Estoy comprometida con Sebastián Salvatierra. El problema es que el único hombre que todavía sabe cómo hacerme perder el control es Gael, su medio hermano… y mi exnovio.
Tres años atrás abandoné a Gael sin despedirme y desaparecí de su vida. Creí que un heredero como él no tardaría en olvidarme.
Me equivoqué.
Para pagar el tratamiento de mi abuela, acepté un compromiso por conveniencia con Sebastián Salvatierra. No había amor entre nosotros, solo un acuerdo que beneficiaba a nuestras familias. Todo debía ser sencillo.
Hasta que Gael regresó de Estados Unidos la noche de nuestra fiesta de compromiso.
Ahora estudia en mi universidad, controla cada lugar al que intento escapar y disfruta llamándome cuñadita mientras se acerca demasiado. Dice que solo quiere vengarse por haberlo abandonado, pero sus manos, sus celos y la forma en que todavía recuerda cada reacción de mi cuerpo cuentan una historia diferente.
Sé que debería mantenerme lejos.
Sé que pertenece a la misma familia del hombre con quien voy a casarme.
Pero cada vez que Gael me toca, recuerdo que antes de convertirme en la prometida de un Salvatierra, fui completamente suya.
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Capítulo 1
Capítulo 1
—Baja la voz. ¿Quieres que tu futuro marido te oiga?
Tenía la espalda contra el enorme cristal de visión unilateral. El pecho firme y ardiente del hombre se pegaba a mí a través de la tela fina del vestido, quemándome hasta dejarme las piernas flojas.
—No…
Me mordí el labio inferior con tanta fuerza que sentí el sabor metálico de la sangre. Al otro lado del cristal estaba mi prometido, ajeno a todo, mientras yo luchaba por contener el gemido vergonzoso que amenazaba con escapárseme.
El sudor resbaló desde mi barbilla. Apoyé las manos contra el vidrio, con los dedos pálidos por la fuerza, porque de otro modo habría terminado en el suelo.
—Por favor… no haga esto.
Giré apenas la cabeza y, entre la bruma que me nublaba los ojos, por fin reconocí al hombre que estaba detrás de mí.
Gael Salvatierra.
Mi exnovio.
—Te fuiste sin despedirte, mi niña buena. Me obligaste a buscarte durante mucho tiempo.
Su voz sonaba exquisitamente cortés. Sus labios, en cambio, estaban pegados a la punta de mi oreja.
Al instante siguiente, me sujetó la barbilla con una mano y me obligó a mirar al hombre que seguía al otro lado del cristal.
La mirada de Gael se volvió helada.
—Me abandonaste para comprometerte con otro. Dime, preciosa, ¿cómo debería castigarte?
Sus labios mordisquearon la punta enrojecida de mi oreja. La mano grande, recorrida por venas tensas, se deslizó con una familiaridad insoportable por el interior de mi muslo tembloroso. Cada movimiento llevaba una provocación imposible de describir.
Un gemido suave se me escapó mientras echaba la cabeza hacia atrás. Mi cuerpo se encogió por instinto; mantuve el vientre tenso y no me atreví a moverme.
Ya no soportaba aquella tortura.
—¿Qué quieres hacerme? —pregunté, mordiendo mis labios temblorosos.
—Hacerte el amor.
Gael pronunció cada palabra con una claridad brutal.
Dejó de contenerse y se apoderó de mi boca. Me besó con fuerza, mordiendo mis labios como si quisiera devorarme por completo.
—Parece que tu cuerpo me extrañó tanto como yo a ti, bebé.
Su voz baja y seductora me rozó el oído. Las yemas de sus dedos descendieron hasta mi vientre agitado y lo acariciaron despacio.
—¿Qué tan excitante sería acostarme contigo delante de tu prometido?
Después, junto a mi oído, añadió con una lentitud perversa:
—Cuñadita.
…
La voz de Sebastián me devolvió al salón de la fiesta.
Me quedé rígida, con los dedos temblando alrededor de la copa. Había vuelto a recordar el sueño de la noche anterior, un sueño tan indecente que todavía podía sentirlo en el cuerpo: la cintura adolorida, las piernas débiles, la piel demasiado sensible.
Con solo evocarlo, el calor regresó a mi vientre.
¿Por qué?
No sabía si aquellas reacciones se debían al sueño o al hombre que me había poseído dentro de él.
Gael…
—Bebé.
Mi prometido me tendió una copa de vino tinto. Sebastián Salvatierra era alto, elegante y siempre parecía amable cuando bajaba la mirada hacia mí.
—Mi hermano regresa hoy de Estados Unidos. Te lo presentaré en cuanto llegue.
Sebastián acababa de asumir la dirección de una filial del Grupo Salvatierra. Aquella noche celebraba su cumpleaños número veintisiete y, al mismo tiempo, la familia anunciaría oficialmente nuestro compromiso.
Los Salvatierra le daban tanta importancia al evento que incluso el hijo menor había viajado desde Estados Unidos para asistir.
Acepté la copa con cuidado.
—Está bien.
Nunca le había oído decir que tuviera un hermano.
Aunque tampoco era extraño. Sebastián y yo apenas nos conocíamos. Nuestro compromiso era un acuerdo entre familias y él no tenía motivos para contarme los asuntos privados de los Salvatierra.
Di un sorbo pequeño antes de preguntar:
—¿Tienes un hermano?
Sebastián soltó una risa breve.
—Medio hermano. Desde niño hace lo que se le da la gana. En Estados Unidos nadie ha podido controlarlo.
Era mexicano-estadounidense. Su madre ocupaba un escaño en el Congreso de Estados Unidos y la familia materna pertenecía a la vieja élite de la Costa Este. Había nacido rodeado de dinero, influencia y poder.
Un genio de la física admitido de manera excepcional en Harvard. Campeón de Fórmula 2 a los diecisiete años, además de ganador de medallas en voleibol, equitación y tiro deportivo.
—Tiene todo lo que alguien podría desear y, aun así, es insoportable —comentó Sebastián—. A los dieciséis se peleó por una chica y mandó a un tipo al hospital durante meses. Alegó que aquel hombre había acosado a su novia y, gracias al poder de su familia, consiguió que terminara en prisión.
Se me helaron los dedos alrededor de la copa.
—A los dieciocho —continuó—, esa misma novia dijo que le gustaba el premio de una competencia de escalada. Él fue, ganó y se destrozó la muñeca. Ya no pudo volver a competir como piloto. Una lástima.
Pero yo recordaba perfectamente lo que Gael había dicho entonces:
*Todo lo que quiera mi princesa se lo entregaré con mis propias manos.*
Sebastián siguió hablando sin advertir que yo temblaba de pies a cabeza.
Conocía demasiado bien cada una de aquellas historias.
—Hermano.
Una voz clara y fría sonó detrás de nosotros.
Solo fue una palabra, pero el corazón se me contrajo.
En mi sueño, aquel hombre también me había llamado *cuñadita*.
Sebastián interrumpió su relato y se volvió con una sonrisa.
—Llegaste rápido. No hiciste esperar demasiado a tu futura cuñada.
—Mmm.
La respuesta sonó indiferente. Sin embargo, sentí una mirada clavarse en mi espalda rígida.
Sebastián pareció acordarse por fin de las presentaciones.
—Ven. Quiero que conozcas a tu futura cuñada.
Los pasos se aproximaron.
Apreté la copa con tanta fuerza que los dedos se me pusieron blancos. Mantuve la cabeza baja hasta que unos zapatos de suela roja se detuvieron frente a mí.
El hombre estaba a contraluz. Medía cerca de un metro noventa, con hombros anchos y piernas largas. Su sombra me cubrió por completo.
El cabello plateado llamaba la atención de inmediato. Sus ojos azul claro, profundos y misteriosos, tenían una inclinación naturalmente seductora. Vestía un traje impecable, pero ni la ropa formal conseguía ocultar la arrogancia salvaje que llevaba en el cuerpo.
Gael Salvatierra siempre parecía indomable.
Y, aun así, una vez había perdido contra su exnovia.
Cuando me atreví a mirarlo, aquellos ojos conocidos y opresivos me dejaron sin aire.
El rostro que un instante antes pertenecía a un sueño erótico apareció ante mí como una pesadilla.
Gael Salvatierra: el niño dorado de la élite política estadounidense.
Mi exnovio.
Y el medio hermano de mi actual prometido.
—Valeria, él es Gael —dijo Sebastián, sin notar nada extraño entre nosotros.
Abrí los labios, pero no conseguí pronunciar palabra. Las imágenes vergonzosas del sueño volvieron a mi cabeza y terminé bajando la mirada, con los ojos ardiendo.
Entonces oí una risa baja.
Gael metió las manos en los bolsillos. Una sonrisa indescifrable curvó sus labios mientras alargaba deliberadamente la palabra:
—Cuñadita…
***
Era un tratamiento respetuoso, pero en su boca sonaba a pecado.
Gael estiró la última sílaba con una pereza provocadora. La palabra quedó suspendida entre los dos, cargada de peligro, como si estuviera jugando con los latidos desbocados de mi corazón.
Era insufrible.
Yo siempre había sido la hija obediente. Lo más atrevido que había hecho en mi vida fue salir con él a escondidas cuando éramos adolescentes. No sabía cómo enfrentar un coqueteo tan descarado, y mucho menos uno que convertía mi compromiso en algo prohibido.
Aparté la mirada.
—Ho… hola.
Tres años sin verlo. Tres años sin oír su voz.
Y lo único que pude ofrecerle fue aquel saludo distante.
Gael soltó una risa seca.
Con las manos todavía en los bolsillos del pantalón, se inclinó hacia mí y utilizó su cuerpo para bloquear la vista de Sebastián.
—Crecí en Estados Unidos, cuñadita —murmuró con una voz grave y tentadora—. La primera vez que conoces a alguien deberías saludarlo con un beso en la mejilla.
Por supuesto que conocía esa costumbre. Pero aquello no era un saludo normal, y Gael jamás había necesitado una excusa de etiqueta para acercarse a alguien.
—No digas cosas tan raras…
Apoyé una mano en su pecho para impedir que siguiera acercándose. Tenía la cara ardiendo.
Él se enderezó con lentitud y dejó escapar una risa satisfecha.
No parecía sentir la menor culpa por coquetear con la prometida de su hermano. Al contrario, adoptó un tono lastimero.
—Sebastián, creo que tu prometida no me quiere.
Sebastián no había visto nada porque Gael le tapaba por completo el ángulo.
—Valeria es tímida —bromeó—. Tal vez la intimidaste por ser demasiado guapo.
Había demasiados herederos disputándose el Grupo Salvatierra. Sebastián necesitaba el respaldo de su poderoso medio hermano y estaba dispuesto a complacerlo.
La sonrisa desafiante de Gael se acentuó.
—Entonces, ¿crees que llegará a quererme?
La pregunta sonó juguetona, pero reconocí la parte de sinceridad que escondía.
Me mordí el labio y guardé silencio. Entendía perfectamente lo que estaba insinuando. Yo ya estaba comprometida; mis límites no me permitían responderle como él quería.
Sebastián perdió la paciencia.
—Contéstale —me ordenó en voz baja—. ¿Te comió la lengua el gato? No estás en posición de ofender a Gael Salvatierra.
Había bajado la voz, pero Gael lo oyó.
Sus cejas se contrajeron. Los ojos azules se oscurecieron como agua profunda. Nadie había insultado delante de él a la mujer que una vez había protegido por encima de todo.
Gael bajó la mirada y acomodó con calma uno de sus gemelos. El gesto elegante resultaba más amenazante que un golpe.
Antes de que la situación empeorara, levanté la cabeza. Tenía los ojos húmedos y sabía que mi voz iba a temblar.
—Sí me agrada.
La expresión sombría de Gael desapareció.
No importaba que me hubieran presionado para decirlo. Aquellas palabras bastaron para encenderle los ojos. Durante un segundo, toda la rabia acumulada por nuestra ruptura pareció desvanecerse.
Con un brillo peligroso y feliz, movió los labios sin emitir sonido:
*Esta vez no vuelvas a escapar, bebé.*
Me sobresalté. La copa resbaló entre mis dedos y el vino tinto cayó sobre mi vestido.
La falda blanca quedó empapada.
—Lo siento.
Tomé varias servilletas y traté de secarla. El vestido costaba una fortuna y sabía que Sebastián me reclamaría.
—¿Cómo puedes ser tan descuidada? ¿Sabes cuánto cuesta…?
—Que suba a cambiarse al salón privado —lo interrumpió Gael.
Su tono no admitía discusión, pero tampoco contenía reproche. Para él, aquel vestido caro no significaba nada.
—Gracias.
Pasé junto a él para marcharme. Un mechón de mi cabello se enredó por accidente en sus dedos y el contacto fue tan leve que fingí no notarlo.
Cuando Valeria se alejó, Gael observó la punta de sus dedos, donde todavía parecía quedar algo de su calor. Bajó la cabeza y los besó. Una obsesión oscura cruzó su rostro.
—Mi niña buena no me extrañó ni un poco.
La mujer cruel que lo había abandonado merecía un castigo.
***
—Señorita Montes, es por aquí.
Una empleada me condujo hasta el salón privado más grande del segundo piso. La placa de la puerta no tenía nombre, así que no sabía a quién pertenecía.
—Gracias.
Entré y cerré la puerta.
En cuanto me quedé sola, todas mis defensas se derrumbaron. Me apoyé contra la madera y resbalé lentamente hasta quedar sentada en el suelo.
¿Cómo podía ser Gael el hermano de mi prometido?
Mi exnovio.
El muchacho arrogante que había gobernado nuestro exclusivo internado en Estados Unidos; el que fumaba, se peleaba y hacía lo que quería porque nadie se atrevía a enfrentarlo.
Todos decían que Gael era intocable.
Y, aun así, su novia obediente había terminado con él de un día para otro, sin explicación.
Si había regresado de repente, seguramente buscaba vengarse.
Solo pensarlo me hizo temblar. Nunca debí acercarme a él.
Había creído que un heredero rodeado de mujeres jamás se acordaría de una exnovia tan insignificante como yo.
—Señorita Montes —avisó la empleada desde el pasillo—, el vestido está listo dentro del salón.
Aquello me devolvió al presente.
Bajo las luces había un vestido blanco con silueta de novia.
—Ya lo vi. Gracias.
No podía permitirme tener miedo. Ahora era la prometida de Sebastián y debía representar bien mi papel para conseguir el dinero del tratamiento de mi abuela.
Mi vida en aquel internado estadounidense había quedado atrás.
Respiré hondo y me acerqué al vestido expuesto frente al ventanal. Las luces se quebraban en los pequeños cristales bordados sobre la falda. El diseño barroco era elegante, romántico y evidentemente carísimo.
Acaricié la tela suave.
Quien lo había encargado debía haber puesto mucho cuidado en cada detalle.
¿Lo habría preparado para la mujer que amaba?
La puerta se abrió de pronto.
Gael entró como si tuviera todo el derecho del mundo. Hizo girar el seguro con sus dedos largos.
El clic de la cerradura me hizo retroceder.
—¿Cómo entraste? —pregunté, abriendo mucho los ojos.
¡Yo iba a cambiarme allí!
Gael levantó la tarjeta magnética que sostenía entre los dedos. Su mirada recorrió sin disimulo mi cuello desnudo y una sonrisa juguetona apareció en su boca.
—Bebé, este salón es mío.