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MARIONETA

MARIONETA

Status: Terminada
Genre:CEO / Completas
Popularitas:594
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa

Antonia Valentini es una talentosa actriz de teatro que ha conquistado al público con su impecable interpretación de cada personaje. Su belleza, dulzura y noble corazón la convierten en una mujer admirada por todos los que la conocen. Lejos del brillo de los escenarios, dedica su vida a cuidar de su madre enferma y a apoyar a su hermano menor, Lorenzo Valentini, quien cursa su último año de instituto. El salario que recibe apenas alcanza para cubrir los medicamentos de su madre y los estudios de Lorenzo, pero jamás se ha rendido.

Su tranquila existencia cambia por completo cuando Aaron De Santis, el frío e implacable CEO de una de las corporaciones más poderosas del país, se convierte en el nuevo patrocinador del teatro donde ella trabaja.

NovelToon tiene autorización de Marilinaa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 11

El coche se detuvo frente a su pequeña casa y Antonia bajó apresuradamente, como si el vehículo mismo quemara. En cuanto cruzó la puerta, se quitó los zapatos de tacón que le habían lastimado los pies y dejó caer el vestido lujoso sobre una silla, sintiendo que al quitarse esa ropa se quitaba también parte de la vergüenza de la noche.

—¿Antonia? —la voz suave de su madre la llamó desde la sala—. ¿Eres tú, hija?

Ella se apresuró a secarse las huellas de las lágrimas antes de entrar. Allí estaba Elisa, sentada en el viejo sillón, con el rostro mucho más descansado y sonriente que hacía días. Al verla, le extendió los brazos.

—¡Qué tarde llegas! Pero mira qué bien te ves… aunque tienes los ojos brillantes, como si hubieras llorado —dijo la madre, acariciando su mano cuando Antonia se sentó a su lado—. ¿Ha sido un día muy duro?

—Un poco largo, mamá —respondió ella, inclinándose para abrazarla con fuerza, respirando el aroma familiar que le devolvía un poco de paz—. Pero… mírate tú. Te ves mucho mejor. ¿Te sientes bien?

—Mucho mejor —admitió Elisa con una sonrisa que iluminó todo su rostro—. Los medicamentos nuevos son maravillosos, hija. He podido respirar sin ahogarme toda la tarde, incluso he podido sentarme un rato en el porche. No sé qué habremos hecho para merecer tanta suerte. Ese señor De Santis debe ser una persona muy bondadosa.

Antonia sintió que el corazón se le apretaba con dolor, pero forzó una sonrisa.

—Sí… muy bondadoso. Solo quiere que el teatro siga adelante, y se preocupa por nosotros.

—Y tú te estás esforzando mucho por agradecérselo —añadió su madre, mirándola con ternura—. No te preocupes tanto por mí, mi vida. Tú también descansa. Lo único que quiero es que tú seas feliz.

—Lo seré —susurró ella, apoyando la cabeza en el hombro de su madre—. Seré feliz si tú te recuperas y si Lorenzo consigue cumplir sus sueños. Eso es lo único que importa.

En ese momento entró Lorenzo, que había estado estudiando en su habitación, y se acercó emocionado.

—¡Hermana! ¡Mamá ha comido casi todo su plato hoy! ¡Y el médico dijo que los análisis salieron mucho mejor! Todo es gracias a ti.

Antonia lo miró, y al ver la esperanza en sus ojos, comprendió que no podía rendirse. A pesar de las humillaciones, a pesar de las cadenas, tenía una razón más fuerte que su propio dolor.

—Solo hago lo que puedo —dijo con voz firme, aunque se le quebró un poco—. Y haré mucho más. No permitiré que nada nos quite esto. No importa lo que tenga que soportar.

Cuando se quedó sola en su habitación, miró por la ventana hacia la oscuridad, y apretó los puños con determinación.

—Soportaré sus gritos, sus insultos, sus cadenas —prometió en voz baja—. Soportaré que me llame como quiera, que me trate como quiera. Con tal de verlos sanos y salvos… soportaré el infierno entero.

Esa noche, por primera vez, el miedo dejó paso a una voluntad de acero. No era la marioneta indefensa que él creía: era una mujer dispuesta a luchar hasta el final por quienes amaba.

Antonia se quedó mucho tiempo abrazada a su madre, sintiendo cómo el pecho de la mujer subía y bajaba con una respiración mucho más tranquila y pausada que en semanas anteriores. Ese sonido, tan sencillo y vital, valía más que cualquier cosa en el mundo para ella.

—¿Sabes? —dijo Elisa de repente, acariciando el cabello de su hija—. A veces cierro los ojos y recuerdo cuando eras pequeña y te ponías delante de mí para espantarme los miedos. Decías que eras mi guardiana. Y lo sigues siendo, mi niña. Eres el ángel que nos cuida.

Antonia tragó el nudo que se le formó en la garganta y besó su mano con ternura.

—No soy ningún ángel, mamá. Solo soy tu hija. Y haré todo lo que esté en mis manos para que te quedes con nosotros mucho tiempo más.

Lorenzo se sentó en el suelo, cerca de ellas, y las miró con los ojos brillantes de emoción.

—Yo también prometo esforzarme al máximo —dijo con voz resuelta—. Terminaré el instituto con las mejores notas, entraré a la universidad y algún día te devolveré todo lo que estás haciendo por nosotros. No te defraudaré.

—Nunca lo haces, hermanito —respondió ella, sonriendo con sinceridad por primera vez en días—. Tú eres mi orgullo. Y solo quiero que vivas tus sueños sin tener que cargar con nuestras preocupaciones. Déjame a mí el resto.

Más tarde, cuando su madre y su hermano se fueron a dormir, Antonia se quedó un rato más en la sala, mirando las sombras en las paredes. Sacó del bolsillo un pequeño trozo de tela que había guardado: un pedazo del vestuario de su primera obra, un recuerdo de quién era antes de que todo cambiara. Lo apretó contra su pecho con fuerza.

—Me llamas marioneta —susurró en voz baja, hablando con la oscuridad, como si Aarón pudiera oírla—. Crees que solo soy hilos y movimientos que tú marcas. Pero no sabes que tengo un corazón que late por ellos. No sabes que mi voluntad es más fuerte que cualquier cadena que me pongas.

Cerró los ojos y vio la sonrisa de su madre, vio la ilusión en los ojos de Lorenzo, y el dolor se transformó en una decisión inquebrantable.

—Sí, tomaré todo lo que quieras darme —prometió con firmeza—. Tus gritos, tu frialdad, tu desprecio. Lo tragaré todo. Pero mientras yo respire, ellos estarán a salvo. Y un día… cuando ya no te necesite, recogeré cada pedazo de mí misma que he dejado en tu camino. Y volveré a ser libre.

Se puso de pie, apagó la luz y caminó hacia su habitación con la cabeza alta. Ya no era la misma chica asustada que entró al despacho de Aarón. Ahora tenía un propósito claro, y eso le daba una fuerza que él no podría arrebatarle nunca.

 

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