento instintivo pero fluido, Elena cerró el cofre de palisandro y deslizó el manuscrito debajo de la carpeta de cuero de la Fundación Rossi.

—Solo revisaba unos diarios antiguos de mi padre sobre la propiedad de La Rioja —respondió Elena, forzando una sonrisa serena mientras alzaba la vista para encontrarse con los ojos grises del magnate.

Dante se detuvo a un metro del escritorio. Sus ojos, afilados como dagas de hielo, notaron la leve tensión en la postura de su esposa y el movimiento sutil con el que cubrió la mesa. La duda, una emoción que jamás había existido entre ellos desde la caída de los Moretti, cruzó por la mente del magnate como un chispazo eléctrico.

Dejó las tazas sobre la mesa con un golpe seco.

—Tus ojos no brillan así cuando lees sobre propiedades, Elena —dijo Dante en un barítono bajo, rasposo y cargado de una sospecha inmediata—. Me estás ocultando algo.

Elena se levantó lentamente. El vestido ajustado en lana cobalto enmarcaba la majestad de sus curvas, pero su pulso se aceleró ante la mirada penetrante de su esposo.

—Son asuntos personales de la memoria de mi padre, Dante —explicó ella, manteniendo la voz firme—. Hay heridas del pasado que me corresponde cerrar a mí sola.

Dante dio un paso al frente, acortando la distancia hasta quedar a pocos centímetros de ella. Apoyó ambas manos en el borde del escritorio, acorralando la figura de Elena entre su cuerpo monumental y la madera. La sombra de su presencia de Adonis cubrió la estancia.

—No hay nada en este mundo que te corresponda a ti sola, Elena —sentenció Dante en un susurro peligroso, pegando su rostro al de ella hasta que sintió el calor de su respiración—. Somos un solo cuerpo y un solo imperio. Si hay una sombra en el pasado de tu padre que pueda amenazar esta casa, tengo el derecho y el deber de saberlo.

—¡No todo gira alrededor de las amenazas corporativas, Dante! —replicó Elena, sosteniendo el choque de miradas con una audacia que hizo que la mandíbula del magnate se tensara—. A veces se trata del honor y del dolor de un hombre que murió protegiéndome. Dame tiempo para entender lo que tengo en las manos antes de convertirlo en una operación de guerra.

Dante la contempló en silencio durante tres segundos eternos. En su mirada gris ya no había solo deseo; había la frustración de un hombre acostumbrado a tener el control absoluto de todo lo que le rodeaba y que, por primera vez en años, encontraba un muro infranqueable en la mujer que amaba con locura.

Sin pronunciar una sola palabra más, Dante se giró sobre sus talones y abandonó el despacho, dejando que el portón de madera se cerrara con un estruendo que retumbó en todo el castillo.

A las tres de la madrugada, el Castillo de la Selva Negra estaba envuelto en una penumbra helada.

Elena no podía dormir. Vestida con una bata fluida en seda negra que rozaba el parquet con un murmullo suave, bajó a la biblioteca subterránea de la fortaleza. En su mano llevaba el medallón de la rosa y el manuscrito de su padre. Necesitaba descifrar la clave del testamento antes de que los auditores internacionales de Milán iniciaran la revisión decenal de la firma al día siguiente.

Se sentó frente al gran escritorio de la biblioteca, encendiendo una pequeña lámpara de bronce. Trazó con sus dedos los grabados del medallón fino, descubriendo una diminuta muesca en el reverso. Al presionar con la punta de un estilete, la joya se abrió en dos partes, revelando una microficha de película fotográfica del siglo pasado.

—Sabía que no ibas a esperar al amanecer —resonó una voz desde la sombra de la galería superior.

Elena alzó la vista de golpe.

Dante descendió por la escalera de caracol de hierro forjado. No llevaba camiseta; vestía únicamente unos pantalones oscuros de estar por casa. La luz tenue de la lámpara esculpía los relieves de su torso de Adonis: los pectorales anchos, los abdominales definidos y las cicatrices lejanas de su juventud que atestiguaban sus batallas. Su mirada gris, sin embargo, no mostraba ira, sino una profunda e insondable preocupación.

Se acercó a la mesa y se detuvo frente a ella.

—Roberto me informó que solicitaste el archivo histórico de las transacciones de 1945 entre nuestros abuelos —dijo Dante en voz baja y firme—. ¿Crees que no me daría cuenta de que estás investigando la legitimidad de la fusión de nuestras familias?

Elena dejó caer los hombros, sintiendo que el peso del secreto se volvía insoportable. Alzó la cara hacia el hombre que había arriesgado su vida por ella en múltiples ocasiones.

—Tu abuelo no le vendió las acciones a mi padre, Dante —confesó Elena con la voz quebrada por la emoción—. Hubo una ejecución forzosa por una deuda de guerra. Si la junta de auditores descubre esta microficha mañana, pueden congelar tu control sobre Valenti Holding acusándote de conflicto de intereses por nuestro matrimonio. Intentaba protegerte a ti y al imperio que construiste.

Dante caminó hacia el lado de la mesa donde estaba Elena. Se inclinó, tomó la microficha entre sus dedos masivos y la observó durante un segundo a la luz de la lámpara.

Luego, con un movimiento sereno, firme e implacable, sostuvo la película fotográfica sobre la llama de la vela decorativa que ardía en el escritorio.

El plástico antiguo ardió en un chispazo azulado, convirtiéndose en cenizas en cuestión de segundos.

Elena se levantó de la silla con los ojos abiertos de par en par por el asombro.

—¡Dante! ¿Qué hiciste? ¡Era la única prueba histórica de la transacción!

Dante tomó a Elena por las muñecas con una firmeza suave pero indomable, atrayéndola hacia su pecho desnudo hasta que sintió el latido furioso de su corazón contra la piel de ella.

—A mí no me importa lo que hayan hecho dos viejos ambiciosos hace ochenta años en medio de una guerra, Elena —sentenció Dante en un barítono profundo que le recorrió la espina dorsal a la joven—. Mi imperio no se sostiene por un papel fotografiado en 1945. Se sostiene por la fuerza de mis manos y por la mujer que está a mi lado.

Elena lo miró, impactada por la resolución absoluta de su esposo. La desconfianza y la brecha que se habían abierto horas antes se disolvieron al instante ante la magnitud de la devoción de Dante.

—Pensé que si perdías el control del Holding... —murmuró ella, apoyando sus palmas sobre los pectorales dóciles pero rígidos del magnate.

—Si pierdo el Holding, vuelvo a construir otro mañana en la tarde —interrumpió él, tomando su mentón con delicadeza y obligándola a mirar la tormenta de pasión que ardía en sus ojos grises—. Pero si vuelves a ocultarme algo por intentar "protegerme", seré yo quien queme este castillo entero para recordarte que en esta vida nada ni nadie nos puede separar. Ni el pasado, ni los auditores, ni tus propios miedos.

Dante no esperó respuesta. Inclinó la cabeza y capturó la boca de Elena en un beso abrasador, salvaje y cargado de una posesividad voraz que le robó el aliento. Sus manos se hundieron en la seda negra de la bata, desatando el cordón de la cintura y amoldándose con una devoción sin límites a la plenitud de sus caderas y la firmeza de sus muslos.

Elena respondió con desesperación, enredando sus brazos alrededor del cuello de su Adonis, rindiéndose ante la certeza de que el verdadero poder de su dinastía no residía en los secretos del pasado, sino en la fuerza invencible de un amor que jamás podría ser chantajeado ni destruido.

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Zaida Sanchez
así es imparables indomables🔥
Zaida Sanchez
así es dandole el respaldo a ella con orgullo 😍😍😍
Zaida Sanchez
eso estubo buenísimo 😍😍😍
🪼 βE𝕋Ť¥ 🦋
Elena le dio un paro de cucardia😳😳
🪼 βE𝕋Ť¥ 🦋
estoy van a encendiar mi pantalla unos capítulos más adelante 😳😳😳😳😳😂😂😂😂
Zaida Sanchez: candela pura 🥵🔥💘😍
total 2 replies
🪼 βE𝕋Ť¥ 🦋
😳😳😳😳 eso promete
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