Renata creyó que el peor error de su vida había sido amar a un hombre que jamás la quiso.
Durante tres años fue la esposa perfecta de Rodrigo, soportando humillaciones y sacrificios con la esperanza de que algún día él la mirara con amor. Pero la noche de su tercer aniversario descubre la verdad más cruel: su esposo la engaña con Daniela, su propia hermana, la mujer que desde niña le arrebató todo lo que alguna vez quiso.
Decidida a recuperar su dignidad, Renata pide el divorcio y jura no volver a depender de ningún hombre. Sin embargo, cuando cree haber perdido a la única familia que le quedaba, alguien inesperado comienza a sostenerla en silencio.
Adrián siempre estuvo ahí.
Quince años menor que ella. Hermano de su mejor amiga. El hombre al que jamás debería mirar.
Lo que Renata ignora es que Adrián lleva años enamorado de ella, observándola desde la distancia, esperando el día en que pudiera demostrarle que el amor no duele, no humilla y mucho menos traiciona.
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Capítulo 14
Rodrigo llevaba tres semanas sin Renata y su vida se había convertido en un desorden que no sabía cómo nombrar.
Empezó por cosas pequeñas, tan pequeñas que al principio ni las notó. La camisa que no estaba planchada donde debía. El café que la empleada le servía frío porque nadie le había dicho a qué hora bajaba. La corbata que no combinaba con nada porque era Renata la que le armaba los conjuntos la noche anterior sin que él se lo pidiera, sin que él siquiera se diera cuenta de que se lo armaba.
Después empezaron las cosas grandes.
—Señor. —Su asistente entró con la cara de quien trae malas noticias—. El señor Vélez llamó molesto. Dice que nadie le confirmó la cena de anoche y se presentó al restaurante para nada.
—¿Qué cena?
—La del cierre del proyecto del puerto. Estaba en la agenda desde hace un mes.
Rodrigo abrió la boca para reclamar y la cerró de golpe, porque cayó en la cuenta, con un frío en el estómago, de que esa agenda la llevaba Renata. Ella era la que recordaba los cumpleaños de los socios, la que sabía que a Vélez había que llamarlo el mismo día para confirmar porque era desconfiado, la que anotaba en algún lado invisible las mil cosas que hacían que la maquinaria de la vida de Rodrigo funcionara sin que él tuviera que pensar en ninguna.
Tres años. Tres años dando por sentado que las cosas simplemente pasaban, que el café estaba caliente y las cenas confirmadas y los socios contentos porque sí, porque el mundo giraba a su favor. Y resultaba que el mundo no giraba solo. Lo giraba ella.
—Llame a Vélez. —Rodrigo se apretó el puente de la nariz—. Discúlpese en mi nombre. Ofrézcale la cena para el jueves.
—El jueves usted tiene la junta con—
—Muévala. —Se levantó—. Mueva lo que sea. Arréglelo usted.
El asistente lo miró con una duda que Rodrigo conocía bien, la duda del subalterno que no tiene ni la mitad del criterio que tenía la persona anterior y ambos lo saben.
—
Lo peor fue Armando.
Se vieron el viernes, en el club, y Rodrigo llegó con la seguridad de siempre, seguro de que la alianza seguía en pie, de que su charla en el almuerzo anterior había bastado para que el viejo pusiera en cintura a su hija. Pero apenas se sentaron, notó el cambio.
Armando estaba más frío. Más corto. Ya no le reía las bromas, ya no lo trataba como al yerno consentido que iba a fundir dos imperios en uno. Le contestaba con monosílabos, revisaba el reloj, y cuando Rodrigo sacó el tema de la fusión que llevaban dos años cocinando, el viejo se limpió los labios con la servilleta y dijo, sin mirarlo:
—De eso hablamos más adelante. Ahora mismo hay… incertidumbre. Los inversionistas están nerviosos con lo del divorcio. No es buen momento para firmar nada.
—Pero usted me dijo que iba a poner en razón a Renata.
—Lo intenté. —Armando dobló la servilleta con una calma que a Rodrigo le supo a insulto—. Mi hija resultó más terca de lo que pensé. Y mientras eso no se resuelva, mi capital no se mueve. Entiéndelo, Rodrigo. Los negocios se hacen entre familias sólidas, no entre familias que se están despedazando en los juzgados.
Rodrigo salió del club con una furia que no lograba tragar. Porque de repente lo veía todo con una claridad espantosa: sin Renata, Armando lo trataba como a cualquiera. Sin Renata, la fusión se congelaba. Sin Renata, los socios se le desordenaban, la agenda se le caía, y él, que se había creído el sol alrededor del cual giraba todo, descubría que buena parte de su órbita la sostenía la mujer a la que había humillado durante tres años y a la que había dejado ir con una sonrisa.
La necesitaba. Esa era la verdad indigesta. No la amaba, seguía sin amarla, pero la necesitaba con una urgencia que se parecía peligrosamente a la desesperación, y peor todavía: la había visto temblar en un estacionamiento por otro hombre, y esa imagen no se le borraba.
Renata podía irse. Renata podía ser de Adrián. Y Rodrigo, por primera vez en su vida, sintió el vértigo de estar a punto de perder algo que no había sabido tener.
—
Decidió recuperarla como recuperaba todo: con estrategia.
Nada de disculpas humillantes, nada de rogar. Un hombre no rogaba. Un hombre tendía puentes con inteligencia, dejaba caer que estaba dispuesto a "conversar", envolvía la reconquista en la excusa limpia de los negocios para que ella no pudiera acusarlo de nada. Renata era orgullosa, pero también era sensata, y una mujer sensata entendía que un divorcio le convenía a nadie y que reconciliarse "por el bien de ambas familias" era la salida madura.
Mandó comprar las flores más caras de la ciudad. Rosas blancas, dos docenas, porque recordaba, vagamente, que a Renata le gustaban las blancas, o creía recordarlo, que para el caso era lo mismo. Adjuntó una tarjeta escrita de su puño y letra, medida, calculada, sin una palabra que sonara a súplica: Los errores se cometen. Los adultos los conversan. Cenemos y hablemos como la gente que somos. R.
Las mandó a la oficina de ella, al Grupo B, con instrucciones de entregarlas en persona, delante de todos, porque un gesto así, público, ponía a Renata en la posición de no poder rechazarlo sin quedar como la mala.
Esperó toda la tarde con el teléfono a la mano, seguro de que ella llamaría. Ablandada, quizá molesta todavía, pero llamaría. Siempre llamaba.
A las seis de la tarde tocaron a la puerta de su oficina, y el mensajero que él mismo había enviado volvió, incómodo, con el arreglo de rosas blancas intacto entre los brazos.
—La señora dijo que se lo devolviera, señor. —El muchacho tragó saliva—. Y que le entregara esto.
Le tendió la tarjeta de Rodrigo, la misma que él había escrito, volteada. En el reverso, con la letra firme de Renata, había una sola línea.
Rodrigo la leyó, y sintió que la sangre le subía a la cara de golpe.
"Ni las flores ni tú saben lo que me gusta. Nunca lo supieron."
quedé sorprendida por toda la redacción
Mi imaginación, recreo toda la escena 👏👏👏
Felicidades autora ☺️🎆