Hay lugares que nunca se olvidan. Para Rubi, aquel pequeño pueblo siempre había sido el lugar al que regresaba cada verano. El rancho de sus abuelos, los mismos caminos de tierra, los caballos, las tardes interminables y una familia que prácticamente había crecido junto a la suya. Y luego estaba él. Wyatt Carter. Durante años fue simplemente el hermano mayor de su mejor amigo. El cowboy que siempre parecía estar cubierto de polvo, que sabía montar cualquier caballo y que tenía la extraña costumbre de aparecer justo cuando ella estaba a punto de meterse en problemas. Pero han pasado años desde el último verano. Y algunas cosas cambiaron. Ella no esperaba volver a encontrar el pueblo exactamente como lo había dejado. Mucho menos esperaba que Wyatt tampoco fuera el mismo. Porque quizás regresar al lugar donde comenzó todo no sea tan sencillo como recordar viejos veranos. Y quizás este verano tenga algo que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.
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Como si nada hubiera pasado
A la mañana siguiente, Rubí despertó con la sensación de haber dormido apenas unos minutos.
Abrió los ojos lentamente y encontró a Logan todavía dormido en el sofá, exactamente en la misma posición en la que lo había dejado horas atrás.
La película seguía pausada.
Había una bolsa de papas abierta en el suelo y una manta a punto de caer del sofá.
Rubí se sentó y se pasó ambas manos por el rostro.
Entonces recordó la noche anterior.
El pasillo.
El tropiezo.
Los brazos de Wyatt alrededor de su cintura.
Su mirada.
Y aquella frase.
«Tú haces otro tipo de ruido.»
Rubí cerró los ojos.
—No pienses en eso.
—¿En qué?
Rubí dio un pequeño salto.
Logan había abierto los ojos.
—¡Nada!
Él la observó con los ojos entrecerrados.
—Estás rara.
—Acabo de despertarme.
—Eso no explica nada.
—¿Qué quieres que explique?
Logan se incorporó lentamente.
—No sé. Tú dime.
Rubí tomó una almohada y se la lanzó.
—Ve a dormir.
—¡Ya dormí!
—Entonces desayuna.
—Tengo hambre.
—Eso sí es normal.
Logan se levantó y comenzó a recoger las cosas.
Rubí aprovechó para mirar hacia el pasillo.
Vacío.
Wyatt probablemente ya se había levantado.
O quizá nunca había vuelto a dormir.
Intentó no darle importancia.
Después de todo, aquella noche no había pasado nada.
Absolutamente nada.
Solo se había tropezado.
Él la había sujetado.
Habían hablado.
Fin.
Eso era todo.
Al menos eso se repitió mientras caminaba hacia la cocina.
La madre de Logan ya estaba preparando el desayuno.
—Buenos días, chicos.
—Buenos días —respondió Rubí.
—¿Durmieron algo?
Logan señaló a Rubí.
—Ella sí. Yo tuve que soportar sus patadas.
—¡Mentiroso!
—Me golpeaste dos veces.
—Estaba dormida.
—Exactamente.
Rubí se sentó a la mesa mientras la conversación continuaba.
Intentó concentrarse en el desayuno.
Hasta que escuchó pasos.
No necesitó levantar la mirada para saber quién era.
Wyatt entró en la cocina.
Llevaba una camiseta oscura, jeans y el cabello todavía un poco húmedo. Parecía recién salido de una ducha.
—Buenos días.
Rubí levantó la vista.
—Buenos días.
Sus miradas se encontraron.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente para que ambos recordaran exactamente lo mismo.
Wyatt tomó una taza de café.
Rubí bajó la mirada hacia su plato.
Logan no notó nada.
—¿Vas al rancho después? —preguntó.
—Sí.
—¿Necesitas ayuda?
—Tengo que revisar unas cosas con papá.
—Entonces después podemos arreglar la bicicleta de Rubí.
Wyatt miró hacia ella.
—Ya la revisé.
Rubí levantó las cejas.
—¿Cuándo?
—Esta mañana.
—¿Tan temprano?
—Me desperté antes que ustedes.
Logan se rió.
—Eso no es difícil. Ustedes dos se quedaron dormidos como piedras.
Rubí sintió que se ponía ligeramente nerviosa.
Wyatt bebió café.
—La bicicleta necesita una pieza nueva.
—¿Entonces no sirve?
—Sirve. Pero no quiero que vuelvas a salir con ella hasta arreglarla.
—Puedo ir caminando.
—Está lejos.
—No tanto.
Wyatt dejó la taza sobre la mesa.
—Rubí.
Ella lo miró.
—¿Qué?
—Te llevo cuando necesites ir al pueblo.
Logan levantó la cabeza.
—¿Desde cuándo mi hermano se convirtió en chofer?
Wyatt lo miró con indiferencia.
—Desde que su bicicleta casi se desarma.
Rubí sonrió.
—No estaba tan mal.
—Sonaba como una máquina de guerra.
Logan soltó una carcajada.
—Entonces definitivamente necesita reparación.
La conversación continuó, pero Rubí ya no escuchaba demasiado.
Porque debajo de la mesa, su mano había encontrado algo dentro del bolsillo de su pantalón.
El dulce.
El que alguien había dejado junto al poema.
Lo había olvidado allí.
Lo sostuvo entre los dedos durante unos segundos.
Y entonces levantó la mirada.
Wyatt estaba hablando con su padre.
No la estaba mirando.
O eso parecía.
Rubí guardó nuevamente el dulce.
Quizás estaba imaginando cosas.
Quizás los poemas no significaban nada.
Quizás aquel regalo solo había sido una coincidencia.
Pero cuando terminó el desayuno y salió al porche, encontró algo sobre la baranda.
Una pequeña flor silvestre.
Y debajo había un papel doblado.
Rubí se quedó inmóvil.
Miró hacia la casa.
Después hacia la propiedad Carter.
Tomó el papel.
Lo abrió lentamente.
Esta vez no llegó a leerlo.
Porque escuchó una voz detrás de ella.
—Rubí.
Se giró.
Wyatt estaba en el camino, junto a su camioneta.
La observaba.
Ella escondió el papel detrás de su espalda.
Wyatt bajó la mirada hacia su mano.
Luego volvió a mirarla a los ojos.
Y, por primera vez, Rubí tuvo la certeza de que él sabía exactamente qué había encontrado.