El huracán le quitó su casa, pero él le quitó su libertad. Esmeralda vive encerrada en una jaula de oro, prisionera del hombre que dice amarla. Entre mentiras, tormentas y secretos, deberá elegir: morir en silencio o destruir todo para ser libre. ¿El amor puede doler tanto como una prisión?
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18. LA VENGANSA DEL SUEGRO.
Emiliano cumplió.
El contrato del heredero era cenizas. Su padre tenía prohibida la entrada a la mansión. Y por primera vez en semanas, dormimos en la misma habitación.
No pasó nada. Solo dormir. Pero su brazo cruzado sobre mi cintura toda la noche fue la tregua más ruidosa que habíamos tenido.
Duró tres días.
Al cuarto día, mi teléfono explotó.
Notificaciones. Mensajes. Tags. De números que no conocía, de cuentas falsas, de portales de chismes.
“ESMERALDA GUTIÉRREZ: DE DEUDORA A CAZAFORTUNAS”
“FOTOS EXCLUSIVAS: LA ESPOSA DE LA ROSA EN EL CASINO DE SU PADRE LA NOCHE ANTES DE LA BODA”
“¿QUIÉN ES REALMENTE? VECINOS ASEGURAN QUE SU FAMILIA DEBE DINERO A PRESTAMISTAS”
Fotos mías. Viejas. De cuando mi mamá desapareció dejándome la deuda que pidió para las medicinas de mi abuela. Fotos de mi trabajo en ese casino para pagar lo que no pudo. Fotos sacadas de contexto.
Y un video. Granulado. De seguridad. Donde se me veía discutiendo con un hombre trajeado la semana antes de casarme con Emiliano.
El pie del video: “¿Negociando su precio con otro millonario antes de atrapar a de la Rosa?”
Era el abogado. Estábamos firmando el contrato prematrimonial. Pero nadie iba a leer la letra chica.
Mi nombre era tendencia. #Cazafortunas. #EsmeraldaMentirosa.
El teléfono me vibró en la mano. Un número desconocido.
Contesté.
“¿Te gusta tu fama, niña?”
Don Ricardo. Su voz, un ronroneo satisfecho.
“Te dije que la vida en esta casa podía ser peor”, continuó. “No aceptaste mis millones. Perfecto. Ahora veremos cuánto aguantas sin ellos. Sin dignidad. Sin mi hijo.”
“Eres un desgraciado”, escupí. Las lágrimas me ardían, pero no se las iba a dar.
“Soy un hombre que protege su legado”, me corrigió. “Mi hijo es débil. Tú lo hiciste débil. Así que te voy a quitar. Si no es por las buenas, será por las malas. Y créeme, Esmeralda… yo siempre gano.”
Colgó.
Corrí a buscar a Emiliano. Lo encontré en su despacho, con la cara enterrada en las manos. Su laptop abierta. Los mismos titulares en la pantalla.
“Emiliano”, mi voz se quebró.
Él levantó la vista. Y no vi furia. Vi dolor. Vi al niño de 8 años viendo los periódicos de su madre otra vez.
“Es mi padre”, dijo. No era pregunta. Era confirmación. “Dime que no es mi padre.”
No pude. Porque mentirle ahora era insultar su inteligencia.
“Es él”, admití. “Me ofreció dinero para irme. Le dije que no. Le puse condiciones. Y esta… esta es su respuesta.”
Esperé el grito. El “te lo dije”. El “eres igual que ella”.
Pero Emiliano se levantó. Lento. Como un depredador herido. Caminó hacia mí. Y en lugar de apartarme, me jaló contra su pecho.
Me abrazó. Fuerte. Como si yo fuera lo único real en un mundo de mentiras.
“Lo siento”, susurró contra mi cabello. “Siento que mi sangre sea tan venenosa. Siento que tengas que pagar por los pecados de mi familia.”
Me separé para verlo. “Emiliano, yo no…”
“No”, me cortó. Pero suave. “No digas nada. No te defiendas. No tienes que hacerlo. No conmigo. Nunca más.”
Sus ojos grises me buscaron. Y encontré algo nuevo. No hielo. No fuego.
Guerra.
“Él cree que puede romperte para romperme a mí”, dijo. Su pulgar me limpió una lágrima que no sabía que había caído. “Cree que si el mundo te odia, tú me vas a odiar. Que si te quedas sin nada, vas a correr a sus brazos por los 10 millones.”
Una sonrisa cruel, idéntica a la de su padre, le curvó los labios. Pero esta era para proteger, no para destruir.
“Se equivoca.”
Agarró su teléfono. Marcó un número. Puso altavoz.
“¿Señor de la Rosa?”, contestó su jefe de seguridad.
“Cancela todas mis citas”, la voz de Emiliano era de titanio. “Congela las cuentas de mi padre. Todas. Las personales, las de la fundación, las de las empresas fantasma en Panamá. Quiero una auditoría. Si encuentras un centavo fuera de lugar, lo quiero en la cárcel antes del atardecer.”
Pausa. Al otro lado, silencio.
“Señor… ¿Está seguro? Es don Ricardo…”
“Ya no”, lo cortó Emiliano. Sus ojos no se apartaron de los míos. “Desde hoy, el único de la Rosa que da órdenes aquí soy yo. Y mi primera orden es proteger a mi esposa.”
Colgó.
El silencio que siguió fue ensordecedor.
“Emiliano… tu empresa… tu legado…”, empecé.
“Mi legado”, me tomó la cara entre las manos, “eres tú. Lo entendí en el ático. Lo confirmé cuando quemé ese contrato. Y lo voy a demostrar ahora.”
Se inclinó. Me besó la frente. Un juramento.
“Le declaró la guerra a mi padre por ti, Esmeralda. Y a diferencia de él… yo no pierdo.”
En ese momento, mi teléfono volvió a sonar. Otro número desconocido.
Contesté en altavoz. Con Emiliano pegado a mí.
“¿Sí?”
“Señora de la Rosa”, una voz femenina, profesional. “Le hablo de la Revista H. Queremos su versión de la historia. Pagamos 2 millones por la exclusiva. Sin fotos. Sin edición. Su verdad.”
Emiliano y yo nos miramos.
Don Ricardo quería enterrarme.
Acababa de darnos una pala. Y 2 millones.
“¿Señora de la Rosa?”, repitió la voz. “¿Acepta?”
Emiliano sonrió. De verdad. Por primera vez en capítulos.
Y yo le devolví la sonrisa.
“Prepárense”, le dije a la revista. “Porque voy a contar TODO.”