En su vida pasada, Camila era una científica obsesionada con descubrir los secretos de la naturaleza. Ahora ha reencarnado como Xenia, una joven noble en un mundo lleno de magia… y para ella eso solo significa una cosa: nuevos experimentos.
Decidida a entender y dominar la magia como si fuera ciencia, convierte su vida en un laboratorio, creando pociones cada vez más imposibles y peligrosas.
Pero cuando el príncipe del reino empieza a aparecer constantemente en su laboratorio, Xenia descubre que, además de la magia, hay otro fenómeno que no logra explicar del todo: por qué el príncipe parece cada vez más interesado en ella… mientras ella solo piensa en su próximo experimento.
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Capítulo 18
En otra parte del imperio, un hombre encapuchado permanecía de pie en medio de un elegante despacho iluminado por la luz anaranjada del atardecer. Frente a él, sentado cómodamente en un sillón de cuero mientras sostenía una copa de vino, se encontraba el marqués Gerilson.
Era un hombre de unos cincuenta años, de apariencia refinada y modales impecables cuando así lo deseaba. Sin embargo, detrás de aquella fachada de noble respetable se ocultaba alguien ambicioso, manipulador y profundamente perverso.
—¿Así que una jovencita logró hacer algo que ni siquiera los alquimistas del palacio pudieron conseguir? —preguntó mientras giraba lentamente el vino dentro de la copa.
El hombre encapuchado asintió.
Gideón Dorman todavía no había olvidado la humillación sufrida.
Desde que huyó después del secuestro fallido había encontrado refugio bajo la protección del marqués, quien lo había contratado aprovechando sus conocimientos como alquimista.
Y ahora Gideón alimentaba la curiosidad de aquel hombre.
—No solo eso —continuó—. Ha creado pociones completamente nuevas. Una capaz de curar heridas en cuestión de segundos. Otra que obliga a decir únicamente la verdad. Incluso se rumorea que puede alterar características físicas temporalmente.
Los ojos del marqués brillaron.
—¿Es cierto?
—Lo vi con mis propios ojos.
La realidad era que Gideón estaba exagerando algunas cosas deliberadamente.
Conocía muy bien a Gerilson.
Sabía exactamente qué clase de personas llamaban su atención.
Y una joven talentosa que podía generar dinero, influencia y prestigio era precisamente una de ellas.
—¿Qué edad tiene?
—Diecinueve años.
—¿Está comprometida?
—No.
La sonrisa que apareció en los labios del marqués hizo que incluso Gideón sintiera un ligero escalofrío.
—Interesante.
—Es hija del duque Edevane.
—Eso puede complicar las cosas.
—Aunque también puede volverlas más interesantes.
Gerilson soltó una pequeña carcajada.
—Me agrada cómo piensas.
El marqués se levantó y caminó lentamente hasta una ventana.
—Una joven capaz de crear semejantes cosas no debería desperdiciar su talento encerrada en un ducado.
—Exactamente lo que pensé.
—Quiero saber más sobre ella.
—Lo averiguaré.
—Hazlo.
La sonrisa del marqués se volvió aún más fría.
—Porque presiento que esa muchacha será muy útil.
Mientras tanto, completamente ajena al interés que comenzaba a despertar en ciertas personas, Xenia continuaba investigando.
Al final, después de pasar horas revisando libros y tomando notas, encontró algo que llamó inmediatamente su atención.
Una planta.
Una extremadamente rara.
Según varios registros antiguos, crecía únicamente en una pequeña región al sur del imperio.
Lo más interesante era que sus propiedades parecían tener relación directa con la fertilidad.
Sin embargo, había una razón por la que casi nadie la utilizaba.
Prepararla incorrectamente podía provocar graves efectos secundarios.
Precisamente por eso Xenia quería conseguirla.
Necesitaba verla.
Analizarla.
Experimentar con ella.
Y descubrir por sí misma si todo aquello era cierto.
Cuando regresó al ducado, fue directamente al despacho de Viktor.
El duque escuchó pacientemente toda la explicación mientras observaba los mapas que Xenia había llevado.
—Entonces quieres viajar hasta aquí —dijo señalando una pequeña zona al sur.
—Sí.
—Está bastante lejos.
—Lo sé.
—Y acabas de ser secuestrada hace unas semanas.
Xenia fingió no escuchar esa parte.
—Padre, esta investigación es importante.
—Toda investigación es importante para ti.
—Porque todas son importantes.
Viktor suspiró.
Aquella respuesta era exactamente la que esperaba.
—No me gusta la idea.
—Lo sé.
—Me preocupa.
—También lo sé.
—Entonces entiende mi posición.
Xenia permaneció en silencio unos segundos.
Finalmente sonrió.
—Padre, imagina cuántas personas podrían beneficiarse si funciona.
Viktor cerró los ojos.
Maldita fuera.
Sabía exactamente qué decir para convencerlo.
Cuando volvió a abrirlos encontró la misma mirada brillante que había visto aparecer incontables veces desde que despertó después de su accidente.
Una mirada imposible de detener.
—Está bien.
Los ojos de Xenia brillaron.
—¿De verdad?
—Pero irás escoltada.
—Padre...
—No es negociable.
—¿Cincuenta soldados?
—Sí.
—¡Eso parece una invasión!
—Entonces cien.
—¡Padre!
Al final terminaron negociando durante casi una hora.
Y cuando acabaron, ambos estaban agotados.
Esa misma noche Cordelis descubrió la noticia durante la cena.
La reacción fue exactamente la que Viktor esperaba.
—¿¡Qué!?
Toda la mesa dio un pequeño salto.
—¿Mi hija va a viajar después de haber sido secuestrada?
—Cordelis...
—¿Y tú aceptaste?
—Cordelis...
—¡Viktor!
Thomas observó la escena mientras comía tranquilamente.
—Creo que padre está muerto.
—Thomas.
—Sí, madre.
—Cállate.
—Sí, madre.
Xenia no pudo evitar ocultar una sonrisa detrás de su copa.
Después de muchas explicaciones, promesas y garantías sobre la seguridad, Cordelis terminó aceptando.
Aunque no parecía particularmente feliz.
Los días siguientes pasaron rápidamente.
Xenia preparó todo lo necesario para el viaje.
Cuando finalmente llegó la mañana de la partida, bajó las escaleras con una sonrisa difícil de ocultar. Hacía días que no se sentía tan emocionada. Iba a salir del ducado, conocer nuevos lugares, investigar una planta rara y, si todo salía bien, realizar uno de los experimentos más interesantes desde que había llegado a aquel mundo.
Llevaba un vestido sencillo de viaje en tonos azul claro, botas cómodas y una capa ligera sobre los hombros. A diferencia de otras nobles, no había preparado diez maletas llenas de vestidos imposibles de usar. Había llevado lo necesario: ropa cómoda, su cuaderno de notas, varios frascos vacíos, algunos instrumentos pequeños y una cantidad considerable de dinero para comprar ingredientes extra si los encontraba.
Sin embargo, toda su emoción desapareció en cuanto entró al salón principal.
Su sonrisa se congeló.
Parpadeó una vez.
Después otra.
Y finalmente cerró los ojos.
—No...
Porque sentado cómodamente junto a Viktor y Cordelis, bebiendo té como si perteneciera a la familia, estaba Clark.
Clark sonrió al verla.
—Buenos días, Xenia.
La joven permaneció inmóvil.
Después giró lentamente la cabeza hacia sus padres.
—¿Por qué está aquí?
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