Cuando la curiosidad te quita tu primera vida.. significa ¿que deberías cambiar? Vesta no lo cree.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Petalos
Aquella noche, Vesta Dupont descubrió algo importante.
Era mucho más sencillo diseñar un sistema para crear escuelas que decidir el rumbo de su propia vida.
Sentada en su escritorio, con el cabello ya deshecho y envuelta en una manta gruesa para combatir el frío de Sunderland, observó tres hojas diferentes.
Y en cada una escribió un título.
Mercia.
El duque Reed.
La verdad.
Suspiró profundamente.
—Bien.
Tomó la pluma.
—Analicemos esto como una adulta responsable.
La doncella, que llevaba una bandeja con chocolate caliente, sintió un pequeño orgullo.
[La señorita realmente está madurando.]
Vesta comenzó a escribir..
Mercia.
Ventajas:
—Clima agradable.
—Paisajes hermosos.
—Distancia segura del duque Reed.
—Podría seguir construyendo escuelas.
—Padre seguramente me apoyaría económicamente.
—Podría comenzar una nueva vida.
—No tendría que preocuparme cada vez que un hombre atractivo sonriera de forma sospechosa.
Desventajas:
—Dejaría Sunderland.
—Extrañaría a padre.
—Extrañaría a Vincent.
—Dejaría el proyecto de la escuela
—Huir no resolvería realmente nada.
—Puede que el duque le cuente a mi padre y me quite el respaldo económico..
Vesta mordió el extremo de la pluma.
—Mmm...
El duque Reed.
Ventajas:
Guardó silencio.
Luego escribió.
—Guapo.
Se quedó mirando la palabra.
Y añadió..
—Muy guapo.
Pensó un poco más.
—Maduro.
—Le importan los problemas reales del reino.
Suspiró.
Y continuó.
—Podría quererme algún día.
Sus mejillas se pusieron ligeramente rojas.
Luego escribió las desventajas.
—Demasiado intimidante.
—Usa fuego.
—Sabe mi secreto.
—Me aterra.
—Me gusta un poco.. Eso es un problema.. porque no me deja pensar bien..
—Definitivamente eso es un problema.
Decir la verdad.
Ventajas:
—No tendría que ocultarme.
—Podría ser completamente sincera.
—No viviría con miedo.
Desventajas:
—Podría perderlo todo.
La pluma se detuvo.
Padre.
Vincent.
Su apellido.
Las escuelas.
Su hogar.
La seguridad que tanto había aprendido a amar.
Bajó lentamente la cabeza.
Y escribió una última frase.
—Podría perder mi familia.
El silencio llenó la habitación.
La doncella, viendo la expresión de Vesta, decidió retirarse discretamente.
Horas después...
Vesta seguía igual.
Con tres hojas frente a ella.
Sin respuestas.
Finalmente dejó caer la pluma.
—No puedo decidir.
Miró hacia el techo.
—¿Cómo se supone que las personas adultas hacen esto?
No obtuvo respuesta.
Suspiró.
Y lentamente se puso de pie.
—Entonces...
Sonrió débilmente.
—Lo dejaré en manos del destino.
El patio de la Mansión Dupont estaba envuelto por la oscuridad.
El aire frío acariciaba suavemente sus mejillas.
Vesta caminó hasta uno de los jardines.
Y se detuvo frente a un pequeño arbusto florido.
Escogió una flor.
La sostuvo entre sus dedos.
Y se sentó en una banca.
—Bueno.
Miró los pétalos.
—No me juzgues.
Comenzó a arrancarlos uno por uno.
—Mercia.
Un pétalo cayó.
—El duque.
Otro.
—La verdad.
Otro más.
—Mercia.
—El duque.
—La verdad.
La noche permaneció silenciosa.
Sólo el sonido de su voz llenaba el jardín.
—Mercia.
—El duque.
—La verdad.
Pétalo tras pétalo.
Hasta que finalmente...
Sólo quedó uno.
Vesta lo observó.
Parpadeó.
—Mercia.
El último pétalo cayó sobre su falda.
El viento lo arrastró suavemente.
Vesta permaneció inmóvil.
Luego sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Tranquila.
—Bien.
Miró el cielo oscuro.
Y asintió.
—Está decidido.
Se puso de pie.
Enderezó los hombros.
Y declaró solemnemente:
—La hermosa Vesta Dupont abandonará el reino frío.
Se llevó una mano al pecho.
—Me iré a Mercia.
El frío de Sunderland nunca le había agradado demasiado.
Y Mercia...
Mercia era cálida.
Verde.
Lejana.
Segura.
Pensó en ello.
Y poco a poco...
Comenzó a convencerse.
—Padre me apoyará económicamente.
Asintió.
—Y si el duque revela mi secreto...
Bajó ligeramente la mirada.
—Al menos conservaré aquello que pueda construir por mí misma.. asi que entrare en plan de ahorro por si acaso..
Respiró profundamente.
—Y aunque pierda mi posición...
Una sonrisa suave apareció en sus labios.
—Podría trabajar.
Recordó a los niños.
La vieja escuela.
El cuaderno compartido.
—Podría convertirme en maestra.
Sus ojos verdes se iluminaron.
Por primera vez desde que salió de la Mansión Reed...
Sintió paz.
Porque no era una elección nacida del miedo.
Ni del amor.
Ni de la desesperación.
Era una elección nacida de la esperanza.
Podía reconstruirse.
Incluso lejos.
Al día siguiente, la Mansión Dupont entró nuevamente en estado de caos.
—¿Mercia?
—Sí.
—¿Mudarse?
—Sí.
—¿Definitivamente?
—Sí.
Vesta caminaba de un lado a otro organizando equipaje.
Documentos.
Libros.
Apuntes sobre escuelas.
Listas.
Presupuestos.
Y cajas con materiales.
La doncella apenas lograba seguirle el ritmo.
—¿Señorita... está segura?
Vesta se detuvo.
Pensó unos segundos.
Y respondió honestamente:
—No.
La doncella la miró sorprendida.
Vesta sonrió.
—Pero creo que es la mejor decisión que puedo tomar ahora.
El conde Vance Dupont escuchó toda la explicación.
Sin interrupciones.
Sin comentarios.
Cuando Vesta terminó, él permaneció en silencio durante unos momentos.
Finalmente preguntó:
—¿Continuarás con tus escuelas?
—Sí.
—¿Incluso desde Mercia?
—Sí.
—¿Te rendirás si resulta difícil?
Vesta negó con la cabeza.
—No.
El conde la observó largamente.
Y finalmente asintió.
—Entonces tienes mi apoyo.
Los ojos de Vesta se humedecieron.
—¿De verdad?
—Eres mi hija.
La voz del conde fue tranquila.
—No importa dónde decidas vivir. Siempre tendrás un hogar al que regresar.
Vesta corrió a abrazarlo.
Y el hombre correspondió al abrazo con torpeza, pero con absoluto cariño.. pensando que su hija no habia madurado como él y su hijo habian creido.