Catalina sufre el abandono y rechazo de su padre desde muy temprana edad al morir su madre. Es entregada a su tía la condesa viuda dónde crece entre los niños de muchos matrimonios experimentando el amor y la pasión de los hombres que la rodean hasta llegar al mismísimo rey de Inglaterra.
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Inocencia perdida
La casa de la duquesa parecía inmensa para una muchacha que apenas conocía el afecto. Sus largos pasillos estaban llenos de risas, secretos y miradas que nadie vigilaba. Allí, donde los mayores prestaban poca atención a los jóvenes, era fácil confundir la curiosidad con el cariño.
Yo tenía hambre de palabras dulces. No de pan, ni de vestidos, sino de sentir que alguien reparaba en mí.
Fue entonces cuando Henry Manox comenzó a buscar mi compañía. Al principio solo eran conversaciones durante las tardes, cuando el sol atravesaba los vitrales y el jardín parecía esconder al resto del mundo. Él me hablaba como si yo fuera más importante que cualquier dama de la casa. Me hacía reír y decía que algún día todos reconocerían mi belleza.
Nadie me había dicho antes esas cosas.
Yo ignoraba que la diferencia entre el afecto sincero y la manipulación puede ser invisible para una joven que ha crecido sintiéndose olvidada.
Cada encuentro parecía un pequeño refugio contra la soledad. Sin embargo, poco a poco, las conversaciones dejaron de ser inocentes, comenzó a tener una cercanía que muchos verían inapropiada, rozaba mis hombros , apoyaba su rostro en mi cuello con excusa de querer ayudarme a respirar mejor para tocar el violín, pedirme que me sentará en sus piernas. Todo cambio el día que me beso cuando logré terminar de tocar una canción en el piano, me prometia que si me entregaba a el, el me lsacaria de aquí y me llevaría a una casa hermosa lejos de todos dónde me amaría y cuidaría para siempre, yo le creo y cedi a su petición. Con el tiempo,Henry comenzó a pedir silencio, a insistir en que lo nuestro debía permanecer oculto porque "nadie comprendería". Yo aceptaba aquellas explicaciones porque deseaba creer que el secreto era una prueba de confianza.
No lo era.
Con el tiempo comprendí que el silencio siempre favorece a quien tiene el poder.
Había momentos en los que algo dentro de mí me decía que debía alejarme. Pero también estaba la necesidad de sentirme querida, de no volver a convertirme en la niña invisible que recorría los corredores de Lambeth esperando una mirada amable.
Una tarde, mientras el viento agitaba las ramas desnudas del jardín, comprendí que ya no me sentía libre cuando él estaba cerca. Sus palabras seguían siendo suaves, pero ahora pesaban como cadenas. Lo que alguna vez confundí con atención se había convertido en una presión constante para hacer cosas que me incomodaban.
Yo era demasiado joven para entender que aquello no era amor.
Era una relación desigual en la que mi vulnerabilidad era aprovechada por alguien con más experiencia y poder.
Durante mucho tiempo me culpé. Pensé que había hecho algo para merecer aquella confusión, que tal vez había interpretado mal las cosas o que debía haber sido más fuerte. Pero los años terminarían enseñándome una verdad dolorosa: una niña no es responsable de las decisiones de un adulto.
Aquel episodio dejó marcas invisibles.
Desde entonces aprendí a desconfiar de las palabras hermosas cuando iban acompañadas de secretos. Aprendí que la soledad puede empujar a una persona a aceptar gestos que nunca debieron pedírsele.
Sin saberlo, esa experiencia moldearía mi destino. El deseo de ser amada seguiría acompañándome mucho después de abandonar la casa de la duquesa, convirtiéndose en una herida abierta que influiría en muchas de las decisiones que tomaría en el futuro.
Mientras el invierno cubría Lambeth con su niebla, yo seguía caminando por aquellos jardines. Ya no veía en ellos un lugar de promesas, sino el escenario donde la inocencia comenzó a desaparecer.
Y aunque todavía era demasiado joven para comprender todo lo ocurrido, una parte de mí ya sabía que algunas heridas no sangran... pero acompañan a una persona durante toda la vida.