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Cenizas Bajo La Piel

Cenizas Bajo La Piel

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Venganza / Romance / Completas
Popularitas:599
Nilai: 5
nombre de autor: Eliany Justo

Una historia de amor, odio y venganza

NovelToon tiene autorización de Eliany Justo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Héctor sabe

Cap 15

El sol entraba a rachas por la ventana de la cabaña cuando el móvil de Dante empezó a vibrar sobre la mesa de madera. Eran las siete de la mañana. Llevaban apenas tres horas durmiendo, pero la vibración insistente lo sacó del sueño con la violencia de un disparo. Dante se incorporó, dejando a Valentina dormida aún en el sofá, y cogió el teléfono. En la pantalla, una sola palabra: Padre.

Miró a Lucas, que ya estaba despierto, preparando café en la cocina de leña. El hermano pequeño le devolvió la mirada con una expresión que decía todo lo que las palabras no alcanzaban: no cojas, cuelga, ignóralo. Pero Dante sabía que no podía. Héctor Montenegro no era un hombre al que se pudiera ignorar. Si llamaba a esa hora, era porque algo había pasado. Algo que ya no podía esconder.

Deslizó el dedo sobre la pantalla y aceptó la llamada.

—Dime —dijo, con voz ronca.

—Hijo —la voz de Héctor sonó extrañamente tranquila, como la de un hombre que ha aceptado su destino—. Necesito que vengas a Madrid. Tú y la chica. Y Lucas, si está contigo. Tengo algo que deciros. Algo que debí deciros hace mucho tiempo.

—No voy a caer en una trampa, papá. Ya no tengo trece años.

—No es una trampa. —Héctor suspiró al otro lado de la línea. Por primera vez, Dante notó algo parecido al cansancio en su voz, no cansancio físico, sino el agotamiento de quien ha cargado con un peso demasiado grande durante demasiado tiempo—. Renato ha desaparecido. Se llevó los archivos de su mansión antes de que pudierais robarlos. Ese expediente que tenéis... es solo una copia. El original está en su poder, y con él, los nombres de todos los niños que aún siguen en la red. Si no lo detenemos, va a huir del país y a llevarse esas pruebas. O a venderlas al mejor postor.

Dante apretó el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le blanquearon.

—¿Cómo sabes que tenemos el expediente?

—Porque Renato me lo contó. Llamó anoche, justo después de que escaparais. Está furioso. Pero también está asustado. Sabe que con esa copia puede ser delatado, pero también sabe que si nos unimos tú, yo y Lucas, podemos acorralarlo antes de que huya.

—¿Unirnos? —Dante soltó una risa amarga, tan cargada de sarcasmo que Valentia se despertó sobresaltada—. ¿Después de veinte años de mentiras? ¿Después de que encubrieras el asesinato de Sofía? ¿Después de que dejaras que Renato matara a mamá? ¿Ahora quieres que nos unamos?

El silencio al otro lado de la línea fue tan largo que Dante pensó que Héctor había colgado. Pero no. Cuando volvió a hablar, su voz era apenas un susurro.

—Tu madre... no fue Renato quien la mató.

Dante sintió que el mundo se detenía. A su lado, Valentia se había incorporado del todo y lo miraba con los ojos muy abiertos. Lucas dejó la taza de café en la encimera con un golpe seco que resonó en la cabaña.

—¿Qué has dicho? —preguntó Dante, con la voz quebrada.

—Elena no murió ahogada por accidente. Y Renato no la mató. La maté yo.

Las palabras cayeron como un martillo en el pecho de Dante. Durante veintidós años había creído que su tío era el asesino. Durante veintidós años había construido su vida alrededor de esa certeza. Y ahora su padre, el hombre al que había jurado odiar pero también proteger, le decía que era él el culpable.

—¿Por qué? —preguntó Dante, y en su voz no había rabia, solo un vacío infinito—. ¿Por qué mataste a mamá?

—Porque ella iba a matarme a mí —respondió Héctor, y por primera vez su voz tembló—. Elena descubrió que yo había financiado el secuestro de los primeros niños. No para traficar con ellos, sino para tapar un agujero en las cuentas de la empresa. Necesitaba dinero rápido, y Renato me ofreció el contacto. Le dije que solo sería una vez. Una vez para salvar el imperio que había construido para vosotros. Pero luego fue otra, y otra, y otra. Cuando Elena lo supo, fue a la comisaría a denunciarme. Yo la seguí. Discutimos en el garaje. Ella sacó una pistola. Intenté quitársela... y el disparo se fue. No fue premeditado, Dante. Fue un accidente. Un maldito accidente.

—¿Un accidente? —La voz de Dante se elevó hasta convertirse en un grito—. ¡La ahogaste en la piscina, papá! ¡Yo lo vi! ¡Vi cómo le sujetabas la cabeza bajo el agua!

Héctor guardó silencio. Un silencio distinto, cargado de algo que Dante no supo identificar.

—Eso no es cierto —dijo al fin, lentamente—. Tu madre murió en el garaje, de un disparo. Lo de la piscina... lo de la piscina fue un montaje que hizo Renato para cubrirme. Él llegó después, vio el cuerpo y decidió simular un ahogamiento para evitar preguntas. Tú no viste cómo murió tu madre. Tú viste cómo Renato movió el cadáver. Por eso creíste que él era el asesino. Porque él quiso que lo creyeras.

Dante se sentó en el borde del sofá, con la cabeza entre las manos. Valentia se acercó a él y le apoyó una mano en la espalda. No dijo nada. No había palabras para eso.

—¿Por qué me cuentas esto ahora? —preguntó Dante, con la voz hecha trizas.

—Porque Renato ha secuestrado a alguien. Alguien a quien quieres. Alguien a quien tu madre habría querido proteger.

—¿A quién?

—A Gabriel Vargas. El padre de Valentina.

Valentina se puso en pie de un salto, olvidando el dolor del hombro. El mundo giró a su alrededor durante un segundo, pero logró mantenerse firme.

—¿Mi padre está vivo? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

—Sí. Renato lo ha tenido cautivo en Lisboa durante los últimos cinco años. Lo usaba como moneda de cambio por si algún día necesitaba algo de mí. Y ahora lo necesita. Quiere el expediente que robasteis a cambio de la vida de Gabriel. Tenéis veinticuatro horas para entregárselo. Si no lo hacéis, lo mata.

El silencio en la cabaña era absoluto. Lucas había dejado el café y estaba apoyado en la pared, pálido como un fantasma. Dante seguía con la cabeza entre las manos. Valentia, de pie, miraba el teléfono de Dante como si pudiera ver a través de él a Héctor Montenegro.

—¿Dónde está? —preguntó ella, con una frialdad que asustó incluso a Lucas.

—En un almacén del puerto de Lisboa. El mismo donde os tuvo a vosotros. Renato quiere que vayáis tú y Dante. Solos. Sin policías, sin periodistas, sin Lucas. Si ve a alguien más, Gabriel muere.

—¿Y tú? —preguntó Dante, levantando la cabeza—. ¿Qué papel juegas tú en esto?

—Yo voy a hacer lo que nunca hice: enfrentarme a mi hermano. Pero no por vosotros. Por Elena. Porque ella me pidió en su lecho de muerte que protegiera a sus hijos. Y fracasé. Esta es mi última oportunidad de cumplirle la promesa.

Héctor colgó sin despedirse. Dante dejó el teléfono en la mesa como si fuera una serpiente venenosa. Los tres se miraron sin saber qué decir.

—Es una trampa —dijo Lucas, rompiendo el silencio—. Es demasiado obvio. Héctor quiere que vayáis para que Renato os mate y así quedarse él con el expediente y con el imperio.

—Lo sé —respondió Dante—. Pero también es nuestra única oportunidad de encontrar a Gabriel con vida. Si no vamos, Renato lo mata. Si vamos, quizás podamos rescatarlo.

—¿Y si Héctor dice la verdad? —intervino Valentia, con la voz temblorosa—. ¿Y si realmente quiere redimirse?

—Los monstruos no se redimen —dijo Lucas, con una amargura que no iba con su edad—. Se transforman en monstruos más listos.

Dante se levantó del sofá. Caminó hasta la ventana y miró el bosque. Las hojas de los robles brillaban con el rocío de la mañana. Parecía un día normal, un día en el que el mundo no se derrumbaba. Pero el mundo llevaba derrumbándose desde que él tenía ocho años.

—Tenemos que ir —dijo al fin—. No por Héctor. Por Gabriel. Y por nosotros. Si no cerramos este círculo ahora, nos perseguirá toda la vida.

—¿Y si morimos? —preguntó Valentia.

—Entonces morimos juntos. Es mejor que vivir huyendo.

Lucas negó con la cabeza.

—Sois unos idiotas románticos. Pero iré con vosotros. Alguien tiene que cubriros las espaldas.

—No —dijeron Dante y Valentia al unísono.

—¿Por qué no?

—Porque eres el único que puede entregar el expediente a la periodista si nosotros no volvemos —respondió Valentina, con una ternura que rara vez mostraba—. Eres nuestra bala de plata, Lucas. Si algo nos pasa, tú eres quien tiene que hacer justicia.

Lucas quiso protestar, pero las palabras se le atragantaron en la garganta. Sabía que tenían razón. Sabía que era el más joven, el más débil, el que menos probabilidades tenía de sobrevivir a un enfrentamiento con Renato. Pero también sabía que era el único que podía manejar una copia del expediente sin que le temblara el pulso.

—De acuerdo —dijo, con la voz rota—. Pero volved. Los dos. Si no volvéis, juro que os resucitaré solo para mataros yo mismo.

Valentina sonrió, y por primera vez en semanas, fue una sonrisa genuina.

—Trato hecho.

Durante las siguientes horas, prepararon el plan. Lucas se quedaría en la cabaña con una copia digital del expediente y las instrucciones para contactar con Marta Fuentes, la periodista de El País. Si a las doce de la noche del día siguiente no recibía una llamada de Dante o Valentia, enviaría todo a la prensa internacional. Sin condiciones, sin piedad.

Dante y Valentina, por su parte, viajarían de vuelta a Lisboa en un coche alquilado que Lucas consiguió a través de un contacto de la universidad. No podían usar los móviles —Renato tenía capacidad para rastrearlos— así que se comunicarían con walkie-talkies de largo alcance, de esos que usan los cazadores.

Antes de salir, Valentina se acercó a la fotografía de la repisa. La de su madre y Elena, con las niñas pequeñas en brazos. Las dos llevaban la llave de plata. Las dos sonreían como si el futuro no existiera.

—Cuida de nosotras —susurró Valentia, tocando el rostro de su madre con la yema de los dedos.

—No te oigo —dijo Dante desde la puerta.

—No hablaba contigo.

Salieron de la cabaña cuando el sol ya estaba alto. El coche que Lucas había conseguido era un Renault viejo, sin etiqueta ambiental, de esos que pasan desapercibidos en cualquier parking. Dante condujo durante las primeras tres horas, en silencio. Valentia iba en el asiento del copiloto, con la Glock recién cargada en el regazo. En el maletero, dos kilos de explosivo plástico que Lucas había robado de la armería de su padre años atrás.

—¿De verdad sabes usar eso? —preguntó Dante, mirando el explosivo por el espejo retrovisor.

—Me lo enseñó un exmilitar en el internado. No preguntes cómo.

Dante sonrió a pesar de todo.

—Eres la mujer más aterradora que he conocido.

—Eres el mentiroso más guapo que he conocido.

—¿Eso es un halago?

—Es un hecho.

La carretera se extendía interminable frente a ellos. A ambos lados, campos de trigo amarillo y cielos azules sin una sola nube. El mundo era hermoso y cruel, como siempre.

—Dante —dijo Valentina, después de un largo silencio—. ¿Crees que sobreviviremos a esto?

—No lo sé. Pero si no sobrevivimos, quiero que sepas algo.

—¿El qué?

—Que lo siento. Por todo. Por las mentiras, por los planes, por haberte besado aquella primera noche sabiendo quién eras. Si pudiera volver atrás, lo haría todo distinto.

—Yo también —respondió ella—. Si pudiera volver atrás, no te habría conocido. Pero ahora que te conozco... no sé si quiero volver atrás.

Dante apartó una mano del volante y entrelazó sus dedos con los de ella.

—Cuando esto termine, vamos a un sitio donde nadie nos conozca. Donde no haya Montenegro ni expedientes ni venganzas. Solo tú y yo y un perro.

—Odio los perros.

—Entonces un gato.

—Odio los gatos.

—¿Qué te gusta?

Valentina lo miró a los ojos. Por un instante, todo el dolor y la rabia desaparecieron, y solo quedó una mujer joven que había pasado demasiado tiempo sola.

—Tú —dijo—. Aunque me cueste admitirlo.

Dante apretó el acelerador. El coche se lanzó carretera adelante como una bala. Detrás, el sol empezaba a caer hacia el oeste.

Cinco horas después, llegaron a los extrarradios de Lisboa. El almacén que Héctor les había indicado estaba en la misma zona portuaria donde Renato los había retenido, pero en un edificio diferente: más grande, más oscuro, con las ventanas tapiadas y una puerta de metal oxidado. Dante aparcó a dos calles de distancia.

—El plan —recordó Valentina—. Entramos por el tejado, desactivamos las cámaras con el inhibidor, rescatamos a mi padre y salimos. Si vemos a Renato, no disparamos a matar. Lo dejamos para la justicia.

—¿Y si él dispara primero?

—Entonces sí.

Se pusieron los pasamontañas negros que Lucas les había dado. Valentia cargó el explosivo en una mochila. Dante llevaba la Glock y un cuchillo de caza que había pertenecido a su abuelo. Caminaron hacia el almacén pegados a las sombras, como dos fantasmas.

El tejado era de chapa ondulada, vieja y oxidada. Dante cortó un cuadrado con unas tijeras de metal mientras Valentia cubría la entrada. Cuando el agujero fue lo bastante grande, se deslizaron dentro.

El interior del almacén olía a humedad, a ratas muertas, a sangre vieja. Había pilas de cajas de cartón apiladas hasta el techo, formando un laberinto. En algún lugar, a lo lejos, se oía el goteo constante de una tubería rota. Y luego, un sonido que heló la sangre de Valentina una respiración entrecortada, débil, humana.

—Papá —susurró, aunque no podía verlo.

—Silencio —ordenó Dante, llevándose un dedo a los labios.

Avanzaron entre las cajas, siguiendo el sonido. Llegaron a un claro en el centro del almacén. Allí, atado a una silla de metal, había un hombre de unos sesenta años, barba canosa, ropa rota, el rostro amoratado. Valentia lo reconoció al instante, a pesar del tiempo, a pesar de todo. Era Gabriel Vargas. Su padre.

—Valentina —dijo él, con una voz tan débil que parecía un suspiro—. Sabía que vendrías.

—No hables —dijo ella, arrodillándose a su lado para cortar las ataduras con el cuchillo de Dante—. Vamos a sacarte de aquí.

Pero cuando la última cuerda cayó al suelo, las luces del almacén se encendieron.

—No tan rápido —dijo una voz conocida.

Renato Montenegro apareció entre las cajas, con dos guardias armados a cada lado. Sonreía, pero era una sonrisa de tiburón, fría y hambrienta.

—Dante, Valentina. Qué alegría veros de nuevo. Y qué rápido habéis vuelto. Me alegra que mi hermano sea tan predecible.

—Suéltanos —dijo Dante, apuntando con la Glock—. O juro que te mato aquí mismo.

—¿Me matas? —Renato se rió—. Mira a tu alrededor, sobrino. Tengo diez hombres con ametralladoras. Tú tienes una pistola y una mochila con explosivos que no sabes si funcionan. Las probabilidades no están a tu favor.

—Las probabilidades nunca están a mi favor —respondió Dante, y apretó el gatillo.

La bala alcanzó a uno de los guardias en el hombro. Cayó al suelo con un grito. Los otros empezaron a disparar. Valentina agarró a su padre y lo arrastró detrás de una pila de cajas mientras Dante cubría su retirada. El almacén se convirtió en un infierno de ruido y humo.

—¡El explosivo! —gritó Valentina—. ¡Usa el explosivo!

Dante sacó la mochila, activó el temporizador (tres minutos) y la lanzó hacia el grupo de guardias. Luego corrió hacia donde estaban Valentia y Gabriel.

—¡Salid! —gritó.

Corrieron hacia la salida de emergencia mientras las balas silbaban a su alrededor. Valentina arrastraba a su padre, que apenas podía mantenerse en pie. Dante iba detrás, disparando a ciegas para cubrir la huida.

Llegaron a la puerta cuando el explosivo detonó. La onda expansiva los lanzó al exterior, contra el asfalto del puerto. Valentia sintió cómo el aire se le escapaba de los pulmones. Oyó gritos, sirenas a lo lejos. Y luego, el silencio.

Cuando abrió los ojos, Dante estaba sobre ella, con la cara ensangrentada pero vivo.

—¿Estás bien? —preguntó él, con la voz rota.

—Creo que sí —respondió ella, tosiendo—. ¿Mi padre?

—Aquí —dijo Gabriel, desde un par de metros—. Vivo. Gracias a vosotros.

Se incorporaron con dificultad. El almacén ardía tras ellos. Los guardias de Renato yacían en el suelo, algunos heridos, otros muertos. Pero Renato no estaba entre ellos.

—Se ha escapado —murmuró Dante, con odio.

—Pero tenemos a tu padre —respondió Valentina, abrazando a Gabriel—. Y tenemos el expediente. No ha ganado del todo.

—No ha ganado nada —dijo una voz detrás de ellos.

Renato Montenegro estaba de pie junto a un coche negro, a cincuenta metros de distancia. Tenía una pistola en la mano, apuntando directamente a Valentia.

—Adiós, sobrina —dijo, y apretó el gatillo.

Dante se lanzó delante de Valentina. La bala le alcanzó en el pecho.

—¡No! —gritó Valentina, mientras el cuerpo de Dante caía al suelo.

El mundo se detuvo. Otra vez. El fuego, la sangre, la pérdida. Pero esta vez Valentia no era una niña de siete años. Esta vez tenía un arma.

Tomó la Glock de la mano de Dante, apuntó y disparó. Una, dos, tres veces. Las tres balas alcanzaron a Renato en el pecho. El hombre cayó de espaldas, con los ojos abiertos, muerto antes de tocar el suelo.

Valentina dejó caer la pistola y se arrodilló junto a Dante. Le abrió la chaqueta. La bala le había entrado por el hombro derecho, no por el pecho. Sangraba mucho, pero respiraba.

—No te mueras —susurró Valentina, presionando la herida con las manos—. No te mueras, hijo de puta. No te lo perdono.

Dante abrió los ojos. Sonrió, a pesar del dolor.

—No pienso morirme —dijo, con voz débil—. Todavía no hemos ido a buscar ese gato.

Valentina rompió a llorar. Y por primera vez en diez años, no fueron lágrimas de rabia.

Fueron lágrimas de alivio.

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monita
🤔🤔🤔🤔🤔 no entendí esta novela 🤔🤔🤔 corta como me gustan perooooo??
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