Ana Beltrán llegó a Moscú con una valija rota y un solo objetivo: un mejor futuro lejos de casa. Para lograrlo, se esconde. Ropa 3 talles más grande, lentes gigantes, rodete tirante. Se vuelve invisible.
Consigue trabajo como asistente del CEO de _Volkov Industries_: Dmitri Volkov. Arrogante, mujeriego, playboy. Un hombre que odia las distracciones y solo contrata mujeres "feas" para que no lo molesten.
Él no sabe su apellido. Ella no quiere que la vea.
Hasta que una gala lo obliga a romper las reglas. Sin lentes, sin el saco gris, Ana deja de ser "Asistente B" y se vuelve imposible de ignorar.
Ahora Dmitri no puede dejar de mirarla... y odia no entender por qué. Ella sigue luchando por su futuro. Él, por primera vez, está perdiendo el control.
Una historia de orgullo, máscaras y de dos personas que tienen que decidir si vale la pena arriesgarlo todo por ser vistos de verdad.
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CAPITULO 15 DESPUES
*Jueves. 2:17 PM. La cabaña. Afuera de Tornquist.*
El silencio era distinto.
No era el silencio incómodo del archivo piso -2. No era el silencio tenso del piso 48.
Era un silencio lleno.
Ana estaba sentada en el borde de la cama. Sacó gris tirado en una silla. Pelo suelto, enredado. Sin lentes. Los había dejado en la mesa, junto a su tablet que nadie había abierto.
Dmitri estaba de pie frente a la ventana. Espalda ancha. Camisa blanca abierta hasta la mitad. Mirando el bosque.
No hablaba.
Ana lo miraba. Por primera vez sin esconderse detrás del cristal.
—Dmitri —dijo su nombre. Bajito.
Él se giró. Lento.
Tenía la mandíbula tensa. Ojos oscuros. Pero cuando la vio, se le suavizó algo en la cara.
—Aquí —dijo él—. No hay “señor Volkov” aquí.
Ana asintió. Se abrazó a sí misma.
—Tengo frío —mintió.
Dmitri caminó hasta ella. Agarró una manta de lana de la silla. Se sentó a su lado. No pegado. A un metro. Respetando el espacio.
Le puso la manta sobre los hombros. Sus dedos rozaron su cuello un segundo más de lo necesario.
—Ahora no —dijo él.
Ella lo miró. Confundida.
—¿No qué?
—No tienes frío —dijo él honesto—. Tienes miedo. Y está bien tener miedo.
Ana soltó el aire. No sabía que lo estaba aguantando.
—Pensé... —empezó—. Pensé que después de esto iba a ser raro. O que te ibas a arrepentir.
Dmitri negó con la cabeza. Una vez. Firme.
—Lo único de lo que me arrepiento —dijo—. Es de todos los días que fingí que no te quería antes.
La frase le cayó encima. Pesada. Real.
Ana se tapó la cara con las manos un segundo. Cuando las bajó, tenía los ojos rojos.
—No llores —dijo él rápido. Pánico real en su voz—. Ana, por favor. No llores.
—No son lágrimas tristes —dijo ella—. Son... de susto. Porque nunca pensé que alguien como tú me miraría así.
Dmitri le tomó las manos. Entre las suyas. Grandes. Cálidas.
—Yo nunca pensé que alguien como tú me haría querer ser mejor —dijo—. Tú me miras y se me olvida que soy Volkov Industries. Me acuerdo que soy Dmitri. Un hombre.
Se quedaron así. Manos tomadas. Sin besarse. Sin hablar.
Por fuera, dos personas. Por dentro, todo cambiando.
*4:30 PM.*
El sol se metía por la ventana. Naranja.
Ana se había quedado dormida apoyada en su hombro. Sin querer.
Dmitri no se movió. No quiso despertarla.
Le pasó los dedos por el pelo. Despacio. Como si fuera algo frágil.
Ella se removió. Abrió los ojos.
—¿Cuánto dormí? —susurró, con voz ronca de sueño.
—Dos horas —dijo él—. No te moví.
Ana se incorporó. Se frotó los ojos. Se veía joven. Sin lentes, sin armadura.
—Deberíamos volver —dijo—. La empresa. Irina. Todos.
—Que esperen —dijo él. Y por primera vez en su vida, lo dijo y lo creyó—. Hoy no es de la empresa. Hoy es nuestro.
Se puso de pie. Le tendió la mano.
Ana dudó. Y la tomó.
La llevó a la cocina chica. Hizo café. De verdad. No el instantáneo de la oficina.
Le sirvió una taza. Negra. Como le gustaba a ella.
—¿Cómo sabes? —preguntó ella.
—Tres años sirviéndote café —dijo él—. Algo se aprende.
Se sentaron en la mesa de madera. Frente a frente.
Sin trajes. Sin títulos.
—Háblame de ti —dijo él—. De verdad. No la Asistente B.
Ana sostuvo la taza con las dos manos.
—Mi papá se fue cuando tenía nueve —dijo—. Mi mamá trabajó en dos turnos. Yo cuidaba a Masha. Por eso soy así. Gris. Invisible. Porque cuando eres invisible, nadie te hace daño.
Dmitri la escuchaba. Sin interrumpir. Sin mirar el teléfono.
—Y tú —dijo ella—. ¿Por qué eres tan... cerrado?
Él se rió. Sin ganas.
—Mi padre me enseñó que la gente se acerca por lo que tienes. No por quién eres. Entonces cerré todo. Para que nadie entrara.
La miró.
—Hasta ti —dijo—. Te metiste sin permiso.
Ana sonrió. Chiquito.
—Lo siento —dijo.
—No lo estés —dijo él. Y le robó un sorbo de su café.
*6:12 PM.*
Tenían que irse. El sol ya bajaba.
Ana se puso el saco. Se recogió el pelo. Pero no hizo el rodete tirante. Lo dejó medio suelto.
Los lentes se los puso. Pero los dejó en la mano un segundo antes.
—Déjalos —dijo Dmitri. Desde la puerta.
—En el trabajo los necesito —dijo ella.
—En el trabajo —dijo él—. Pero ahora no.
Ana lo miró. Y se los guardó en el bolsillo.
Salieron.
*7:45 PM. Tornquist. Su edificio.*
Dmitri frenó frente a la puerta. No apagó el motor.
—Mañana es viernes —dijo—. Último día de la semana.
—Lo sé —dijo ella.
—Y el lunes —dijo él—. Vuelves al piso 48. Como Asistente B.
Ana asintió.
—Pero —dijo él—. El lunes a las ocho en punto, cuando cierres la puerta de mi oficina, eres Ana. ¿Sí?
Ella lo miró.
—Sí —dijo—. Archivo cerrado.
Dmitri se inclinó. Le dio un beso. Corto. En la frente.
—Sube —dijo—. Descansa.
Ana abrió la puerta. Se bajó.
Antes de cerrar, se asomó.
—Dmitri —dijo.
—Qué.
—Gracias por no hacerme invisible hoy.
Cerró la puerta. Subió.
Él se quedó mirando su ventana encenderse en el tercer piso.
Y no se fue hasta que vio la luz apagarse.
*Viernes. 8:00 AM. Piso 48.*
Ana entró.
Sacó gris. Rodete tirante. Lentes enormes.
La armadura.
Pero caminaba distinto. No encogida. No escondida.
Dmitri llegó 8:02 AM.
Traje negro. Sin corbata.
—Buenos días, Asistente Beltrán —dijo. Profesional.
—Buenos días, señor Volkov —dijo ella. Igual.
Pasó a dejarle papeles. Sus dedos se rozaron.
Nadie lo vio.
Pero cuando se giró, Irina le pasó un post-it debajo de la carpeta.
Decía: `Te veo. Y te cubro. -I`
Ana lo apretó en la mano. Y sonrió. Detrás de los lentes.
Dmitri lo vio. Y por primera vez en un viernes, no odió que llegara el fin de semana.
Porque el fin de semana, era de ellos.
Archivo cerrado.
*Fin del Capítulo 15.* 1.284 palabras.
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