Samanta Ruiz es la fría CEO de un imperio de papelería Kawaii. Conduce un Lamborghini y tiene todo bajo control, excepto su amor. Por su cumpleaños, sus amigas le regalan un viaje VIP al Caribe, pero un error de reserva la obliga a compartir apartamento con Samuel Vargas, un imponente y jovial magnate de la logística internacional. Tras quince días de piques y tensión, la última noche estalla en una pasión inolvidable. Se despiden en el aeropuerto como adultos realistas: la distancia hace imposible su amor.
Pero un virus estomacal anula la píldora de Samanta. El diagnóstico es brutal: embarazada de mellizos. Orgullosa, decide criarlos sola y en secreto.
Tres años después, Samuel irrumpe en su sala de juntas para negociar una alianza millonaria. Él no la ha olvidado, pero ignora que tiene una parejita de herederos. Con la ayuda de Carlos, su metódico hermano y abogado, Samanta intentará blindar su nido. Pero Samuel es un tiburón implacable que no parará hasta recuperar a su mujer.
NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 14. PACTO DE TIAS
El viernes por la noche, Samanta volvió a convocar a Vanesa y a Rosa en su ático. Esta vez no hubo restaurante de moda ni copas de vino sobre la mesa; en su lugar, había una tetera humeante y un silencio denso. Sus amigas llegaron preocupadas por el tono de urgencia de su mensaje y se sentaron en el gran sofá de cuero, mirando a Samanta, que caminaba de un lado a otro del salón con una taza entre las manos.
—Sam, por favor, siéntate ya que nos estás poniendo de los nervios —pidió Rosa, arrugando el ceño—. ¿Qué pasa? ¿Hay problemas en la fábrica de papelería cuqui?
Samanta se detuvo en seco frente a ellas. Dejó la taza en la mesa de centro, respiró hondo y las miró fijamente a los ojos.
—Estoy embarazada —soltó de golpe.
El silencio que inundó el salón fue absoluto. Rosa se quedó con la boca abierta y Vanesa parpadeó varias veces, asimilando la noticia.
—¿Embarazada? —consiguió articular Vanesa en un susurro—. Pero... ¿de Samuel? ¿El tratamiento de las vacaciones falló?
—Sí, de Samuel. Tuve una gastroenteritis brutal la víspera de la última noche y expulsé la píldora antes de que mi cuerpo la absorbiera. El sistema falló. Pero eso no es todo... fui a la ginecóloga el martes. No viene uno, chicas. Vienen mellizos.
Rosa dio un grito ahogado, tapándose la boca con las dos manos, mientras a Vanesa se le saltaban las lágrimas de la emoción. Se levantaron de un salto para abrazar a su amiga, pero Samanta levantó una mano, deteniéndolas con un gesto firme y una expresión seria que denotaba que ya había tomado una decisión.
—Esperad, necesito que me escuchéis antes de celebrar nada —dijo Samanta con voz clara y decidida—. He pasado tres días sin dormir, analizando la situación de forma fría y pragmática. Es mi cuerpo y es mi decisión. He decidido que voy a tener a estos bebés yo sola. Samuel jamás va a saber que es el padre.
—Un momento, Sam... —intervino Vanesa, frunciendo el ceño con preocupación—. Samuel tiene derecho a saberlo. Es un hombre maduro, tiene treinta y cinco años y...
—Nuestras vidas ya son lo suficientemente complicadas como para enredarlas más con esto —la cortó Samanta, cruzándose de brazos—. Pensadlo fríamente. Él es el CEO de una gran corporación en una ciudad lejana y yo dirijo mi propio imperio aquí. No quiero ni pensar en litigios legales, en juicios por la custodia de los hijos, ni en la pesadilla de que los niños tengan que estar viajando de un lado para otro en aviones cada quince días porque sus padres viven en esquinas opuestas del país. No podría soportar compartir la maternidad de esa manera tan caótica. Además, teniendo en cuenta la distancia física que nos separa y que cortamos toda comunicación en el aeropuerto, es absolutamente imposible que él llegue a enterarse de esto.
—¿Y tú sola con mellizos, Sam? —preguntó Rosa con suavidad.
—Soy completamente capaz de mantener y criar a mis hijos —respondió Samanta con una seguridad aplastante—. Tengo treinta años, un ático de lujo, una cuenta bancaria envidiable y el control absoluto de mi empresa. Mis hijos no van a pasar necesidades jamás. Les daré todo el amor y los lujos del mundo. No necesito a ningún hombre a mi lado para formar mi propia familia. He tomado una decisión firme y os pido que guardéis el secreto conmigo.
Vanesa y Rosa se miraron entre sí. Había una enorme complicidad en sus ojos, pero también la responsabilidad de ser las mejores amigas de la CEO. Vanesa dio un paso adelante y le tomó las manos a Samanta con cariño.
—Sam, sabes que te adoro. Es tu cuerpo, es tu vida y, por supuesto, es tu decisión, siempre te vamos a respetar. Pero los hijos son de los dos. Samuel demostró ser un hombre estupendo y responsable en las vacaciones. Asegúrate muy bien de la decisión que estás tomando antes de cerrar esa puerta para siempre, porque ocultar algo así es una carga muy pesada a largo plazo. El destino a veces es muy caprichoso.
—Estoy completamente segura, Vane —insistió Samanta, sosteniéndole la mirada sin un ápice de duda.
Rosa rompió la seriedad del momento soltando un suspiro y esbozando una sonrisa enorme. Se acercó y envolvió a Samanta en un abrazo cálido y apretado, al que Vanesa no tardó en unirse.
—Ay, jefa testaruda... Tomes la decisión que tomes, aquí nos vas a tener al pie del cañón. No estás sola en esto. Nosotras te apoyamos hasta el final del mundo y, por supuesto, estamos completamente encantadas de ser tías. Esos mellizos van a ser los bebés más mimados de la galaxia. ¡Y piensa en la ropa y la papelería cuqui que les vamos a diseñar!
Samanta sintió que un nudo de tensión se disolvía en su pecho y se dejó querer por sus amigas, riendo y llorando a la vez por primera vez en toda la semana. El pacto estaba sellado. Sus amigas guardarían el secreto bajo siete llaves y formarían el escudo perfecto para proteger a su nueva familia. Samanta se fue a la cama esa noche convencida de que su plan era perfecto y de que la distancia geográfica la mantendría a salvo de cualquier complicación con Samuel. Sin embargo, la confianza de la CEO flaqueaba ante una verdad universal: por muy bien que planifiques tu estrategia empresarial, el destino siempre juega con sus propias reglas y la cuenta atrás para el reencuentro seguía avanzando en silencio.
te felicito autora, está hermosa,no tardes tanto en actualizar por fis👏