Él fue su primer amor. Ella fue quien arruinó su sueño. Años después, se reencuentran en la universidad y la guerra entre ellos está lejos de haber terminado. Lo que ninguno esperaba era que detrás del odio siguieran existiendo sentimientos imposibles de olvidar.
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Domingo de mala suerte
Bella tenía resaca.
No una resaca terrible.
No una de esas que aparecen en películas.
Pero sí una lo suficientemente molesta como para hacerle cuestionar todas las decisiones que había tomado la noche anterior.
Incluyendo existir.
—Nunca más.
Murmuró enterrando la cara en la almohada.
—Eso dijiste hace tres horas.
Bella levantó la cabeza.
Nora estaba sentada en su escritorio.
Comiendo cereal.
Demasiado feliz para ser una persona decente.
—Lo digo en serio.
—Claro.
—Jamás volveré a tomar alcohol.
—Ajá.
—Ni una gota.
—Te daré dos semanas.
—Traidora.
Por suerte era domingo.
No tenía clases.
No tenía prácticas.
No tenía exámenes.
Y milagrosamente estaba al día con todas sus materias.
Así que podía descansar.
O al menos intentarlo.
Pero después de pasar una hora dando vueltas en la cama decidió rendirse.
Necesitaba café.
Urgentemente.
Muchísimo café.
—Voy por un café.
—Tráeme una dona.
—Paga tú.
—Jamás.
Veinte minutos después Bella caminaba hacia el estacionamiento.
El cielo seguía nublado.
El aire era fresco.
Y el campus estaba mucho más tranquilo de lo habitual.
Perfecto para un domingo.
Llegó hasta su auto.
Abrió la puerta.
Entró.
Giró la llave.
Nada.
Bella parpadeó.
Volvió a intentarlo.
Nada.
—No.
Giró nuevamente.
El motor hizo un ruido extraño.
Y murió.
—No.
Otra vez.
—NO.
Nada.
Absolutamente nada.
Bella dejó caer la cabeza sobre el volante.
Porque claramente el universo había decidido seguir castigándola.
—¿Problemas?
Una voz masculina apareció detrás de ella.
Bella levantó la cabeza.
Y por suerte no era Scott.
Porque realmente no tenía energía para lidiar con Scott.
Era alguien que nunca había visto.
Un chico alto.
Cabello oscuro.
Ojos marrones.
Llevaba una sudadera universitaria y una caja de herramientas en la mano.
—Mi auto murió.
—Veo eso.
—Lo dices como si fuera algo normal.
—Estudio ingeniería mecánica.
—Ah.
—Para mí es bastante normal.
Bella salió del vehículo.
El desconocido observó el motor.
Luego el tablero.
Luego otra vez el motor.
—¿Puedo?
—Adelante.
—Prometo no robarlo.
—Vale más mi café pendiente que este auto.
El chico soltó una carcajada.
—Soy Ethan.
—Bella.
—Mucho gusto, Bella.
—Ojalá fuera mutuo.
—¿Tan malo es tu día?
—Estoy sobreviviendo a una resaca.
—Ah.
—Exactamente.
Ethan parecía divertido.
Demasiado divertido.
Después de unos minutos abrió el capó.
Revisó algunas cosas.
Movió otras.
Y finalmente suspiró.
—Tengo buenas y malas noticias.
—Empieza por las buenas.
—No explotará.
—Gracias.
—Por ahora.
—ETHAN.
—Estoy bromeando.
Bella lo miró con sospecha.
—La mala noticia.
—La batería murió.
—¿Completamente?
—Completamente.
—Fantástico.
Ethan cerró el capó.
—Necesitarás ayuda.
—¿Cuánta ayuda?
—Más de la que puedo darte solo.
Bella suspiró.
Miró el cielo.
Miró su auto.
Y luego volvió a mirarlo.
—Bueno.
—Bueno.
—Supongo que mi café tendrá que esperar.
—O podemos ir caminando.
Bella parpadeó.
—¿Qué?
—La cafetería está a diez minutos.
—¿Estás invitándome a tomar café?
—Estoy evitando que una estudiante con resaca ataque un vehículo inocente.
Bella terminó riéndose.
Por primera vez en toda la mañana.
Y justo cuando estaban comenzando a caminar…
Ninguno notó a cierta persona observándolos desde el otro lado del estacionamiento.
Scott Carter.
Que acababa de salir de un entrenamiento temprano.
Y que por alguna razón sintió una incomodidad extraña al ver a Bella sonriendo junto a un chico desconocido.
Una incomodidad que definitivamente no quería analizar.