Cassidy Boone ya murió dos veces. La primera, de una bala por la espalda en el Viejo Oeste. La segunda, de vieja y en paz, después de una vida que le costó sangre construir. Y justo cuando creía que por fin iba a descansar, un dios la agarra del cuello del alma y le encaja una tercera: *"Tengo una misión para ti."*
Despierta en el cuerpo de Aurora, princesa heredera e hija del ministro de guerra. Gorda, humillada y recién asesinada por su propio prometido y su hermanastra en una "caída del caballo" que de accidente no tuvo nada. Ahora carga con dos vidas de recuerdos, un cuerpo que odia, una madrastra que la quiere muerta y un castillo donde nadie se baña, todos apestan y el veneno se sirve con una sonrisa.
Aquí no hay revólveres ni abogados. Solo su cabeza, un libro de hierbas y unas ganas feroces de no morirse una tercera vez.
NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 14: Aquí no se muere de vieja nadie.
Lo primero que hizo Cassidy fue no gritar.
Se quedó sentada en el borde de la cama, con la copa en la mesita y la vela cerca, respirando despacio, mientras Adriano esperaba de pie con la mano en la empuñadura y toda la cara pidiéndole permiso para hacer algo.
—Quieto —le dijo—. Siéntate.
—Alguien acaba de intentar matarte.
—Ya lo sé. Estaba aquí. —Cassidy se apretó los ojos con los dedos—. Y por eso vamos a pensar antes de movernos, porque en los próximos diez minutos se decide si esto lo gano o lo pierdo.
Lo pensó en voz alta, que era como pensaba mejor.
—Opción uno: doy la alarma. Grito, despierto al palacio, digo que me quisieron envenenar. ¿Qué pasa?
—Que investigan.
—Que fingen que investigan. —Cassidy levantó un dedo—. Van a llamar al capitán de la guardia, van a interrogar a las criadas, van a colgar a dos o tres pobres diablos de la cocina que no tienen nada que ver, y todo el mundo va a dormir tranquilo. El que lo hizo va a estar en la primera fila del ahorcamiento, muy indignado, aplaudiendo. Y yo voy a quedarme sin la única ventaja que tengo.
—¿Cuál ventaja?
—Que todavía no sabe que lo sé. —Cassidy lo miró—. Ahora mismo hay una persona en este edificio que se acostó pensando que mañana me encuentran muerta. Si mañana me ve viva y tranquila, desayunando, sin haber armado escándalo, va a pensar una de dos cosas: que no bebí, o que su veneno era malo. Y va a volver a intentarlo. Y cuando vuelva a intentarlo, voy a estar mirando.
Adriano tardó un momento.
—Vas a usarte de cebo.
—Voy a usar mi copa de cebo, que es distinto y duele menos.
Regla vieja, Boone: cuando alguien te dispara desde el monte, lo peor que puedes hacer es gritar que te dispararon. Lo mejor es quedarte quieta y mirar de dónde sale el humo.
—Está bien —dijo Adriano, y se le notó que no le gustaba nada—. ¿Y ahora qué?
—Ahora vamos a averiguar tres cosas. Qué es. Cómo llegó a esa mesita. Y a quién le convenía. —Cassidy se levantó y buscó su bata—. En ese orden.
Lo del qué es le tomó dos días y le costó un pollo.
No podía llevar la copa a un médico, porque los médicos del palacio eran del palacio. No podía preguntarle a nadie, porque preguntar es contar. Así que hizo lo que sabía hacer: trabajó sola.
Guardó el contenido en un frasco pequeño, bien tapado, y lo escondió en el fondo del cofre de su madre, entre la ropa. Después mandó a Ismenia a la ciudad con un encargo perfectamente inocente —cintas, hilo, dos gallinas ponedoras para tener huevos frescos en el ala oeste, capricho de futura reina— y así, sin que nadie parpadeara, tuvo animales vivos en un corral pequeño detrás de las cocinas.
La tercera noche bajó ella misma, con Adriano de sombra, y le dio a beber a una de las gallinas un dedo de aquel vino mezclado con agua.
Se quedaron ahí, agachados en el corral, a oscuras, mirando un bicho.
—¿Cuánto tarda? —preguntó Adriano.
—Si es de los rápidos, media hora. Si es de los otros, no lo vamos a ver esta noche.
—¿Los otros?
—Los que no matan de golpe. —Cassidy no despegaba los ojos del animal—. En los libros hay dos clases de veneno, guapo. El del odio y el de la paciencia. El del odio te mata en una copa: es rápido, es sucio, deja el cuerpo torcido y a todo el mundo gritando "asesinato". El de la paciencia es otra cosa. Va poco a poco. Un dolor de barriga hoy, un mareo la semana que viene, una debilidad que no se va. La persona adelgaza, se pone amarilla, deja de comer, y a los cuatro meses se muere de una enfermedad larguísima que a nadie le extraña. —Se le apretó la boca—. Y todo el mundo dice: pobrecita, se fue apagando.
La gallina no se murió esa noche.
Ni la siguiente.
Al quinto día, el animal se quedó quieto en un rincón, con el ala caída, sin comer, con los ojos entrecerrados. Al séptimo estaba flaco. Al noveno estaba muerto.
Cassidy se quedó de pie frente al corral un rato largo, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada.
—El de la paciencia —dijo Adriano.
—El de la paciencia. —Ella soltó el aire despacio—. ¿Sabes lo que significa eso?
—Que no querían matarte esa noche.
—Significa dos cosas, y las dos son horribles. —Cassidy levantó un dedo—. Primera: que quien lo hizo no es un desesperado. Un desesperado usa el rápido y reza. El que usa el lento es alguien que sabe que va a tener acceso a mi copa muchas noches seguidas, y no una. Alguien de adentro, con rutina, con tiempo, con paciencia.
Levantó el segundo dedo.
—Y segunda: que no lo hicieron para armar un escándalo, sino para que no lo hubiera. Si yo me hubiera bebido eso cada noche durante tres meses, no habría muerto envenenada. Habría muerto de tristeza, de nervios, de un mal de mujeres, de lo que quisiera decir el médico. Y me habrían enterrado con honores. —Se giró hacia él—. Nadie estaría buscando a un asesino, porque nadie estaría buscando un crimen.
Adriano se quedó callado.
—Eso ya lo han hecho antes —dijo al fin.
—Eso —dijo Cassidy— es exactamente lo que llevo tres días pensando y no me deja dormir.
Lo del cómo llegó a la mesita fue trabajo de Ismenia, y fue la primera vez que Cassidy la usó de verdad.
—No preguntes nada —le explicó—. Ni una sola pregunta. Las preguntas se recuerdan. Tú lo único que vas a hacer es acompañar a la jarra.
—¿Acompañar a la jarra, alteza?
—Desde que se llena hasta que llega a mi mesita. Todos los días. Como si fuera tu obligación y siempre lo hubiera sido. Si alguien te dice algo, pones cara de tonta y dices que la princesa es muy delicada y le da miedo el agua sucia.
—Eso no me va a costar nada —dijo Ismenia, muy seria—. Ya todo el palacio piensa que usted es rarísima con el agua.
—Ves. Por eso hay que dar de qué hablar: para que la gente crea que ya sabe todo lo tuyo.
En cuatro días, Ismenia le trajo la cadena completa, y era mucho más larga de lo que Cassidy esperaba.
El agua se sacaba de la cisterna del ala norte. La subía un mozo. En la despensa la mezclaban con vino aguado, la vertían en las jarras y las jarras se ponían en una bandeja. La bandeja iba a la antecocina del ala oeste. De ahí la recogía una de las criadas nuevas —de las ocho que había mandado el rey— y la subía. Al llegar arriba la dejaba en una mesa de la antesala, porque no podía entrar al dormitorio. Y de esa mesa la pasaba al dormitorio, ya de noche, la dama de compañía que estuviera de turno.
Cassidy hizo la cuenta con los dedos.
—O sea que entre la cisterna y mi boca, esa jarra pasa por siete pares de manos y se queda sola, en la antesala, un rato indefinido, todas las noches.
—Sí, alteza.
—Estupendo. —Se dejó caer en la silla—. Es más fácil envenenar a la prometida del rey que robarse un pan.
Y ahí está el problema de esta época, Boone. En la otra vida, cuando alguien quería llegar a mí, tenía que pasar seguridad, cámaras, un asistente y una puerta con clave. Aquí cualquiera con delantal camina hasta mi cama. Este palacio tiene murallas de tres metros para los ejércitos y ni una tranca para la gente que vive adentro.
Esa misma noche montó su sistema, y lo montó para que nadie lo notara nunca.
Regla uno: no volvió a beber ni a comer nada que hubiera estado fuera de su vista más de un momento. Si le servían de una fuente común, comía de la fuente común. Si algo llegaba servido para ella sola, no lo tocaba.
Regla dos: aprendió a parecer que comía. Eso lo tenía practicado de otra vida entera de cenas de negocios: cortar mucho, mover mucho, llevarse el tenedor a la boca sin cargar nada, hablar en el momento justo, dejar el plato revuelto para que parezca terminado.
Regla tres: las gallinas se quedaron. Todo el palacio supo que a la prometida del rey le gustaban los huevos frescos, lo cual era una excentricidad más entre las muchas de aquella provinciana rara, y nadie preguntó por qué el corral tenía siempre bichos nuevos.
Regla cuatro, y esa la aprendió Adriano en carne propia: si Cassidy tocaba dos veces el borde de su plato con el dedo índice, él no probaba nada de esa mesa y buscaba la manera de que no lo probara nadie a quien ella apreciara.
—¿Y si un día no me doy cuenta? —preguntó él.
—Te vas a dar cuenta. —Cassidy le sostuvo la mirada—. Llevas dos semanas sin quitarme los ojos de encima ni para respirar. No me digas ahora que se te va a escapar un dedo.
Adriano no contestó, pero se puso muy interesado en la ventana.
Lo del a quién le conviene fue lo más lento, y fue lo que la llevó al fondo del salón.
Cassidy hizo la lista con Adriano una noche, los dos sentados en el suelo de la antesala con un papel entre las velas, como dos conspiradores de taberna.
—Empecemos por lo obvio —dijo ella—. ¿Quién gana si yo me muero?
—El príncipe.
—El príncipe. —Cassidy lo anotó—. Si yo desaparezco, su padre se queda sin boda y sin heredero nuevo. Ahora mismo el chico es hijo único y heredero único. Un hijo mío le corre el turno o se lo quita.
—¿Lo crees capaz?
—Lo creo capaz de ordenarlo, no de hacerlo. —Cassidy movió la pluma—. Pero hay un detalle que no me cuadra: el veneno lento no es de un hombre despechado. Un hombre despechado quiere verte muerta ya. El lento es de alguien que puede esperar tres meses. Ese chico no espera ni tres días para nada.
—Entonces alguien de su gente.
—O alguien que quiere lo mismo por otra razón. —Cassidy anotó de nuevo—. Segundo: los consejeros. Los que viven del favor del rey. Una reina joven con hijos es una casa nueva metida en el reparto, y toda casa nueva le quita a las viejas.
—¿Tercero?
Cassidy tardó en escribirlo.
—Tercero: las mujeres del fondo del salón.
Adriano frunció el ceño.
—¿Las concubinas? Esas no tienen ningún poder.
—Esas no tienen ningún poder visible, que es otra cosa. —Cassidy dejó la pluma—. Piénsalo bien. Hay mujeres ahí que llevan veinte años viviendo en este edificio. Sin marido, sin hijos legítimos, sin poder irse, sin poder casarse con nadie más porque fueron del rey. Envejeciendo en un cuarto. Viendo pasar a la siguiente y a la siguiente. —Levantó la vista—. Y ahora llego yo, con dieciocho años, y me van a coronar. ¿Tú sabes cuánto odio se puede juntar en veinte años de eso?
—Suficiente.
—De sobra. —Cassidy se quedó mirando el papel—. Pero hay algo más. Y es lo que me interesa de verdad.
—¿Qué?
—Que esas mujeres llevan dos décadas mirando este palacio desde el rincón donde nadie las mira a ellas. —Sopló la vela más cercana—. Si alguien sabe cómo se muere la gente en esta casa, son ellas.
Se le acercó a la más vieja, y tardó una semana en conseguirlo.
Se llamaba doña Petra. Debía tener sesenta años, quizá más, y era de las primeras: había entrado al palacio antes de que el rey fuera rey, cuando todavía era un príncipe joven que salía de cacería. Ahora vivía en dos habitaciones del ala sur, casi ciega de un ojo, con un canario y una criada más vieja que ella.
Cassidy no fue a preguntarle nada. Ese fue el truco.
Fue a llevarle un regalo.
—Me han dicho que le gustan los pájaros —dijo, plantada en la puerta con una jaula pequeña y un canario nuevo dentro—. Y yo tengo un ala llena de gente que me vigila y ninguna persona con quien conversar. Se me ocurrió que a lo mejor a usted le pasaba lo contrario.
La vieja la miró con el ojo bueno, muy despacio, de arriba abajo.
—Usted es la que se baña —dijo.
—Soy la que se baña.
—Y la que le quitó el mal olor a la Valdivia. —Doña Petra soltó una risa seca, como un papel arrugándose—. Media corte comentando que es usted bruja, y a mí me parece que solo es usted limpia. Pase, criatura. Pase.
Cassidy fue tres veces esa semana. Y cuatro la siguiente.
No preguntó nada durante nueve días. Se sentó a escuchar historias viejas de cacerías, de vestidos, de una fiesta de hacía treinta años, de cómo era el palacio cuando lo estaban construyendo. Le llevó dulces. Le llevó menta. Le mandó a una de sus criadas a limpiarle las habitaciones a fondo, y la vieja lloró de rabia y de vergüenza porque hacía años que nadie subía a su ala.
Y al décimo día, doña Petra le agarró la muñeca con la mano de garra y le dijo:
—Bueno. Ya está. Pregúntame de una vez lo que viniste a preguntarme, niña, que soy vieja pero no tonta.
Cassidy no fingió sorpresa. Le pareció una falta de respeto.
—Quiero saber de qué se muere la gente en este palacio.
La vieja se quedó muy quieta.
—¿Y por qué habría de saberlo yo?
—Porque usted lleva cuarenta años sentada en el rincón —dijo Cassidy—. Y la gente habla delante de las que ya no importan como habla delante de los muebles.
Doña Petra se echó atrás en la silla y la miró con el ojo bueno durante un rato larguísimo.
—Cierra la puerta.
Y entonces habló.
Cassidy tomó nota mental de cada nombre, de cada fecha, de cada síntoma, con la disciplina fría de dos vidas de reuniones, mientras por dentro se le iba enfriando todo.
Le contó de la Serrano, una muchacha de casa noble que había gustado mucho al rey unos meses, hacía quince años. Empezó con dolores de barriga y se le fue quitando el hambre; se quedó en los huesos, con la piel amarilla, y en cuatro meses se murió. Dijeron mal de estómago.
Le contó de una tal Inés, que trajo una embajada del sur y que se puso a hacerse la importante en la corte. Duró cinco meses.
Le contó de una prima segunda del rey, casada con un noble, que empezó a decir en voz alta cosas que no debía sobre unas tierras. Se le cayó el pelo, se le hincharon las piernas y se apagó, según dijeron, de melancolía.
Y le contó de dos más, sin nombre ya, porque la memoria no le daba.
Cassidy fue tachando en su cabeza. Cinco mujeres. Cinco muertes lentas. Cinco enfermedades largas, aburridas, respetables, con médico de cabecera y misa cantada.
—Doña Petra. ¿Cuántos años tenían?
—Jóvenes todas. —La vieja se encogió de hombros—. Aquí no se muere de vieja nadie, niña. Menos yo, que ya soy un mueble y hasta la muerte me pasó por alto.
Cassidy sintió cómo se le secaba la boca.
Cinco. Cinco mujeres, todas cerca del rey, todas jóvenes, todas apagándose despacio a lo largo de meses. Y el mundo entero mirando para otro lado, porque no hay nada más aburrido y más creíble que una mujer que se enferma.
Esto no es un asesino, Boone. Esto es una costumbre de la casa.
Y entonces preguntó lo que llevaba tres semanas queriendo preguntar, y lo preguntó con toda la delicadeza que pudo.
—Doña Petra. ¿Y la reina?
La vieja cambió de cara.
Fue instantáneo. La mujer que llevaba una hora hablando de muertos con la naturalidad de quien comenta el tiempo se puso rígida, apretó las manos en el regazo y desvió el ojo bueno hacia la ventana.
—De esa no se habla.
—¿Por qué no?
—Porque no. —Doña Petra buscó a tientas su chal y se lo echó encima aunque hacía calor—. Porque hay cosas de las que una no habla ni sola.
—Doña Petra…
—Escúchame, criatura. —La vieja se giró de golpe, y por primera vez Cassidy le vio miedo de verdad—. Yo he visto morir a cinco muchachas en este edificio y te las he nombrado a todas con nombre y apellido, y no me tiembla la voz, porque de esas se puede hablar. De la reina no. En este palacio hubo gente que habló de la reina hace veinte años. ¿Sabes dónde están?
—No.
—Yo tampoco. —La vieja apretó la boca—. Y esa es la respuesta.
Cassidy se quedó sentada en aquel cuarto, con el canario nuevo cantando en la jaula como un idiota feliz.
—Solo dígame una cosa —dijo—. Una sola. Y no le pregunto nunca más, se lo juro por la memoria de mi madre.
Doña Petra no contestó.
—¿De qué murió?
Silencio.
La vieja miró la puerta cerrada. Miró la ventana. Miró sus propias manos. Y al final, con una voz que no era la suya, que era un hilo, dijo:
—Se fue apagando.
A Cassidy se le paró el corazón.
—¿Cómo?
—Meses. —Doña Petra tragó—. Empezó con dolores de barriga. Después dejó de comer. Se puso amarilla como una vela. Se le fue el pelo a puñados. Los últimos dos meses ya no se levantaba de la cama, y el niño… —se le quebró— …el niño tenía seis años y lo llevaban a verla una vez a la semana, y salía llorando cada vez, porque su madre ya no lo reconocía.
Cassidy no respiraba.
—Y todo el mundo dijo que era un mal de mujeres —siguió la vieja, mirando al suelo—. Que la reina era delicada. Que había tenido un parto difícil. Que Dios se la llevó. Y le hicieron un funeral que duró tres días, y el rey lloró delante del reino entero, y todos dijeron qué hombre tan enamorado, cómo se le partió el alma.
Levantó el ojo bueno.
—Y a mí, que estaba en el rincón, se me quedó una cosa dentro que no le he dicho a nadie en veinte años.
—¿Qué cosa?
—Que a esa mujer le subían la comida de la cocina de arriba —dijo doña Petra—. Y que el día que se murió, la mujer que le llevaba la bandeja no lloró.
Cassidy salió de aquellas dos habitaciones caminando muy derecha, muy despacio, saludando con la cabeza a los que se cruzaba, con una sonrisa cortés puesta en la cara.
Bajó tres galerías. Cruzó dos patios. Subió al ala oeste.
Y cuando llegó a sus aposentos y cerró la puerta, se apoyó de espaldas contra la madera y se quedó ahí, con los ojos cerrados.
—¿Qué pasó? —Adriano estaba junto a la ventana; se separó de la pared al instante—. ¿Qué te dijo?
Cassidy no abrió los ojos.
—Adriano. Cuando la gallina se estaba muriendo, ¿qué le viste?
—¿Qué?
—Dímelo tú. Descríbemelo.
Él frunció el ceño, sin entender.
—Dejó de comer. Se puso en un rincón. Adelgazó. Se le cayeron las plumas. Estuvo días así, cada vez peor, hasta que se murió.
—Meses, en una persona. —Cassidy abrió los ojos—. Dolor de barriga. Se le va el hambre. Se pone amarilla. Se le cae el pelo. Se apaga despacio y se muere sin que nadie grite asesinato.
Adriano la miró.
Y Cassidy vio, en tiempo real, cómo aquel hombre ataba el cabo y se le iba el color de la cara.
—No —dijo.
—Sí.
—¿La reina?
—La reina. —Cassidy se despegó de la puerta—. La madre del príncipe. Murió exactamente de lo mismo que estuvo a punto de matarme a mí, en la misma casa, subido en la misma bandeja, con los mismos síntomas y con la misma explicación amable: se fue apagando.
Se le acercó y bajó la voz hasta el hilo.
—Hace veinte años, Adriano. Veinte. Y hace tres semanas alguien me sirvió a mí lo mismo en una copa.
Se hizo un silencio en aquel cuarto enorme que a Cassidy le pareció el más pesado de sus tres vidas.
—Eso quiere decir… —empezó él.
—Eso quiere decir que la mano que mató a la reina de este imperio no está muerta, ni retirada, ni huida. —Cassidy miró hacia la puerta cerrada, hacia el palacio entero que respiraba del otro lado—. Sigue viva. Sigue cobrando. Sigue durmiendo bajo este mismo techo.
Y muy despacio, se sentó en la cama.
Y yo, Boone, llevo tres semanas sonriéndole en los pasillos todos los días sin saber cuál de todas esas caras es.