En una ciudad donde cada persona nace con un reloj invisible que marca el tiempo que le queda de vida, Akira, un joven reservado de 18 años, descubre que una misteriosa chica llamada Hana tiene algo imposible: su reloj está detenido.
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Bajo el mismo cielo
"No existe un amor eterno porque dure para siempre. Existe porque, aún después de perderlo todo, dos corazones vuelven a encontrarse."
La lluvia había cesado.
Las nubes comenzaron a abrirse lentamente, dejando que la luz de la luna bañara los restos de la vieja casa.
El silencio era distinto al de antes.
No era un silencio de miedo.
Era un silencio cargado de preguntas.
Nadie dijo una palabra mientras abandonaban el lugar.
Kuro caminaba unos metros delante de todos, atento a cualquier movimiento.
Ren desapareció sin despedirse.
El Guardián del Umbral permanecía inmóvil frente a la casa, observando cómo la figura de Haruto se desvanecía lentamente entre pequeñas partículas de luz.
Antes de desaparecer por completo, el padre de Hana logró mirar una última vez a su hija.
Sonrió.
Una sonrisa tranquila.
Libre de culpa.
Luego levantó la mano.
No dijo nada.
No hacía falta.
Hana comprendió perfectamente.
Era un adiós.
Las lágrimas comenzaron a caer silenciosamente.
Akira permanecerá a su lado.
No intenté decir que todo estaría bien.
No le prometió que dejaría de sufrir.
Simplemente tomó su mano.
Con suavidad.
Como si temiera romper aquel instante.
Hana entrelazó lentamente sus dedos con los de él.
Era la primera vez que sus manos volvieron a unirse desde la infancia.
Y también la primera vez que podía sentir el calor del otro sin que el tiempo los separara inmediatamente.
—Gracias…
susurró ella.
Akira sonrió apenas.
—No tienes que agradecerme.
-Si.
Porque durante doce años imaginé este momento.
Pensé cientos de veces qué haría si regresara a encontrarte.
Pensé que lloraría.
Que te abrazaría.
Que te pediría perdón.
Pero ahora…
Lo único que quiero…
Es caminar un poco más contigo.
Aquellas palabras atravesaron el corazón de Akira.
Porque eran sencillas.
No hablaban del destino.
Ni de reencarnaciones.
Ni de almas.
Solo hablaban de dos personas que habían esperado demasiado tiempo para volver a verso.
Caminaron sin rumbo por las calles vacías.
La ciudad dormía.
Las luces de las casas se reflejan sobre el pavimento aún húmedo.
El aroma de la tierra mojada llenaba el ambiente.
Hana observaba cada rincón como si estuviera descubriendo un mundo nuevo.
—Ese edificio antes era una panadería.
Ahora es una cafetería.
Akira sonrió.
-Perder.
Voy allí a veces después de clases.
Ella rió.
—Entonces me debes un pan dulce de doce años.
Él soltó una carcajada.
—Con intereses incluidos.
Los dos comenzaron a reír.
Y por primera vez desde el inicio de aquella historia…
No había tristeza.
No había miedo.
Solo dos adolescentes disfrutando de una conversación.
Kuro los vigila desde la distancia.
Hacía siglos que no veía algo así.
No pudo evitar sonreír.
Muy suavemente.
El Guardián apareció junto a él.
—¿Qué ocurre?
—Olvidé cómo sonaba una risa sincera.
El Guardián dirigió la mirada hacia la pareja.
—Por eso vale la pena protegerlos.
Al llegar a una pequeña plaza, Hana se detuvo de golpe.
En el centro había una máquina expendedora de bebidas.
La observar como si fuera un invento extraterrestre.
—¿Qué es eso?
Akira la miró sorprendida.
Luego recordó.
Ella había muerto hacía doce años.
Muchas cosas habían cambiado.
—Ven.
La llevó hasta la máquina.
Sacó unas monedas del bolsillo y comenzó a explicarle cómo funcionaba.
Hana escuchaba con una atención absoluta.
Cuando la lata cayó dentro del compartimento, abrió enormemente los ojos.
—¡¿Hizo eso sola?!
Akira no pudo contener la risa.
-Si.
—¡Es magia!
—No exactamente.
—Para mí sí.
Él le entregó la bebida.
Ella la sostuvo con ambas manos.
La supervisada durante varios segundos antes de beber.
Luego hizo una mueca.
—¡Tiene gas!
Akira comenzó a reír nuevamente.
Ella también.
Y durante unos minutos olvidaron completamente que estaban siendo perseguidos.
Siguieron caminando.
Llegaron hasta una pequeña colina desde donde podía ver toda la ciudad.
El mismo lugar donde, siendo niños, habían observado los fuegos artificiales.
Hana permaneció inmóvil.
—Aquí…
Akira.
—Lo recordé.
Ella levantó lentamente la vista.
Las estrellas comenzaban a aparecer entre las nubes.
—Sabes qué era lo que más miedo me daba cuando era niña?
Él negó con la cabeza.
—Pensar que algún día dejarías de recordarme.
Akira sintió un profundo dolor.
—Y ocurrió.
Hana sonrió con tristeza.
-Si.
Pero también ocurrió algo que nunca imaginé.
—¿Qué cosa?
Ella lo miró directamente a los ojos.
—Volviste a encontrarme.
El viento mueve suavemente su cabello.
Akira sintió que su corazón latía con fuerza.
No sabía cuándo había ocurrido.
Quizás en el puente.
Quizás durante los recuerdos.
Poca mucho antes.
Pero comprendió una verdad.
No importaba cuántas vidas hubieran vivido.
No importaba el destino.
Se estaba enamorando de Hana.
No porque una profecía lo dijera.
No porque el Árbol de las Almas los hubiera unido.
Sino porque cada minuto junto a ella hacía que el mundo pareciera un lugar más cálido.
Sin darse cuenta, ambos quedaron muy cerca.
Sus rostros apenas estaban separados por unos centímetros.
Ninguno apartaba la mirada.
El silencio hablaba por ellos.
Hana respiró profundamente.
—Akira…
-¿Si?
—Si esta fuera nuestra última noche…
¿Serías capaces de arrepentirte de haberme encontrado?
Él respondió sin pensar.
—Jamás.
Ella cerró lentamente los ojos.
Akira sintió que el tiempo regresaba a detenerse.
Acercó lentamente su rostro.
Podía sentir la respiración de Hana.
El mundo desapareció alrededor de ambos.
Entonces…
Una explosión iluminó el cielo.
El estruendo sacudió toda la ciudad.
Kuro apareció de inmediato frente a ellos con la espada desenvainada.
El Guardián levantó una barrera de luz alrededor de la colina.
A lo lejos, varias figuras vestidas con capas blancas descendían desde los tejados.
Eran al menos veinte.
Cada una llevaba una espada grabada con símbolos antiguos.
Su líder dio un paso al frente.
Su voz era firme.
—Por orden de los Custodios del Destino…
Akira Hayato…
Hana Aoi…
Quedan arrestados por alterar el ciclo de las almas.
El instante romántico desapareció de golpe.
Akira presionó la mano de Hana.
Ella hizo lo mismo.
Por primera vez…
No pensaban soltarse.
Y, sin decir una sola palabra, ambos comprendieron que enfrentarían lo que viniera…
Juntos.