Roxana murió en su época original —el siglo XXI— en un accidente durante una expedición arqueológica, justo mientras estudiaba documentos antiguos sobre la Dinastía Tang. Su último pensamiento fue: “Ojalá hubiera podido ver cómo vivían realmente aquí”. Al abrir los ojos, se encontró en un jardín lleno de flores de loto, vestida con sedas finas y rodeada de personas que la llamaban “señorita Wén”. Había renacido, conservando todos sus recuerdos, conocimientos científicos, habilidades y su personalidad intacta: terca, inteligente, caprichosa y nada dispuesta a someterse a las normas estrictas de la antigüedad.
En esta nueva vida, creció rodeada de amor: sus padres le permitían estudiar, viajar y decir lo que pensaba; sus hermanos la seguían a todas partes como sus fieles escuderos. Pero al cumplir dieciséis años, fue invitada a la fiesta del Palacio Imperial, donde conoció al Emperador Li Longjun: un hombre hermoso, frío y poderoso, al que todos temían y respetaban.
NovelToon tiene autorización de Tatiana. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15: Ella sigue siendo difícil de conquistar.
Li Longjun había entregado su poder, su tiempo, su corazón y hasta su propia voluntad. Había movido montañas, cambiado ríos, cumplido caprichos imposibles y puesto a todo un imperio a sus pies. Estaba seguro de que, después de todo lo que había hecho, de toda su dedicación y de todo su amor, Roxana ya era suya. Creía que sus sentimientos eran correspondidos, que ella lo miraba con amor y que solo faltaba que él diera el paso final para que ella se entregara por completo.
Pero se equivocaba. Porque Roxana Wén no era como las demás mujeres. Y aunque le gustaba, aunque lo respetaba, aunque sentía algo muy especial por él, no estaba dispuesta a entregarse tan fácilmente. Y mucho menos a enamorarse solo porque él era el Emperador, o porque le daba todo lo que quería.
Él empezó a intentar conquistarla con todo lo que tenía a su alcance: riquezas, honores, regalos increíbles, favores para su familia, atenciones de todo tipo. Pero una tras otra, todas sus tentativas chocaban contra esa barrera de calma y de independencia que ella mantenía siempre.
Regalos que no le importan. Un día, llegó a la mansión Wén con una comitiva cargada de cajas de madera preciosa, llenas de tesoros traídos de los rincones más lejanos del mundo. Había sedas tan finas que parecían aire, joyas de piedras brillantes que valían más que ciudades enteras, perfumes que olían a flores de tierras lejanas, libros antiguos que nadie más tenía, instrumentos de música tallados a mano por los mejores artesanos.
—Todo esto es para ti —le dijo él, con una sonrisa llena de esperanza, mientras abría una por una las cajas para que ella viera todo su brillo y su valor—. He enviado hombres a recorrer todo el imperio y más allá, solo para buscar cosas que sean dignas de ti. Todo esto te lo doy, porque tú eres la única persona que merece lo mejor.
Esperaba verla sorprendida, emocionada, feliz. Esperaba que se acercara, que tocara las sedas, que se probara las joyas, que le diera las gracias con alegría. Pero Roxana solo miró todo aquello con una expresión tranquila, casi indiferente, se encogió de hombros y dijo con voz suave:
—Son cosas muy bonitas, sí. Muy costosas, sin duda. Pero… ¿Para qué las quiero?
Li Longjun parpadeó, confundido.
—¿Para qué? Para que las uses, para que te adornes, para que tengas lo mejor. Para que sepas lo mucho que te valoro.
Ella negó despacio con la cabeza, dio unos pasos alrededor de las cajas, mirando todo sin interés, y respondió:
—Las sedas son hermosas, pero mis ropas sencillas me protegen igual del frío y del calor. Las joyas brillan mucho, pero no me hacen más inteligente ni mejor persona. Los perfumes huelen bien, pero prefiero el olor de la tierra mojada o de las flores de mi jardín. Y los libros son interesantes, pero yo prefiero escribir mis propias ideas a leer las de otros.
Se giró hacia él, lo miró a los ojos y añadió con claridad:
—Guárdalas, Li Longjun. Regálaselas a otras mujeres que sí disfruten de estas cosas. Yo no necesito oro ni piedras para saber que me quieres. Y si crees que puedes comprar mi cariño con regalos… te equivocas mucho.
Otra vez, ella lo había dejado sin palabras. Otra vez, había demostrado que para ella, todo lo que el mundo valoraba como grande y poderoso no era nada. Pero él no se rindió. Al contrario: pensó que quizás no había acertado con lo que le daba, y probó con otra cosa.
Favores que ella no pide. Decidió entonces darle honores a su familia, para demostrarle cuánto valoraba todo lo que era suyo. Ascendió a su padre a un puesto mucho más alto, con más poder y más riqueza. Le dio títulos, tierras y casas. Les dio a sus hermanos maestros famosos, caballos hermosos y todo lo que pudieran desear. Pensó que, al ver que él cuidaba de los suyos, ella se daría cuenta de su amor y se lo agradecería.
Un día, se lo contó con orgullo:
—He nombrado a tu padre consejero principal, y le he dado tierras al sur, donde las cosechas son siempre buenas. Tus hermanos ahora estudian con los mejores maestros del imperio, y pronto serán grandes hombres. Todo esto lo he hecho por ti, para que tu familia sea la más importante, la más respetada. Quiero que tengas todo lo mejor.
Esperaba verla feliz, contenta, agradecida. Pero ella solo suspiró, lo miró con una mezcla de ternura y de reproche, y le dijo:
—Mi padre es un hombre bueno y capaz, y habría llegado alto por sí mismo, sin tu ayuda. Él trabaja duro y se lo merece, sí, pero no necesitaba que lo hicieras por mí. Y mis hermanos… lo que necesitan es aprender a ser buenas personas, honestas y valientes, no tener títulos ni riquezas que no se han ganado.
Hizo una pausa, se acercó un poco más y le habló con sinceridad:
—No hagas cosas para mi familia pensando que así me ganas a mí. Yo los quiero mucho, sí, pero no te quiero más porque les des cosas. Te querré por lo que tú eres, por lo que sientes, por cómo me tratas a mí… no por lo que das a los demás. No intentes comprar mi amor con favores. No funciona así.
Atenciones que recibe sin dar importancia. Entonces, cambió de estrategia. Si no quería regalos ni favores, le daría atenciones, cuidados, detalles pequeños y constantes. Se aseguraba de que siempre tuviera la mejor comida, la mejor medicina si estaba enferma, los mejores sirvientes para ayudarla. Le enviaba flores frescas cada mañana, notas escritas por su propia mano con palabras dulces, le preparaba paseos, le organizaba veladas tranquilas solo para los dos.
Estaba siempre ahí, pendiente de cada uno de sus deseos, de cada una de sus necesidades, anticipándose a todo, tratando de hacer su vida más fácil, más bonita, más cómoda.
Y ella… lo aceptaba. Aceptaba las flores, leía sus notas, agradecía los cuidados, iba a los paseos con él. Pero lo hacía con esa misma calma de siempre, con esa tranquilidad que no cambiaba nunca. No se emocionaba, no se sonrojaba, no le decía que lo quería, no le daba nada más que amabilidad y compañía.
Un día, mientras paseaban por el jardín que él había hecho plantar solo para ella, él se detuvo, la miró con los ojos llenos de amor y de frustración, y le dijo con voz cargada de sentimientos:
—No lo entiendo, Roxana. Te doy todo. Te doy mi tiempo, mi poder, mi vida. No hay nada que no haría por ti. Te he demostrado, una y otra vez, que eres lo más importante para mí. Cumplo tus caprichos, escucho tus ideas, defiendo tu nombre, te pongo por encima de todo y de todos… y tú… tú sigues igual. Me tratas bien, sí, pero no me das nada. No me dices que me quieres. No me abres tu corazón. ¿Es que nunca vas a ser mía del todo? ¿Es que nada de lo que hago te basta?
Ella se detuvo también, se giró hacia él y lo miró fijamente, con esa mirada clara y profunda que siempre lo desarmaba. No había burla, ni frialdad, ni maldad en sus ojos. Solo verdad.
—Li Longjun —le dijo ella despacio, con voz firme y serena—, escúchame bien, porque te lo diré una sola vez y quiero que lo entiendas para siempre.
Dio un paso hacia él, se acercó mucho, y sus palabras fueron claras y directas:
—Tú estás acostumbrado a que todo el mundo te ame, te admire y te obedezca solo porque eres el Emperador. Crees que por dar cosas, por hacer favores, por tener poder, la gente te dará su corazón. Pero yo no soy así. Yo no me enamoro de coronas, ni de riquezas, ni de regalos, ni de favores. Yo no me enamoro fácil, Dragón.
Hizo una pausa, y una pequeña sonrisa desafiante se dibujó en sus labios, esa sonrisa que lo volvía loco y lo hacía quererla más cada segundo:
—Tú me has demostrado que puedes mover el mundo por mí. Sí. Me has demostrado que me respetas, que me escuchas, que me proteges. Pero eso no es suficiente para mí. Para ganarte mi corazón, para que yo sea tuya de verdad, no basta con ser el Emperador ni con darme todo lo que tienes. Tendrás que esforzarte mucho más. Muchísimo más.
Lo miró a los ojos, y su voz se volvió más suave, pero igual de firme:
—Porque yo busco algo más. Busco que me entiendas, que me aceptes tal como soy, con mis ideas raras, con mi forma de ser libre, con todo lo que soy. Busco que me quieras no por lo que te doy, ni por lo que sé, sino simplemente por quién soy. Busco que seas capaz de caminar a mi lado como un igual, no como un dueño que lo tiene todo y quiere tenerme a mí también. Y eso… eso es mucho más difícil que cambiar el curso de un río o llenar un jardín de flores. Eso requiere tiempo, paciencia, sinceridad y mucho amor.
Le dio un golpecito suave en el pecho, justo sobre su corazón, y añadió:
—Así que no te quejes. Si me quieres de verdad, si realmente me amas como dices… tendrás que esforzarte. Tendrás que ganarte cada parte de mí, cada día, cada momento. Porque yo no me entrego a cualquiera. Y mucho menos a alguien que cree que lo tiene todo ganado solo porque lo intenta con regalos y poder.
El desafío que lo enciende más que nada. Li Longjun se quedó callado, escuchando cada una de sus palabras, grabándolas en su mente y en su corazón. Al principio, había sentido frustración, dolor, miedo. Pero luego, al escucharla decir que no se enamoraba fácil, que tendría que esforzarse mucho… algo cambió en él.
Esa dificultad, ese reto, esa forma que tenía ella de ponerse por encima de todo, de no dejarse conquistar ni por el hombre más poderoso del mundo… eso no lo hizo retroceder. Al contrario: alimentó su deseo, su amor, su obsesión hasta límites que él mismo no había imaginado antes.
Porque él era el Dragón Dorado. Y lo que más le gustaba, lo que más lo hacía sentir vivo, era luchar, conquistar, ganar. Y ahora, la conquista más grande, la más difícil, la más valiosa de todas… era ella.
Miró a Roxana, vio esa sonrisa desafiante, vio esa libertad que la hacía única, y supo que no descansaría, que no pararía, que no se detendría hasta haber ganado cada parte de su corazón.
Se acercó a ella, le tomó las manos entre las suyas, y en sus ojos ya no había frustración, sino fuego, determinación y un amor más grande que nunca.
—Está bien —le dijo él con voz profunda y llena de promesas—. Tienes razón. He sido un tonto al creer que podía comprar tu corazón con cosas que no valen nada. He sido un tonto al pensar que lo tenía todo ganado.
Se inclinó un poco hacia ella, y sus palabras fueron firmes y apasionadas:
—Me dices que no te enamoras fácil. Me dices que tendré que esforzarme mucho. Pues te prometo, Roxana Wén, que lo haré. Me esforzaré cada día, cada hora, cada segundo. No te daré regalos ni favores para comprarte, sino mi tiempo, mi entendimiento, mi alma. Te demostraré que puedo ser tu igual, que puedo caminar a tu lado, que puedo quererte por lo que eres y no por lo que me das.
Sonrió, una sonrisa que mezclaba amor y desafío, y añadió:
—Y te aviso: no me rendiré. No importa cuánto me cueste, no importa cuánto tenga que esperar, no importa lo difícil que sea. Porque tú vales la pena de todo el esfuerzo del mundo. Y haré todo lo que sea necesario, hasta que un día me digas que me quieres. Hasta que sepas que mi amor es el más grande, el más sincero y el más fuerte que jamás existió.
Roxana lo miró, vio esa determinación en sus ojos, vio que sus palabras eran verdaderas, y sintió cómo su propio corazón latía un poco más rápido. No dijo nada, solo le sonrió, una sonrisa pequeña pero cálida, y siguió caminando por el jardín.
Pero Li Longjun se quedó sabiendo algo muy claro: esa mujer difícil, esa mujer que no se dejaba conquistar, esa mujer que le exigía más y más… era la única que realmente valía la pena. Y ahora, más que nunca, estaba decidido a ganar. Porque el desafío de conquistarla era lo que más amaba. Y su deseo, su obsesión y su amor por ella… solo crecían y crecían, alimentados por esa misma dificultad que ella le ponía en el camino.