Muchos hombres en un Harén. Un trono y un corazón que no sabe a quién elegir. En el Reino del Sol Naciente, las mujeres gobiernan y los hombres sirven. Aiko es una princesa destinada a convertirse en emperatriz (Jotei) y, como manda la tradición, recibirá a tres consortes para empezar a formar su futuro harén.
Cada uno es diferente. Cada uno tiene sus propios secretos. Y cada uno podría ocupar un lugar distinto en el corazón de la futura emperatriz.
Pero Aiko pronto descubrirá que elegir a quién amar puede ser mucho más difícil que elegir a un compañero con quién gobernar.
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Orgulloso por fuera, sumiso por dentro
Al otro día, en el almuerzo, las doncellas nobles volvían al ataque, querían saber más.
—Todavía no nos contaste nada —se quejó Mei, sentada con las piernas cruzadas sobre uno de los almohadones, con una taza de té entre las manos y una sonrisa que prometía no dejarlo pasar—. Al día siguiente de tu primera noche te escondiste como un caracol. Ni una palabra.
—No sabía bien que contar—mintió Aiko, sintiendo que el calor le subía a las mejillas.
—Mentirosa —canturreó Mei—. Se te nota en la cara. Vamos, aunque sea un poco. ¿Fue lindo?
Sakura, sentada un poco más atrás, escuchaba con una sonrisa demasiado atenta, la taza detenida a medio camino de sus labios, como si no quisiera perderse ni una palabra.
—Fue... —Aiko buscó las palabras, jugando con el borde de su manga—. Fue mucho mejor de lo que pensé que iba a ser. Él fue muy dulce.
—¿Dulce? —repitió Mei, arqueando una ceja, claramente esperando algo más jugoso.
—Dulce —insistió Aiko, aunque no pudo evitar una sonrisita traicionera—. Eso es todo lo que van a sacarme.
Mei fingió un puchero de decepción, pero Sakura se rió con suavidad, inclinándose apenas hacia adelante.
—Algún día vas a tener que contarnos más, Aiko-hime —dijo, con ese tono liviano suyo que sonaba a broma inocente y a otra cosa al mismo tiempo.
Aiko se rió también, sin darle mayor peso, aunque por un instante fugaz sintió que la mirada de Sakura se quedaba un poco más de lo que quisiera. Ella era tan diferente a Mei, quien parecía mucho más espontánea.
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Esa tarde, mientras dos doncellas la preparaban para la noche, Aiko sintió que los nervios volvían con una fuerza que no esperaba, como si aún fuera virgen. Con Ren, de algún modo, todo había fluido casi sin esfuerzo, a pesar de los nervios iniciales. Con Kaito, cada vez que pensaba en él —esa mirada esquiva, esa frialdad casi filosa— sentía un nudo distinto en el estómago.
—¿Está todo bien, mi señora, Aiko-hime? —preguntó una de las doncellas, notando cómo se le tensaban los hombros bajo la túnica. La estaban preparando para que sus ropas fueran ligeras y fáciles de quitar.
—Sí —respondió Aiko, sin estar del todo segura—. Solo... nerviosa. Otra vez.
Le daba miedo, se dio cuenta, que fuera tan distinto que simplemente no le gustara. Que la calidez que había sentido con Ren fuera un caso único, irrepetible, y que con Kaito solo hubiese silencio e incomodidad. Se miró al espejo de bronce un largo rato antes de que Hiroshi golpeara suavemente la puerta para anunciar que era hora.
El camino hacia el harén fue en silencio, recorriendo los lugares del que ahora era su palacio. Era extraño que sus consortes vivieran en un sitio alejado de su habitación y se preguntó si lo podría cambiar o si la tradición indicaba que debía ser así.
Dentro del harén todo era silencio y calma. Había poca luz y Aiko ni siquiera pudo orientarse y reconocer dónde estaba la habitación de Ren. Pero no era momento para pensar en él, tenía a otro consorte esperándola.
Kaito ya estaba en la habitación cuando ella entró, de pie junto a la ventana con los brazos cruzados, la espalda recta, la barbilla en alto. Ni siquiera se giró de inmediato al oírla entrar.
—Mi princesa —dijo, con una reverencia mínima, casi protocolar, la voz seca, sin ninguna calidez—. Llega tarde.
Aiko parpadeó, sin esperar el reproche. Tragó saliva e intentó lo mismo que había funcionado la primera vez.
—Podríamos... hablar un rato, si quieres. Conocernos mejor, Katio-san.
Kaito la miró entonces, con una ceja apenas levantada, casi con diversión.
—¿Hablar? —repitió, como si la palabra le resultara ajena—. No creo que sea necesario, mi señora. No vine aquí a conversar.
El intento se desinfló ahí mismo. Aiko sintió que se le encendían las mejillas, sin saber si de vergüenza o de una incomodidad distinta, mientras Kaito se acercaba con esos pasos seguros, orgullosos, que no dejaban lugar a dudas sobre quién parecía llevar el control.
Pero apenas la tuvo cerca, apenas ella —insegura, todavía dudando de sí misma— extendió una mano casi sin pensarlo, algo cambió. Kaito bajó la mirada, la respiración se le entre cortó, y toda esa arrogancia se disolvió en un instante, dando paso a algo completamente distinto: complaciente, expectante, esperando cada gesto suyo con una entrega que no encajaba para nada con el hombre que la había esquivado esa mañana en el pasillo.
Aiko se quedó un segundo desconcertada por el cambio.
—Ordene, mi señora —murmuró Kaito, con la voz baja, la mirada fija en ella como esperando instrucciones—. Y yo lo haré.
—No... —Aiko negó con la cabeza, todavía sin entender del todo lo que estaba pasando—. No quiero que sea así entre nosotros. No en la cama. No me gusta esta dinámica donde yo soy casi una diosa.
Kaito esbozó algo parecido a una sonrisa, la primera sincera que le había visto en todo el rato.
—A mí me gusta así, mi señora. —Se acercó un paso más, sin perder esa entrega extraña en la mirada—. Y le prometo que no va a ser lo mismo que en la corte. Allí afuera soy orgulloso, algo frío. Aquí... prefiero que sea distinto. Ser suyo. En cuerpo y alma.
Algo en esa confesión —tan simple, tan directa— terminó de descolocarla por completo. Aiko sintió que la sorpresa inicial se transformaba en otra cosa, en una especie de curiosidad atrevida que no sabía que tenía adentro, y despacio, casi sin decidirlo del todo, se animó a probar ese control que él mismo le estaba entregando.
Y después, se dejó llevar por esa sorpresa tan extraña como excitante.
— ¿Así que harás todo lo que te ordene? ¿Y eso te va a... dar excitación?
— ¿Es su derecho o no? Y si, así será. Quizás usted también lo disfrute, Aiko-hime— respondió él mientras se acomodaba.
— Pues, nunca he visto a un hombre tocándose. ¿Harías eso por mi? — preguntó Aiko, aún con vergüenza y titubeando. Se estaba dejando llevar por ese juego. Aunque dudaba, muchísimo.
— Si quiere empezar con eso, es un buen inicio princesa — respondió Kaito mientras se quitaba la ropa de a poco, quedando completamente expuesto frente a ella. Sin pudor, sin miedo y sin vergüenza.
El consorte se recostó en la cama y empezó a tocarse lentamente ante la mirada atenta de Aiko, quien se sentó a observar, aún roja. El empezó con su propio pecho, sus abdominales muy mercados y llego hasta sus genitales. Fueron unos minutos muy excitantes en los cuales ella se animó de a poco a pedir más, a marcar el ritmo y a frenarlo cuando veía que llegaba a su clímax.
El corazón de Aiko palpitaba al igual que con Ren, no podía creer que ese hombre fuera tan complaciente con ella, atento a cumplirle sus pedidos, a dejarse guiar. Y sus pedidos se fueron poniendo más calientes: "Hazlo un poco más rápido", "Saca la lengua", "¿Podrías gemir un poco"?, "Abre más tus piernas, hermoso".
— Hasta ahí, detente ahora mismo — le ordenó en un momento de mucha calentura por parte ambos. — desearía hacerlo yo, antes de que explotes, voy a usar mis manos, Kaito.
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Más tarde, ya con su amante dormido plácidamente entre sus brazos, Aiko se sorprendió pensando en lo fácil que había sido, al final, tomar las riendas cuando hacía falta. Y lo mucho que lo había disfrutado, había sido diferente al encuentro con Ren, pero no sé arrepentía. Luego de tocarlo y dejarlo descansar, habían vuelto a la acción y por ser su segunda vez había sido placentero y muy excitante.
En el palacio de su madre nunca había tenido que decidir nada por sí misma. Y no le gustaba mandar. Todo eso estaba cambiando y ella misma no se reconocía del todo, ni a sus propias fantasías.
Glosario
Kaito (海斗) — "gran/audaz".