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Mi Señor Prohibido

Mi Señor Prohibido

Status: Terminada
Genre:CEO / Centrado emocionalmente / Diferencia de edad / Romance oscuro / Completas
Popularitas:23.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Dulce Muñoz nunca pensó que una llamada equivocada la llevaría a la cama de Santiago Fuentes, el hombre más poderoso y peligroso que había conocido.
Él era mayor, frío, rico y demasiado correcto para meterse con una chica como ella.
Pero también era el único que podía salvarla cuando su vida se estaba cayendo a pedazos.
Lo que empezó como un acuerdo terminó volviéndose deseo.
Santiago quería un heredero. Dulce necesitaba dinero.
Ninguno de los dos esperaba que entre noches ardientes, celos imposibles y secretos del pasado, el corazón también entrara en el trato.
Pero Santiago no es un hombre libre de enemigos.
Su familia quiere separarlos.
Leonardo Lozano, su rival, también parece conocer a Dulce desde antes.
Y mientras todos intentan decidir su destino, Santiago sólo tiene una certeza:
Dulce es suya.
Y esta vez no piensa soltarla.

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Capítulo 15

Capítulo 15

Andrés vio la cara rígida de Cecilia y no pudo evitar reírse.

La futura señora Fuentes tenía una forma de pelear que no dejaba espacio para fingir. No rodeaba. No decoraba. Iba directo al punto que más dolía.

Cecilia notó la risa de Andrés.

La humillación le pasó por los ojos.

Jimena se acercó a su oído, todavía furiosa.

—¿Ves? Te dije que Dulce está insoportable. Ahora se cree intocable. Le responde a todo el mundo como si fuera la dueña de la ciudad.

El rencor de Cecilia se avivó.

Si ella lograba acercarse a los Fuentes o a los Lozano, sería aún más arrogante.

El mundo era así.

Realista.

Por eso había decidido desde joven no perder el tiempo con romanticismos pobres.

—Vamos —dijo Cecilia, recuperando la sonrisa—. También hay que bailar.

Bailar era una forma de ser vista.

Y en un lugar como Bahía Azul, ser vista podía abrir puertas.

Cecilia rezó en silencio para que Leonardo Lozano apareciera esa noche.

La música cambió.

Entró una canción más intensa, con percusión rápida y bajo profundo. La pista reaccionó enseguida. Parejas y grupos se acercaron al centro. El aire se llenó de perfume, calor, risas y luces azules moviéndose sobre la piel.

Vi a una mujer bailando muy cerca de un hombre.

Tenía un cuerpo espectacular.

Vestido mínimo, piernas largas, medias negras transparentes y muslos llenos, firmes, de esos que llaman la mirada sin pedir permiso. Se movía con una seguridad que yo no tendría ni en diez vidas: una mano sobre el pecho del hombre, la espalda arqueada, la cintura dibujando una curva lenta mientras bajaba y volvía a subir.

El hombre parecía haber perdido la mitad del alma.

Varios alrededor se detuvieron para verla y lanzaron gritos de ánimo.

Yo también miré.

No con desprecio.

Con asombro.

Ahora entendía un poco por qué los hombres eran tan visuales.

Yo era mujer y también me costaba apartar los ojos.

Renata se pegó a mi oído.

—¿Cómo puede moverse así sin morirse de pena?

Me encogí de hombros.

—No tengo idea.

Yo no podía bailar así.

No quería bailar así.

Me gustaban más esos bailes antiguos, vivos, alegres, de película vieja y fiestas familiares, donde el cuerpo se mueve con gracia pero sin parecer una invitación abierta a cualquiera.

Tomé a Renata de la mano y la jalé hacia un lado menos lleno.

—Vamos a inventar nuestro propio baile.

—¿Qué?

Ya estaba moviendo los hombros.

Renata me miró y soltó una carcajada.

—Dulce, eso no es bailar.

—Claro que sí. Es arte experimental.

Le levanté los brazos y empecé a balancearlos como si fuéramos dos niñas jugando bajo luces caras.

—Ven. Si no sabemos, improvisamos.

Renata se contagió.

Primero se movió con pena.

Luego empezó a reírse conmigo.

No teníamos técnica. No teníamos sensualidad calculada. Pero sí alegría.

Andrés no bailaba.

Ni sabía.

Él era de los que iban a bares a tomar algo y mirar a otros moverse. Quedarse parado junto a nosotras lo hacía ver más incómodo que guardia de museo, así que se fue a la barra a pedir una cerveza sin perder de vista la pista.

Jimena nos vio desde lejos y torció la boca.

—Parecen dos provincianas.

Cecilia no respondió.

Tal vez porque, en el fondo, pensó que precisamente esa rareza podía llamar más la atención.

Después de varios años en Ciudad de México, Cecilia había aprendido una cosa: los hombres que sólo querían jugar buscaban cuerpos atrevidos, mujeres que se pegaran y se soltaran. Pero hombres como Leonardo Lozano o Santiago Fuentes, si de verdad no eran mujeriegos, quizá no iban a caer por lo obvio.

Los grandes apellidos fingían modernidad, pero sus familias seguían valorando la imagen.

Una mujer que parecía demasiado de bar podía divertir una noche.

Difícilmente entraba a una familia.

Por eso, aunque a Cecilia le encantaba que la miraran en bares y antros, desde que tenía novio rico había reducido sus salidas. No quería que su imagen se dañara.

Esa noche tenía excusa:

Jimena la había invitado.

Y si Leonardo aparecía, mejor.

—No les hagas caso —dijo Cecilia al fin—. Bailamos nosotras.

Jimena asintió.

Ella amaba la pista.

Se movió con soltura, consciente de su vestido rojo, de sus caderas, de la forma en que su pecho subía y bajaba con cada respiración. Sabía provocar. Le gustaba sentir ojos encima.

Cecilia, en cambio, bailó más lento.

Más medido.

Como si no tuviera demasiado interés.

Como si no estuviera buscando nada.

Pero sus ojos, cada pocos segundos, se iban a la entrada.

Quería ser la primera en ver a Leonardo.

Afuera, un Rolls-Royce negro se detuvo junto al bar.

Leonardo Lozano estaba en el asiento trasero con un expediente en las manos.

Leía tan concentrado que no escuchó cuando su chofer y asistente, Adrián, le avisó que habían llegado.

—Señor Lozano.

Nada.

Adrián subió un poco la voz.

—Jefe, ya llegamos al bar.

Leonardo cerró el expediente.

Al levantar la vista, el cansancio se le notó en los ojos.

No era cansancio físico.

Era algo más viejo.

Más profundo.

Había buscado durante años y no encontraba nada.

El expediente contenía información de mujeres que quizá coincidían con ciertos datos de aquella niña. Ninguna era ella.

Ninguna.

Una idea oscura le cruzó la mente.

¿Y si había muerto?

El pecho se le apretó.

Eso era lo que más temía.

No encontrarla porque ya no existiera.

Miró por la ventana hacia Bahía Azul.

El recuerdo volvió sin permiso.

un peral en flor, en una casa de descanso cerca de Puebla.

Una niña con vestido blanco bailando bajo el árbol, ligera como si todavía no conociera el miedo.

Leonardo había nacido en una familia demasiado poderosa.

Sus padres lo vigilaban.

Su abuelo lo exigía todo.

Antes de él habían nacido varias hermanas, pero él era el único hijo varón. Todo el peso del apellido Lozano cayó sobre sus hombros desde niño.

Estudiar.

Aprender.

Competir.

No fallar.

Al crecer, la presión se volvió peor. Su abuelo era orgulloso y vivía comparándose con don Ernesto Fuentes. Cuando supo que el nieto de don Ernesto era brillante, le dejó una orden clavada como sentencia:

Podía perder contra cualquiera, menos contra los Fuentes.

Así, sin que Leonardo lo eligiera, Santiago Fuentes se volvió su rival.

Al principio no le tenía odio.

Ni siquiera se conocían bien.

Pero cuando te repiten durante años que debes superar a alguien, ese alguien termina ocupando un lugar en tu vida.

Leonardo nunca protestó.

Protestar no servía.

Pero no era feliz.

No tuvo una infancia normal.

En aquella niña había visto algo que él no tenía:

Alegría simple.

Luz.

Libertad.

Desde la primera vez que la vio bailar, pensó algo absurdo para un hombre joven y serio:

Cuando creciera, quería casarse con ella.

Por primera vez intentó acercarse a una niña.

No de golpe.

Tenía miedo de asustarla.

Durante una semana la observó de lejos. Ella iba casi todos los días al peral. A veces bailaba. A veces jugaba con pétalos. A veces dibujaba en una libreta. Sola, podía entretenerse como si llevara una fiesta dentro.

Un día, cuando terminó de bailar, Leonardo bajó del coche.

Esperó a que ella lo notara.

Y dijo la frase más torpe de su vida:

—Bailas tan bonito que, cuando seas grande, voy a abrir un bar para que bailes gratis todos los días.

La niña frunció la nariz.

—No me gustan los bares. Son lugares raros. Yo bailo en mi casa.

Su respuesta lo hizo sonreír.

Era muy joven y ya entendía que el mundo no era limpio.

Quizá por esa frase empezó a tratarlo como si fuera mala influencia.

Le huía.

Hasta que un día cayó al río por accidente.

Leonardo saltó detrás de ella y la sacó.

Sólo entonces pudo hablarle de verdad.

Una sombra pasó junto al coche.

Leonardo se quedó inmóvil.

El perfil.

Por un segundo, el perfil de esa mujer se pareció demasiado.

El expediente cayó sobre el asiento.

Leonardo abrió la puerta y bajó de golpe.

Alargó la mano y sujetó la muñeca de la mujer.

—¡Dulcita!

La mujer se volvió.

Al reconocerlo, abrió los ojos con emoción.

—¿Señor Lozano?

Lo miró como si acabara de tocar una estrella.

Leonardo vio su cara completa.

La ilusión se rompió.

Soltó su mano.

Dulcita jamás lo habría mirado así.

Aquella niña tenía ideas propias, orgullo, una forma de observar que no se parecía a la admiración vacía de las mujeres que se acercaban a él por su apellido.

Además, la cara no coincidía.

Ni el aire.

Aunque diez años cambiaran a una persona, no podían borrar por completo la esencia.

La mujer bajó la mirada a la muñeca que él había tocado. Sus mejillas se encendieron.

—Señor Lozano... ¿necesitaba algo?

Ella iba seguido al Bahía Azul.

Sabía que el dueño era Leonardo Lozano. Él no era actor, pero tenía rostro de actor, fama de actor y más poder que muchos actores juntos. Varias mujeres iban al bar sólo con la esperanza de verlo.

Y ahora él la había tocado.

Aunque fuera por error.

La mujer casi decidió no bañarse en dos semanas.

Leonardo dio un paso atrás.

—Disculpe. La confundí con alguien.

Volvió al coche.

Adrián lo vio encender un cigarro.

El humo llenó el silencio.

Después de un rato, el asistente se animó:

—Jefe... si me permite una pregunta. Si algún día la encuentra, pero ella ya tiene novio o está casada, ¿qué va a hacer?

La mano de Leonardo se detuvo con el cigarro entre los dedos.

Nunca había querido pensar en eso.

Durante diez años sólo había pensado en encontrarla.

Pero ella ya tendría veintitantos.

Podía tener pareja.

Podía haberse casado.

Leonardo miró la punta encendida del cigarro.

Una oscuridad posesiva le cruzó los ojos.

¿Y qué?

Él la había salvado.

Ella era su luz.

Si otro hombre la tenía, se la quitaría.

Después de esperar unos minutos a que entrara la mujer que había confundido, Leonardo apagó el cigarro y bajó del coche.

Adentro, Cecilia por fin lo vio.

El corazón le saltó.

Había ido varias veces al Bahía Azul sin suerte.

Y esa noche, al fin, Leonardo Lozano estaba ahí.

Empezó a pensar a toda velocidad.

¿Qué podía hacer para que él la notara entre tantas mujeres?

¿Cómo llamar su atención sin parecer desesperada?

Leonardo pareció evitar la pista.

Tal vez no quería ser reconocido.

Caminó directo al elevador.

Cecilia levantó la vista hacia la terraza del segundo piso.

Como esperaba, poco después Leonardo apareció arriba.

Apoyó ambas manos sobre el barandal y miró hacia la pista.

Su mirada recorrió a las mujeres una por una.

Cecilia bajó los ojos de inmediato, fingiendo no haberlo visto.

Su cuerpo siguió moviéndose más despacio.

Más suave.

Más controlado.

Miró de reojo a Jimena.

La tonta seguía bailando con entusiasmo, sin enterarse de que el objetivo ya estaba arriba.

Ni un heredero común caería tan fácil por una mujer como Jimena.

Menos Leonardo Lozano.

Luego Cecilia miró hacia mí.

Yo estaba bailando como podía.

Probablemente fatal.

Nada sensual.

Nada elegante.

Más cercano a una señora bailando en fiesta de colonia que a una mujer tratando de seducir a un millonario.

Cecilia se burló por dentro.

Los hombres querían mujeres sensuales, con cuerpo de mujer. Dulce, con su cara de muñeca y su risa de niña, sólo podía gustarle a un viejo que buscara algo tierno. El vestido negro le quedaba bonito, sí, pero esa forma inocente de moverse arruinaba cualquier intento de verse madura.

Noté que Cecilia me miraba.

También noté el desprecio.

No me importó.

Levanté la barbilla y la miré por encima, con una arrogancia exagerada.

Si ella iba a despreciarme, yo podía devolverle el favor.

Desde la escuela me había pasado algo raro con Cecilia.

La primera vez que la vi, algo en mí la rechazó.

Ella era amable.

Demasiado amable.

Y precisamente por eso me sonaba falsa.

Con Renata fue diferente. Desde el primer día me cayó bien. Me hizo sentir tranquila.

A veces el cuerpo entiende antes que la cabeza.

A ambos lados de la pista, algunas mujeres también me miraban.

Unas con burla.

Otras con curiosidad.

Otras como si yo estuviera buscando llamar la atención de los hombres.

Tal vez porque ellas habían venido a eso.

Y pensaban que todas funcionábamos igual.

Al principio me puse incómoda.

Yo no era extrovertida.

En bodas familiares, cuando había demasiada gente, prefería quedarme quieta para que nadie me viera. Si caminaba por el salón, sentía que todos me estaban mirando.

Pero al ver sus ojos de desprecio, algo dentro de mí se soltó.

¿Por qué iba a avergonzarme?

Me gustaba bailar así.

Me hacía feliz.

Recordé a esas cantantes libres que mi mamá admiraba, mujeres que parecían no pedir permiso para existir.

La vida era de una.

Si siempre vivías pensando en la mirada ajena, nunca terminabas de vivir.

Así que seguí.

Más suelta.

Más ridícula, quizá.

Pero más mía.

Tomé las manos de Renata y la hice girar conmigo.

Empecé a cantar una canción vieja que hablaba de vivir poco, reír mucho y no cargar penas en el corazón.

No canté fuerte al principio.

Pero justo en ese momento la música del DJ bajó por un cambio de pista.

Mi voz quedó flotando en el bar.

Varias personas voltearon.

Demasiadas.

Me congelé medio segundo.

La sensación de ser mirada no era bonita.

No para mí.

Pero luego vi otra vez las expresiones de burla.

Y sonreí.

Bueno.

Que miraran.

Seguí cantando, inventando pasos entre cha-cha-cha, baile de fiesta familiar y algo que definitivamente no tenía nombre.

Renata se tapó la boca de risa, pero siguió conmigo.

Yo moví los hombros, la cintura, los pies. Nada perfecto. Nada seductor.

Pero el cuerpo se me fue aflojando.

Cada giro parecía sacudirme una preocupación vieja.

El hospital.

Las deudas.

Norberto.

Fabiola.

La humillación de pedir ayuda.

Todo eso pesaba menos mientras me movía.

La vida de mi mamá y mía nunca había sido fácil. Hubo años en que miraba a compañeros con dinero y sentía rabia. ¿Por qué yo no? ¿Por qué tenía que vivir contando monedas? De niña incluso llegué a culpar a mi mamá por traerme al mundo a sufrir.

Luego crecí.

Vi gente con menos.

Vi cuerpos enfermos, familias rotas, soledades más profundas.

Entendí que, al menos, mi mamá me amaba.

Al menos, mi cuerpo estaba sano.

Al menos, todavía podía bailar aunque bailara horrible.

Una aprende a ser feliz cuando deja de compararse todo el tiempo.

En la terraza del segundo piso, Leonardo Lozano miró hacia abajo.

Al principio, sólo había visto mujeres arregladas.

Vestidos rojos.

Tacones.

Escotes.

Miradas calculadas.

Luego escuchó aquella voz fuera de lugar.

Vio a una mujer de vestido negro, ondas grandes y sonrisa brillante bailando como si se burlara del juicio de todo el bar.

No era sensual.

No era perfecta.

Pero era libre.

Y esa libertad le atravesó el pecho como un recuerdo.

Leonardo se quedó inmóvil.

Por un instante, el bar desapareció.

Sólo vio pétalos blancos cayendo bajo un peral.

Una niña riendo mientras giraba.

Dulcita.

Su mano se apretó sobre el barandal.

Abajo, yo seguía bailando sin saber que, desde arriba, alguien acababa de encontrar una sombra del pasado en mi risa.

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sonya martz
me da pena Leonardo, pero en el corazón no se manda
sonya martz
me encantó, de principio fin, gracias autora 🙏🏻
sonya martz
lloré
sonya martz
vaya! vaya! 😮
sonya martz
jajajaja jajajaja Jimena, eso te pasa por avariciosa /Facepalm/
sonya martz
cuánta maldad en ese viejo 😮
sonya martz
pobre Leonardo 🥺
sonya martz
Zaira, espero que quedes en la ruina, por cobarde, desgraciada
sonya martz
Mariana no va a quitar el dedo del renglón 😠
sonya martz
lo sabía
sonya martz
🤔🤔🤔🤔
sonya martz
exacto, son unas malditas, desgraciadas!!!😠😠😠
sonya martz
vaya! Leonardo llegó justo a tiempo 😏
sonya martz
malditas!! no se cansan de hacer daño??
sonya martz
y ahora, que va a hacer el viejo 🙄😠
sonya martz
Mariana se saldrá con la suya???🤔
sonya martz
Nooooooo! por favor nooooo!!
sonya martz
pobre Santiago 🥺
sonya martz
Dulce, la verdad no te entiendo 🤔
sonya martz
hay no!!! que no le pase nada malo a Santiago 🥺
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