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LA IMPOSTORA DE SU PROPIA VIDA

LA IMPOSTORA DE SU PROPIA VIDA

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:3.3k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Dos hermanas gemelas, idénticas en apariencia pero completamente distintas por dentro. La favorita de todos, hermosa y vanidosa, se casó con un hombre millonario y tuvo tres hijos, pero no ama a nadie: maltrata a sus pequeños, engaña a su esposo y solo se queda por su dinero. La otra, siempre ignorada y menospreciada, es dulce, tímida y muy inteligente, y nunca tuvo un lugar propio en el mundo. Hasta que un día la hermana caprichosa decide huir y le ordena que tome su lugar: que viva su vida, que finja ser ella, que soporte lo que ella ya no quiere. Y así comienza la historia de una chica que se convierte en impostora de su propia sangre, descubriendo que la vida que le dieron era mucho más valiosa de lo que nadie jamás supo ver.

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CAPÍTULO 2 LOS NIÑOS QUE NADIE QUERÍA

Esas seis palabras, dichas con la voz rota de una niña de tres años, le atravesaron el pecho a Elisa como un cuchillo de hielo. Se quedó paralizada en el umbral de la puerta, sintiendo cómo las lágrimas se le acumulaban en los ojos sin poder detenerlas. Nunca en su vida había escuchado algo más triste, más desgarrador, que un niño le rogara a su propia madre que no lo golpeara. Y lo peor de todo: esa madre era su hermana gemela. La mujer con la que compartía rostro, sangre y nacimiento. La mujer que ahora ella tenía que fingir ser.

—No voy a pegarles —susurró, con la voz tan quebrada que apenas salían las palabras—. Jamás se los voy a hacer. Les prometo que no.

Los tres niños no se movieron. Seguían apretados los unos contra los otros, con los ojos muy abiertos, clavados en ella, esperando el golpe, esperando el grito, esperando la furia que conocían de memoria. Elisa comprendió en ese instante que palabras no les iban a servir de nada. Toda su corta vida habían conocido solo una versión de esa cara: la de Valeria, la madre fría, cruel, que los golpeaba por cualquier error, que los ignoraba horas enteras, que los llamaba molestos, estorbos, errores de su vida perfecta. Una frase suave no iba a borrar años de miedo en dos segundos.

Así que hizo lo único que se le ocurrió: levantó ambas manos despacio, a la altura de sus hombros, para que vieran que no tenía nada en ellas, que no iba a agredirlos, y dio un paso hacia adentro de la habitación. Muy lento. Sin movimientos bruscos. Como si se acercara a animalitos heridos que podían salir corriendo en cualquier momento.

—Voy a acercarme muy despacio —les dijo, manteniendo la voz baja, calmada, todo lo contrario de los gritos que debían estar acostumbrados a escuchar—. No voy a tocarles si no quieren. Solo quiero ver que estén bien. ¿Me dejan?

Tomás, el mayor, apretó más fuerte a sus hermanos contra su pecho. Tenía solo ocho años, pero en sus ojos se veía el peso de un adulto: la responsabilidad de proteger a los dos pequeños de la mujer que los había traído al mundo. Elisa notó, cuando la luz de la lamparita le dio de lleno en el brazo, un moretón grande, morado y amarillento, justo en la parte superior del antebrazo. Como si alguien lo hubiera agarrado con mucha fuerza para sacudirlo. Sintió que el estómago se le revolvía.

—¿Qué quieres? —preguntó el chico, con la voz temblando pero intentando sonar valiente—. Ya nos dormimos. No rompimos nada. No hicimos nada malo. Lo juro.

Elisa sintió que se le caía el alma a los pies. Ni siquiera habían hecho nada, y ya estaban pidiendo perdón por adelantado. Ya estaban asumiendo que iban a ser castigados solo por el simple hecho de existir, de estar ahí, de respirar.

—No vengo a regañarles —respondió ella, y se agachó a la altura de la cama para no parecer más grande ni más amenazante de lo que ya era por ser la adulta—. Escuché que Mia lloraba. Y vine a ver si le pasaba algo. Nada más.

En ese momento, Benjamín, el mediano, se removió entre las sábanas y soltó un quejido débil. Tenía la cara roja, los cachetes ardiendo. Elisa extendió la mano muy despacio, sin llegar a tocarlo todavía, para ver si le daba permiso. El chico abrió los ojos a medias, la miró asustado, pero no se movió. Ella se acercó un poco más y le apoyó el dorso de la mano con muchísima suavidad en su frente.

Estaba ardiendo. Tenía fiebre alta. Muy alta.

—Tiene calor —dijo ella, más para sí misma que para ellos—. Tiene fiebre. ¿Hace cuánto está así?

Tomás encogió los hombros, sin apartar los ojos de su cara.

—Desde ayer —respondió en un susurro—. Mamá dijo que era fingimiento, para no ir al colegio. Dijo que si seguíamos molestando nos iba a encerrar en el armario.

Elisa cerró los ojos un instante, apretando los dientes para no soltar un grito de rabia contra su hermana. ¿Cómo podía alguien ser así? ¿Cómo podías tener tres seres pequeños que dependían de ti, y tratarlos peor que a un perro callejero? ¿Cómo podías mirar esos ojos llenos de miedo y seguir siendo capaz de levantarles la mano?

—Eso no va a pasar nunca más —dijo ella, abriendo los ojos, y por primera vez en toda la noche su voz sonó firme, segura, sin un ápice de timidez—. Nadie les va a encerrar en ningún lado. Nadie les va a pegar. Nadie les va a gritar. Yo voy a cuidarles. Ahora mismo voy a traer agua fría para bajarle la fiebre a Benjamín, y un paño. ¿Está bien?

Los tres niños la miraron como si estuvieran hablando con un extraterrestre. Ninguno respondió. Simplemente se quedaron quietos, observándola, sin entender por qué de repente la mujer que más temían en el mundo estaba hablando así con ellos.

Elisa se levantó despacio y salió de la habitación. Caminó por los pasillos de la mansión buscando el baño más cercano, preguntándose cómo era posible que Valeria viviera en un palacio de lujos y dejara a sus propios hijos enfermos, sucios, asustados y con hambre. Cuando encontró lo que necesitaba, volvió con una palangana de agua fría, paños limpios, un termómetro y una caja de jarabe para la fiebre que encontró en un mueble del pasillo, cubierta de polvo, como si nadie la hubiera tocado en años.

Cuando volvió a entrar, Mia la estaba esperando con el osito roto apretado contra el pecho. La niña vio que traía cosas en las manos y, por instinto, se encogió más contra Tomás, cerrando los ojos fuerte y gritando de repente, con toda la fuerza que tenía en su cuerpecito pequeño:

—¡NO ME PEGUES! ¡POR FAVOR, NO ME PEGUES!

Elisa se detuvo en seco, a tres pasos de la cama. Sintió que las lágrimas por fin se le escapaban, rodando por sus mejillas sin control. Le dolía más ese grito que cualquier golpe que le hubieran dado a ella en toda su vida. Dejó la palangana en el suelo muy despacio, para no hacer ruido, y se sentó en el borde de la alfombra, lejos de ellos, con las manos arriba otra vez.

—Mírame —les pidió, llorando en silencio—. Mírame bien. No te voy a pegar, Mia. Nunca. Te lo juro por lo que más quiero en el mundo. Yo no vengo a hacerte daño. Vengo a ayudarte a ti, a Benjamín y a Tomás. Nada más.

Se quedaron así varios minutos. Ella sentada en el suelo, lejos, sin moverse. Los tres niños en la cama, mirándola, desconfiados, pero poco a poco notando que nada malo pasaba. Que no llegaba el golpe. Que no llegaba el grito. Que esa mujer con la cara de su madre estaba llorando por ellos.

Poco a poco, Elisa se fue acercando de nuevo. Pulgada a pulgada. Hasta que llegó al lado de Benjamín. Mojó el paño en el agua fría, lo escurrió bien y, con una suavidad que parecía que estuviera tocando una mariposa, se lo puso en la frente al niño. Benjamín abrió los ojos, la miró, y no se apartó. Soltó un suspiro de alivio.

Le tomó la temperatura: treinta y nueve grados y medio. Le dio el jarabe con una cuchara, hablándole bajito todo el tiempo para calmarlo. Después, vio que la rodilla del chico tenía una herida abierta, sucia, sin curar. Fue a buscar curitas y desinfectante, y la limpió sin que él ni siquiera se quejara. Mientras lo hacía, notó que Mia la miraba fijamente, con el osito roto en la mano. La pata del peluche estaba a punto de desprenderse del todo.

—¿Me lo dejas ver? —le preguntó Elisa, señalando el osito.

Mia dudó unos segundos, pero después se lo entregó muy despacio. Elisa lo tomó con cuidado. Sacó del bolsillo del vestido el pequeño costurero que siempre llevaba consigo —un hábito de años de usar ropa vieja y tener que remendarla ella misma— y, en silencio, cosió la pata del peluche con puntadas pequeñas y prolijas. Cuando terminó, se lo devolvió.

La niña lo miró con los ojos muy abiertos. Nunca nadie le había arreglado nada. Nunca nadie se había tomado el trabajo de cuidar sus cosas.

Pasaron las horas. Elisa cambió el paño de Benjamín cada diez minutos. Le cantó canciones bajito que su abuela le había enseñado de pequeña. Les contó un cuento corto sobre una conejita que tenía miedo de todo, hasta que encontró a alguien que la quería de verdad. Sin darse cuenta, Tomás se fue relajando, Mia se quedó dormida abrazando su osito arreglado, y Benjamín bajó la fiebre poco a poco hasta respirar tranquilo.

Cuando los tres estaban profundamente dormidos, Elisa se quedó sentada en una silla chiquita al lado de la cama, mirándolos. Notó entonces la ropa sucia que usaban para dormir, las sábanas viejas, la habitación fría y descuidada, los moretones que empezaban a salirles en otras partes del cuerpo. Y en ese instante, tomó una decisión que cambiaría el rumbo de toda su vida.

Apoyó los codos en las rodillas, juntó las manos y susurró en el silencio de la habitación, como si fuera un juramento sagrado:

—No importa qué pase. No importa si Valeria vuelve, si Leonardo me descubre, si todo se derrumba encima mío. Yo no los voy a abandonar. Ustedes no tuvieron la madre que se merecían. Pero a partir de hoy… yo voy a ser esa madre. Voy a quererlos por los dos. Voy a protegerlos de todo. Incluso de mi propia hermana, si hace falta.

Se levantó despacio para no despertarlos. Acomodó las sábanas sobre los tres, les dio un beso muy suave en la frente a cada uno, y se dirigió a la puerta. Iba a apagar la luz cuando, de repente, escuchó el sonido fuerte y claro de un auto de lujo entrando por el portón de la mansión, frenando en la entrada principal.

El corazón se le detuvo un instante.

Leonardo.

Su esposo. El dueño de todo. El hombre que más conocía a Valeria en el mundo.

Y que, en cualquier momento, iba a subir las escaleras para encontrarse con ella.

Con la impostora.

Con la mujer que no era su mujer.

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Graciela Calcaterra
Esto cada vez tiene menos sentido,no era que lo había dejado en el aula de la escuela? Y ahora resulta que está en la casa.Coherencia por favor,esto es una burla!
Graciela Calcaterra
Esto cada vez tiene menos sentido,no era que lo había dejado en el aula de la escuela? Y ahora resulta que está en la casa.Coherencia por favor,esto es una burla!
Graciela Calcaterra
Ahora se llama Eduardo no Leonardo,muy confusas está novela, repetís texto,confusa
nezhan: ¡Hola Graciela! Disculpa la confusión 🙏 Tienes toda la razón, cometí errores con el nombre y repeticiones de texto. Ya los corregí de inmediato. Muchas gracias por avisarme, de verdad lo valoro mucho. ¡Gracias por leer!
total 1 replies
Graciela Calcaterra
Tiene 23 años y un hijo de 8 años,lo tuvo a los 15 , entonces que se casó a los 14 años 🤔?
nezhan: ¡Hola! 😊 Muchas gracias por leer y por fijarte en ese detalle. Te lo explico: ella tiene 23 años y su hijo 8, lo que significa que lo tuvo a los 15 años, no que se casara a los 14. Esa confusión se debe a que al leerlo rápido puede parecer que digo que se casó a esa edad, pero en realidad se casó poco después de cumplir los 15, ya que en esa época y en ese entorno era costumbre hacerlo así al quedar embarazada. ¡Gracias por tu pregunta!
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