Un acuerdo que no eligió. Un desconocido que debe aceptar. Y un lazo que el tiempo ni la muerte pudieron romper.
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CAPÍTULO 13 Pequeños detalles que dicen más que mil palabras
Los días fueron pasando poco a poco, y mi salud mejoraba notablemente.
Ya podía caminar por toda la casa sin cansarme tanto, ya no sentía ese peso terrible en el pecho al respirar, y los médicos habían dicho que la recuperación iba mejor de lo esperado.
Pero si algo había cambiado de verdad, era la forma en que Damián se comportaba conmigo.
Ya no era solo órdenes secas y miradas serias; ahora había una atención constante, una vigilancia cariñosa que me hacía sentir protegida como nunca antes lo había sentido.
Esa tarde, me senté un momento en el porche viendo jugar a los niños en el jardín.
El aire fresco me sentaba muy bien y me ayudaba a limpiar los pulmones, pero de repente sentí que un escalofrío me recorría el cuerpo.
Antes de que pudiera moverme o decir algo, ya sentí una chaqueta gruesa y caliente sobre mis hombros.
—Te dije que no te expusieras al viento sin abrigarte —me dijo con su tono habitual, pero con mucho cuidado al acomodar la prenda alrededor de mí—.
No quiero que te vuelvas a enfermar ni por un descuido tonto.
Me quedé mirándolo sorprendida.
Antes él me habría dicho que entrara ya mismo sin más, sin detenerse a cubrirme primero.
—Gracias —le dije bajito, sintiendo cómo se me llenaban los ojos de lágrimas por la emoción.
Él asintió sin mirarme mucho, pero se quedó de pie a mi lado, con los brazos cruzados, vigilando que estuviera bien y que el viento no me molestara.
—No tienes que agradecerme —murmuró casi para sí mismo—.
Es mi deber cuidarte.
Pero yo sabía que ya no era solo un deber.
Había algo más profundo, algo que él intentaba ocultar detrás de su seriedad.
Más tarde, cuando llegó la hora de la cena, él se sentó a mi lado como siempre hacía ahora.
Me sirvió lo mejor de la comida, me vigiló que comiera bien y hasta les pidió a los niños que hablaran más despacio y no hicieran tanto ruido si veían que yo me quedaba callada o cansada.
—Si mamá cierra los ojos o se toca el pecho, me avisan a mí de inmediato —les dijo a Cristian y Alana con mucha seriedad—.
Ella necesita mucha calma para ponerse buena del todo.
Después de cenar, los niños se fueron a dormir tras darme un beso muy suave, y nos quedamos solos en la sala.
Damián apagó la luz principal y dejó encendida solo una pequeña lámpara, se sentó cerca de mí y se quedó callado un buen rato, como si estuviera buscando las palabras justas.
—He estado pensando mucho estos días —empezó a decir despacio, mirando sus propias manos—.
Antes... antes yo creía que ser esposo era solo proveer dinero, poner orden en la casa y exigir respeto.
Creía que cumplía con mi deber si nadie nos faltaba nada material.
Pero verte así, tan débil, tan cerca de irte para siempre y sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo... me hizo entender que me faltaba lo más importante de todo.
Me miró a los ojos y por primera vez vi en ellos algo que nunca había visto: vulnerabilidad y miedo.
—Me di cuenta de que no sirve de nada tener todo controlado si pierdo lo que más importa.
Y tú... tú eres lo que más importa ahora.
No sé cómo pasó, ni cuándo ocurrió, pero sé que no puedo imaginar mi vida sin ti.
No supe qué responder.
Mi corazón latía muy fuerte, golpeando contra mis costillas.
—Damián... —susurré con la voz entrecortada.
—No digas nada todavía —me interrumpió suavemente, poniendo un dedo sobre mis labios—.
Solo quiero que sepas que las cosas han cambiado para siempre.
Ya no hay tratos, ni distancias, ni excusas.
Estoy aquí, y voy a estar aquí, pase lo que pase, hasta el final.
Se acercó un poco más y me tomó la mano con una suavidad infinita, entrelazando sus dedos con los míos.
—Descansa, mi vida.
Mañana seguiremos caminando juntos, paso a paso.
Y así, entre sus palabras firmes y sus gestos tiernos.
entendí que ese hombre que había sido tan duro y distante conmigo, ahora estaba aprendiendo a amar de verdad, aunque le costara mucho demostrarlo en voz alta.