Esta es la historia de Alejo, quien acaba de perder al amor de su vida.
Con el corazón roto, intenta comprender cómo seguir adelante cuando Santiago, la persona con la que imaginó compartir sus días, ya no está.
NovelToon tiene autorización de Benjamín J. Gohega para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La noche del accidente.
Me desperté en una camilla, incómodo, acostado boca arriba. Las luces del techo me molestaban, el cuerpo me dolía, seguía mareado. Sentía latir con fuerza la mejilla derecha, estaba aturdido. Definitivamente estaba en un hospital. Intenté incorporarme, pero no lo logré. Miré alrededor buscándote. Quería gritar y no podía; ni siquiera conseguía mover los labios. No veía bien. Tiré del suero y de los cables que tenía a mano, manoteé todo hasta que un aparato empezó a sonar. Solo quería que alguien viniera, que me explicara qué estaba pasando, dónde estabas vos, si estabas bien.
Cuando recuperé la conciencia del accidente te ví con un hierro atravesándote el cuerpo. Estábamos empapados en sangre. Tenías los ojos abiertos, pero no pestañeabas. El choque había sido fatal, peor para vos que para mí. Yo estaba adolorido, ensangrentado, pero vos tenías ese hierro atravesándote el estómago y no despertabas. Quise pedir auxilio, pero no me salía la voz. Sentía cómo la sangre me bajaba por la garganta, ese sabor metálico tan reconocible. Lloré como hacía tiempo no lo hacía. El auto había quedado tan destruido que no podía mover ni los brazos ni las piernas. Quería abrazarte, saber si estabas bien, pedir ayuda, pero no podía. Me dormía por segundos y volvía a despertar. La ayuda llegó más rápido de lo que esperaba. Para entonces la sangre ya me había entrado en los ojos y casi no podía verte. Moví los labios repitiendo en voz baja: “Teo, te amo”, una y otra vez, hasta quedar inconsciente. En ese momento creí que te había perdido.
Estuvimos internados cerca de dos semanas. Tu familia no quiso que nos siguiéramos viendo. A pesar de que el accidente ocurrió una noche en la que habíamos tomado un taxi, con un conductor que había estado bebiendo, y de que ni vos ni yo teníamos la culpa. Me enteraba de tu estado por conocidos. Yo aún no podía caminar y la gente me repetía que estabas bien, que dentro de todo vos habías salido mejor parado que yo. Dormía casi todo el día por la medicación y, cuando estaba despierto, lloraba. No sabía nada de vos, solo rumores. Fue un momento muy oscuro de mi vida.
Cuando pude volver a usar el celular me di cuenta de que me habías bloqueado de todas las redes sociales.
Después del alta sentí que había perdido las riendas de mi vida. Sin vos, nada parecía posible.
Nunca entendí por qué no contestabas mis mensajes ni mis llamadas. Lo intenté, de verdad que lo intenté. Intenté olvidarte, intenté dejar de buscarte, pero no pude. Pasé meses en esa espiral depresiva. Ya no veía a nadie. Mi rutina era siempre la misma: despertarme, ir al trabajo, volver y pasarme el día llorando en la cama, intentando contactarte. Me sentía mediocre, culpable, como “el ex loco que no puede soltar”. Compré decenas de libros de autoayuda; lloraba cada dos o tres capítulos. Todo me llevaba a vos: el tiempo juntos, la vida antes del accidente, cuando todo era normal, cuando todo se terminó.
Pasé noches enteras tomando alcohol solo, en el living, sentado en una silla junto a la ventana, como en nuestra primer cena afuera. Era la escena más triste, más patética y más tétrica que podía imaginar. Así transcurrían mis días: extrañándote, entre el insomnio, el alcohol y algunos cigarrillos. Hasta que finalmente se terminaron mis vacaciones.
Sabía que al día siguiente tenía que levantarme temprano, pero no lograba dormir. Me abrigué y salí a caminar, pensando que quizás eso me ayudaría.
Fui hacia la costa. De noche solíamos ir ahí a ver las estrellas. Me senté en nuestro banquito oxidado, rojo intenso, donde tantas veces nos habíamos reído a carcajadas. Iba escuchando “Creep” de Radiohead, un tema que siempre me hacía pensar en vos, en vos y en mí. Nunca te gustó que lo dijera, pero para mí era un tema precioso.
Cuando me acerqué al banco noté que había alguien sentado. Mi miopía no me dejaba distinguir bien. Caminé más rápido, el corazón me latía cada vez más fuerte. Al llegar me quedé congelado, parado detrás del banco. Te diste vuelta. Eras vos, Mateo.
No podía moverme. Me miraste con los ojos llenos de lágrimas, las mejillas y la punta de la nariz rojas. Te levantaste de golpe y me abrazaste. A pesar de la tristeza, estabas hermoso bajo la luz de la luna llena. Nos separamos apenas y nos miramos. Estabas distinto. Yo seguramente más flaco, más cansado, más roto.
No dije nada. Saqué mis auriculares, te los puse y volví a darle play a “Creep”. Me acerqué, tomé tus manos y te besé suavemente. Nos abrazamos otra vez. Sin decir palabra empezamos a caminar hacia mi casa, como si nada hubiera pasado, como si volviéramos de cualquier paseo como antes, cuando todo estaba bien, cuando vivíamos juntos.
Cuando terminó la canción ya estábamos en la puerta. Te pregunté si querías entrar. Sonreíste y asentiste.
Te quedaste esa noche.
Pero cuando me desperté de madrugada para ir al baño, ya te habías ido.