Pamela, orgullosa y arrogante, humilla en público al señor Fitwilliam, un supuesto “hombre viejo” que resulta ser un multimillonario frío, poderoso y mucho más peligroso de lo que aparenta.
Como castigo, su padre la obliga a casarse con él.
Ahora vive atrapada en un matrimonio forzado con el hombre al que despreciaba… y al que desafía a cada instante. Pero Fitwilliam no es de los que pierden el control. Ni de los que olvidan.
Entre orgullo y poder, solo una cosa es segura: uno de los dos terminará cayendo primero.
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capitulo 15: La orden de Maximiliano
Maximiliano se acercó un poco más a ella, sin apartar la mirada de sus ojos.
Su voz sonó firme y autoritaria.
—Y será mejor que lo entiendas de una vez porque no pienso repetirlo. No vuelvas a entrar a mi despacho sin mi permiso y mucho menos a cambiar algo que me pertenece.
Pamela rodó los ojos con evidente fastidio.
—Qué exagerado eres.
—No estoy exagerando —replicó él sin alterar la voz—. Te estoy advirtiendo.
Ella soltó un suspiro dramático.
—Bueno, ya entendí. Tus cosas son sagradas. Tu despacho es sagrado. Tus paredes oscuras son sagradas.
Maximiliano ignoró el comentario.
—Y ya que según tú esta casa es tan aburrida y no tienes nada mejor que hacer que meterte en problemas, encontré una solución.
Pamela arqueó una ceja.
—Ahora tengo curiosidad.
—Desde mañana trabajarás conmigo en la empresa.
La sonrisa de Pamela desapareció.
—¿Perdón?
—Escuchaste bien.
—No.
—Sí. Estudiaste marketing y publicidad. Revisé tu expediente antes de casarnos.
Pamela lo miró sorprendida.
—¿Revisaste mi expediente?
—Y descubrí que tienes una carrera que no estás usando.
Se cruzó de brazos.
—Así que desde mañana trabajarás en Santorini Group.
Pamela soltó una risa incrédula.
—¿Eso es un trabajo o un castigo?
—Llámalo como quieras. Pero si vuelvo a escucharte decir que te aburres, al menos será después de una jornada laboral.
Maximiliano la miró una última vez.
—Mañana estarás lista a las siete en punto. No me gusta esperar a nadie.
Sin darle oportunidad de responder, se dio media vuelta y salió de la habitación.
La puerta se cerró detrás de él.
Pamela se quedó mirando el lugar por unos segundos.
Luego se dejó caer sentada sobre la cama, claramente fastidiada.
—Qué infierno, Dios mío... —murmuró, pasándose una mano por el cabello.
Hizo una mueca recordando la actitud autoritaria de Maximiliano.
—Y qué imponente es el viejo gruñón cuando se pone en modo jefe.
Resopló.
Pero poco a poco una sonrisa traviesa apareció en sus labios.
—¿Trabajar en su empresa?
Se cruzó de brazos.
—Está bien... si eso es lo que quiere, lo haré.
La sonrisa se hizo más amplia.
—Ya veremos quién termina arrepintiéndose.
Teresa, que había escuchado gran parte de la conversación desde el pasillo, se acercó en cuanto vio a Maximiliano salir de la habitación de Pamela.
Aunque por dentro estaba satisfecha, procuró no demostrarlo.
—Maximiliano, espera —lo llamó.
Él se detuvo y la miró.
—¿Qué ocurre?
—¿Quieres que mañana llame a alguien para que vuelva tu despacho a como estaba antes?
Maximiliano permaneció en silencio unos segundos.
La sola idea de entrar nuevamente y ver todos aquellos cambios seguía molestándolo.
Apretó la mandíbula.
—No, Teresa.
—Pero...
—Me encargaré yo mismo de eso.
Su tono no admitía discusión.
—Y no quiero hablar más del tema.
Teresa asintió en silencio.
—Como quieras.
Maximiliano siguió caminando hasta llegar a su despacho.
Abrió la puerta y entró.
Sus ojos recorrieron una vez más las paredes, los muebles y cada cambio que Pamela había hecho.
Resopló con cansancio.
Cerró la puerta detrás de sí, se dirigió a su escritorio y se dejó caer en el sillón.
Apoyó la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos por unos segundos.
—Esa mujer va a volverme loco... —murmuró entre dientes.
soltó un largo suspiro, intentando recuperar la calma después de aquella agotadora discusión.
Luego se levantó del sillón y comenzó a caminar por el despacho. Su mirada recorrió lentamente cada rincón del lugar, observando los cambios que Pamela había hecho.
Se sentía molesto. Muy molesto.
Sin embargo, por alguna razón que no lograba comprender, no ordenó de inmediato que todo volviera a ser como antes.
Era extraño.
Una parte de él quería deshacerse de aquella decoración en ese mismo instante, pero otra parecía resistirse a hacerlo.
Aquella sensación de indecisión le resultaba incómoda.
Después de todo, durante años había sido un hombre acostumbrado a tomar decisiones sin vacilar.
Y ahora se encontraba allí, contemplando un despacho que ya no reconocía del todo, sin saber por qué no era capaz de devolverlo inmediatamente a su estado original.
A la mañana siguiente, Pamela se despertó de mal humor.
No había dormido mucho. Entre la discusión con Maximiliano y la idea de tener que acompañarlo a la empresa, había pasado buena parte de la noche dando vueltas en la cama.
Finalmente se levantó, se arregló y eligió la ropa que siempre le gustaba usar, sin preocuparse por si encajaba o no con el ambiente corporativo de Santorini Group.
Una vez estuvo lista, se colocó frente al espejo y observó su reflejo durante unos segundos.
Una sonrisa traviesa apareció en sus labios.
—Ya verás, viejo gruñón... —murmuró con confianza.
Luego tomó su bolso y salió de la habitación dispuesta a enfrentar su primer día en la empresa.