En una ciudad donde cada persona nace con un reloj invisible que marca el tiempo que le queda de vida, Akira, un joven reservado de 18 años, descubre que una misteriosa chica llamada Hana tiene algo imposible: su reloj está detenido.
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El Precio de los Recuerdos
Las palabras de Hana quedaron suspendidas en el aire.
—Morí hace doce años.
Akira permaneció inmóvil.
El viento agitaba sus cabellos mientras el sol descendía lentamente detrás de los edificios.
Por más que intentara negarlo, sabía que decía la verdad.
Los recuerdos habían comenzado a regresar.
Pequeños fragmentos.
Pedazos de una historia que alguna vez había formado parte de su vida.
Y que inexplicablemente había olvidado.
—¿Por qué no te recuerdo? —preguntó finalmente.
Hana bajó la mirada.
—Porque así debía ser.
—¿Qué significa eso?
—Después del accidente... hiciste una promesa.
Akira sintió un escalofrío.
—¿Qué promesa?
Las lágrimas aparecieron en los ojos de Hana.
—Me pediste que no me fuera.
El corazón de Akira se aceleró.
—No entiendo.
—Aquella noche estabas conmigo cuando caí al río.
Intentaste salvarme.
Corriste.
Gritaste.
Lloraste.
Pero no pudiste hacerlo.
La voz de Hana tembló.
—Y cuando encontraron mi cuerpo... no aceptaste que había muerto.
El silencio cayó entre ambos.
Algo dentro de Akira comenzó a doler.
Como si una herida muy antigua estuviera abriéndose nuevamente.
Otra imagen apareció en su mente.
Un hospital.
Lágrimas.
Una pequeña pulsera rota.
Y él.
Aferrándose a una fotografía mientras repetía un nombre.
Hana.
Hana.
Hana.
Una y otra vez.
Akira cayó de rodillas.
La cabeza le daba vueltas.
—¿Qué me pasa?
—Tus recuerdos están regresando.
—¿Por qué ahora?
Hana observó el horizonte.
—Porque mi tiempo se está acabando.
Aquellas palabras hicieron que Akira levantara la vista.
—¿Qué quieres decir?
Ella tardó varios segundos en responder.
Como si temiera pronunciarlo.
—No debería estar aquí.
—...
—Las almas que permanecen demasiado tiempo terminan desapareciendo para siempre.
Akira sintió un vacío en el pecho
—¿Desapareciendo?
—Sin cielo.
Sin reencarnación.
Sin recuerdos.
Nada.
Absolutamente nada.
Por primera vez desde que la conocía, Hana parecía aterrorizada.
No por estar muerta.
No por el pasado.
Sino por lo que estaba a punto de ocurrir.
—Solo regresé porque existía un vínculo incompleto entre nosotros.
—¿Cuál?
Una lágrima recorrió su mejilla.
—Tu promesa.
El reloj de la iglesia marcó las seis y media.
Treinta minutos.
Solo treinta minutos antes de que ella volviera a desaparecer.
Akira comenzó a comprenderlo.
Todos aquellos encuentros.
Las desapariciones.
Las respuestas evasivas.
Todo tenía sentido.
Hana estaba luchando contra el tiempo.
—Entonces encontraremos una forma de salvarte.
Ella sonrió con tristeza.
—No existe.
—Tiene que existir.
—No.
—¡Sí!
El grito resonó sobre el puente.
Hana se sobresaltó.
Akira apretó los puños.
—Te encontré otra vez.
No pienso perderte.
No ahora.
No después de todo esto.
Las lágrimas comenzaron a llenar los ojos de Hana.
—Siempre fuiste igual.
—¿Qué?
—Siempre intentabas protegerme.
Incluso cuando eras pequeño.
Akira sintió cómo otro recuerdo regresaba.
Dos niños sentados sobre una colina.
Observando fuegos artificiales.
—Cuando seamos grandes seguiremos juntos.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
—¿Aunque pase mucho tiempo?
—Aunque pasen cien años.
La imagen desapareció.
Pero la emoción permaneció.
Era real.
Aquella promesa había existido.
Y por primera vez comprendió algo.
No solo había olvidado a Hana.
También había olvidado una parte de sí mismo.
El reloj marcó las seis cuarenta y cinco.
Hana comenzó a volverse ligeramente transparente.
Akira lo notó de inmediato.
—No.
Ella sonrió.
—Todavía faltan quince minutos.
—No me importa.
No quiero verte desaparecer.
Los ojos de Hana se humedecieron.
—Akira...
—Voy a encontrar una solución.
Lo juro.
—No puedes prometer eso.
—Puedo.
Porque esta vez pienso cumplirlo.
Por primera vez desde que volvió a verlo, Hana lloró abiertamente.
No de tristeza.
No de miedo.
Sino de esperanza.
Una esperanza que había creído perdida durante doce años.
Y mientras el último resplandor del atardecer iluminaba el puente, ninguno de los dos notó que alguien los observaba desde la distancia.
Una figura vestida de negro.
Inmóvil.
Oculta entre las sombras.
Observándolos.
Esperando.
Como si supiera exactamente quién era Hana.
Y por qué había regresado.