Daniela aceptó un matrimonio arreglado para salvar de la ruina la casa hogar donde creció. A cambio recibió un esposo que la desprecia, una amante instalada bajo su mismo techo y una orden cruel: llamarlo «señor» y obedecer sin hacer preguntas.
Pero Gael todavía puede rebajarla más. Para cerrar un lucrativo negocio, alquila a su propia esposa durante seis meses y la entrega a Alberto Kaleo, un poderoso CEO acostumbrado a conseguir todo lo que desea. Daniela pasa de ser una esposa ignorada a convertirse en la mujer de alquiler de otro hombre, atrapada en un acuerdo que también pone su cuerpo y su libertad en manos ajenas.
Alberto, sin embargo, no la trata como una mercancía. Entre cuidados, deseo y una ternura que Daniela nunca conoció, el contrato comienza a transformarse en algo mucho más peligroso. Y cuando ella queda embarazada del hombre que la alquiló, Gael comprende demasiado tarde que entregó a su esposa... y que ahora podría perderla para siempre.
Entre celos, arrepentimientos y secretos familiares enterrados bajo apellidos de oro, Daniela tendrá que decidir si vuelve con el hombre que la vendió, si confía en quien pagó por tenerla o si, por primera vez, se elige a sí misma.
¿Cuánto cuesta una esposa que nadie valoró? ¿Y qué sucede cuando la mujer que todos trataron como mercancía decide que ya no está en venta?
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La comida de Daniela
Daniela se levantó muy temprano para limpiar la casa y preparar el desayuno para ella y para su esposo. Cuando terminó, se encerró en su cuarto a quitarse el sudor que le corría por todo el cuerpo.
Recién bañada, volvió al comedor. El reloj de pared marcaba las siete en punto. Decidió esperar a Gael, así que se sentó muy derecha frente a la mesa, donde ya estaban dispuestos los platos que había cocinado.
Poco después oyó pasos. Giró la cabeza y vio a Gael, con Inés pegada a su espalda.
—Buenos días, señor —se atrevió a saludar Daniela.
Gael no respondió al saludo de su esposa. Caminó hasta la mesa y se sentó, y su novia hizo lo mismo. Los dos se quedaron mirando con extrañeza todo lo que había servido.
—Eh... Esta comida la preparé yo, señor. Espero que le guste.
Inés le lanzó una mirada de fastidio. Daniela llevaba rato dirigiéndose solo a Gael, como si ella ni existiera, y a Inés le dieron ganas de desfigurarle esa carita de inocente.
—¿QUÉ? ¿Tú cocinaste todo esto? —preguntó Gael, sorprendido.
—S... sí, señor —contestó, asustada.
—Puf, seguro que sabe horrible. ¡Tira todo esto! —ordenó él, sin haber probado ni un bocado.
—Pe... pero, señor, podría probarla primero —insistió Daniela, tratando de evitar que le mandara tirar lo que con tanto esfuerzo había cocinado.
—¡Te dije que lo tires! No pienso comer nada hecho por tus manos sucias. Qué asco.
Daniela se quedó muda. Hacía un rato que se aguantaba las lágrimas y los ojos le ardían por contenerlas.
—¿Estás sorda o qué? ¡Gael dijo que tires todo! Estúpida —Inés, sentada junto a él, ya no pudo quedarse callada y también se puso a regañarla.
Con el alma encogida, Daniela fue llevándose los platos uno por uno, esos mismos que había preparado para desayunar con su marido. Los metió todos en su cuarto; no pensaba tirar la comida.
En cuanto cerró la puerta, el llanto que había contenido desde hacía rato se le desbordó. Se dejó caer al suelo entre sollozos que partían el alma.
—Dios mío, ¿por qué duele tanto? —lloraba, con el pecho sacudido.
—Snif... Snif... Mamá Ceci... Quiero volver a casa...
* * *
En el comedor, Gael e Inés desayunaban lo que habían pedido por aplicación. Ni se acordaban de lo que Daniela estaría sintiendo.
—Cariño... De verdad no soporto que esa mujer se te ponga atenta —dijo Inés con voz melosa, cuando terminó de comer.
—Tranquila, cariño, me tiene sin cuidado lo atenta que sea conmigo. Que sufra con las atenciones que yo siempre le rechazo.
—Es que no quiero que te dejes llevar por cómo te trata. Me da miedo que me dejes a mí... Snif —Inés se echó a llorar, como si la presencia de Daniela le estuviera haciendo un daño de verdad.
—Shh... Ya, no llores, cariño. Te prometo que muy pronto voy a encontrar a alguien que la alquile para que no nos moleste más, ¿sí? —Gael le secó las lágrimas de las mejillas y la estrechó entre sus brazos.
—¿Y por qué no la echas ahora mismo? Que sufra allá afuera —murmuró Inés, todavía contra su pecho.
—Si pudiera, lo habría hecho desde ayer, pero ahora no puedo. Mis padres me van a preguntar por ella, así que necesito a alguien que se encargue de todo lo que necesite, y así, cuando quieran verla, no tendré que andar buscándola —explicó Gael con paciencia.
—¿Y por qué no le compras una casita? Así tampoco te costaría encontrarla, ¿no?
—Sabes perfectamente que no pienso gastar ni un centavo en una pueblerina como ella. Lo que gano con el sudor de mi frente vale demasiado para malgastarlo en una mujer que no significa nada en mi vida —dijo Gael, y Inés no pudo evitar una sonrisa.
—Confío en ti.
Pasados unos minutos, se separaron.
—Bueno, me voy a la oficina.
Salieron del comedor rumbo al coche que ya esperaba para llevar a Gael al trabajo.
—Cariño, hoy tengo unas ganas enormes de ir de compras —insinuó ella, para que le diera dinero.
Gael entendió enseguida lo que quería su novia y aceptó sin pensarlo dos veces.
—Te hago la transferencia en cuanto llegue a la oficina.
—Gracias, cariño. Cuídate en el camino.
Cuando Gael subió al coche, este arrancó y se alejó por el jardín de la casa.