un libro con personajes de ficción, dragones, ogros, un enemies to lovers y demás. ¿será que conseguirán enamorarse mutuamente? o solo seguirán en guerra. quién sabe depende de como ellos se traten a sí mismos
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XIV. plumas, barro y erizos de mar
La mañana en la frontera no tenía ni un ápice de la elegancia que los bardos suelen canturrear en sus laúdes. Yo, Lyndraeth de los Vientos Susurrantes, que he visto pasar a jinetes y dragones desde que las piedras eran jóvenes, no pude evitar soltar una risilla etérea al observar el espectáculo que ofrecían aquellos dos humanos.
El camino de regreso a los establos de la Academia fue, por decir lo menos, un desastre coreografiado.
Vharok avanzaba con una dignidad herida, caminando con la cautela de quien lleva un remiendo de seda en el alma, pero sus humanos... ¡ah, sus humanos eran otra historia! Dravenkael, intentando recuperar su porte de guerrero legendario, tropezó con una raíz traicionera y terminó abrazado a un arbusto de bayas silvestres.
—¡Es una emboscada! —gritó Kaelthoryn, emergiendo con una hoja pegada a la frente y el pelo lleno de ramitas—. ¡Este bosque conspira contra el linaje de los Dravenkael!
Zhaeryntha, que aún conservaba restos de su risa cristalina en los ojos, no perdió la oportunidad. Se acercó a él con una agilidad felina y, en lugar de ayudarlo, le colocó con suma delicadeza una pluma de cuervo que había encontrado en el suelo justo encima de su oreja.
—Te queda bien, "Gran Guerrero" —se burló ella, rodeándolo con pasos lentos—. Te da un aire... silvestre. Casi pareces un espantapájaros con aspiraciones de nobleza.
—Muy graciosa, Vaelkríass —masculló él, aunque no se quitó la pluma. En su lugar, aprovechó que ella estaba cerca para estirar el brazo y, con un movimiento rápido y travieso, le desató el último lazo que mantenía unido el corpiño de su vestido rasgado.
Zhaeryntha soltó un grito ahogado, sujetándose la tela contra el pecho mientras sus mejillas se teñían de un rojo que rivalizaba con el amanecer.
—¡Dravenkael! ¡Eres un animal! —le espetó, aunque sus ojos brillaban con una chispa que no era precisamente de furia.
—Solo verificaba la resistencia de los materiales —replicó él con una sonrisa ladeada, esa que derretía a las novicias pero que con ella siempre terminaba en un impacto físico—. Además, después de coser un dragón, un simple lazo no debería ser un reto para ti.
Ella entrecerró los ojos, acercándose tanto que Kaelthoryn tuvo que dejar de reír. El aire entre ambos cambió de repente; el humor se volvió espeso, cargado de esa electricidad que solo los jinetes de tormenta comprenden. Zhaeryntha extendió su mano, rozando con sus dedos la mandíbula de él, justo donde la sombra de la barba empezaba a asomar.
—¿Quieres jugar a los retos, Kael? —susurró ella, su voz bajando a un tono que hizo que el chico tragara saliva con dificultad—. Porque recuerda que yo sé dónde tienes tus puntos débiles... y no todos están protegidos por una armadura de cuero.
Sus dedos descendieron por el cuello de él, deteniéndose justo en el primer botón de su jubón manchado. Kaelthoryn la miró, atrapado entre el deseo de besarla allí mismo y el miedo real de que ella decidiera practicar alguna técnica de inmovilización antigua en sus dedos.
—Atrévete, Tormenta —desafió él, bajando la cabeza hasta que sus respiraciones se mezclaron—. Prometo que no me esconderé como Balerion.
Vharok, harto de tanta tensión hormonal y falta de movimiento, soltó un bufido de humo cargado de chispas que pasó justo entre las cabezas de ambos, separándolos con un susto. El dragón emitió un sonido que, en lenguaje de escamas, significaba claramente: "Busquen un nido y déjenme descansar en paz".
Zhaeryntha se alejó con una risilla traviesa, ajustándose los jirones de su vestido con una elegancia que desafiaba su estado desastroso.
—A los establos, Dravenkael. Antes de que decida que la pluma te queda mejor en la otra oreja... o clavada en la nariz.
Kaelthoryn la siguió, con la pluma de cuervo aún bailando sobre su oreja y una mirada que prometía que el juego no había hecho más que empezar. Yo, Lyndraeth, suspiré entre las hojas. Estos jóvenes... creen que dominan dragones, pero no tienen ni idea de cómo dominar el fuego que llevan dentro.
La mañana avanzaba con esa luz dorada que solo los dioses más perezosos permiten, y yo, **Lyndraeth de los Vientos**, seguía flotando entre las ramas, observando cómo estos dos seres de sangre caliente seguían con su danza de orgullo y barro.
Zhaeryntha caminaba con una rigidez que me recordaba a un gato mojado intentando mantener la compostura. Cada tres pasos, se ajustaba el jirón de seda azul que le colgaba del hombro y lanzaba una mirada de dagas al muchacho que caminaba a su lado.
—¡Dravenkael, te he dicho diez veces que puedo caminar sola! —replicó ella, su voz cortando el aire matutino con la precisión de un bisturí—. Mis piernas funcionan perfectamente, a diferencia de tu sentido común. Deja de escoltarme como si fuera una de tus yeguas de cría.
—Lo que tú digas, Tormenta —respondió Kaelthoryn con esa sonrisa de medio lado que, francamente, debería estar prohibida por decreto real—. Pero caminas como si tuvieras una astilla de hierro en la bota. Y como jinete de honor, no puedo permitir que mi... "compañera de fatigas" llegue a los establos cojeando.
—¡No estoy cojeando! ¡Estoy... evaluando el terreno! —protestó ella, dándole un empujón que a él no lo movió ni un centímetro.
Entonces, el chico hizo algo que me hizo soltar un suspiro de asombro etéreo. Con la rapidez de un rayo, Kaelthoryn se agachó y, antes de que ella pudiera desenvainar ni siquiera un insulto, la cargó en vilo, pasando un brazo por detrás de sus rodillas y otro por su espalda.
—¡¡DRAVENKAEL!! ¡¡BÁJAME AHORA MISMO O TE JURO QUE...!!
Él no la dejó terminar. Ignorando las protestas y los puñetazos rítmicos que ella le propinaba en el pecho, **la elevó por los aires y le dio dos giros rápidos**, haciendo que el vestido roto de Zhaeryntha ondeara como una bandera de rendición azul.
—¡¡AAAAHHHH!! ¡¡QUE ME VAS A TIRAR, IDIOTA!! —gritó ella, sus dedos aferrándose por puro instinto al cuello de la túnica de él, sus ojos grises abiertos de par en par.
Kaelthoryn se detuvo, pero no la bajó. Se quedó allí, sosteniéndola contra su pecho, riendo con una alegría tan contagiosa que hasta las hojas de los árboles vibraron. Ella, aunque seguía roja de furia (o de otra cosa que prefiero no nombrar), no volvió a golpearlo. Se quedó allí, jadeando, con el rostro a milímetros del suyo.
Me quedé flotando, incrédula, rascándome la frente con una de mis alas de luz.
*¿Pero qué les pasa? ¿Acaso estos dos humanitos no se odiaban a muerte hace apenas un par de horas? ¡Si parecen una pareja de recién casados en su luna de miel! ¡Ush, qué empalagosos se ponen los mortales cuando les da por ignorar el sentido común!*
Me detuve en seco, dándome un palmetazo en la mejilla inexistente.
*¡Ah, cierto! ¡Si lo estoy escribiendo yo! ¡Pero qué tonta soy, por los vientos del norte! A veces me meto tanto en la historia que olvido que soy yo quien guía sus pasos... o sus caprichos. Pero bueno, ¡sigamos con donde me había quedado!*
Kaelthoryn, viendo que ella ya no gritaba, le guiñó un ojo y comenzó a caminar de nuevo hacia los establos, llevándola en brazos como si fuera el tesoro más ligero de la frontera, mientras Vharok, detrás de ellos, soltaba un bufido que sonaba sospechosamente a una carcajada de dragón.
Allí iban, el caballero del chichón en la frente y la heredera del vestido hecho jirones. Kaelthoryn avanzaba por el patio de los establos con una zancada tan orgullosa que cualquiera diría que acababa de conquistar un reino, y no que llevaba en brazos a una chica que pesaba lo mismo que un saco de forraje y que no paraba de llamarlo "asno real".
—¡Que me bajes, Dravenkael! ¡Hay mozos de cuadra mirando! —protestó ella, aunque sus dedos seguían sospechosamente enredados en el pelo de la nuca de él.
—Que miren, Tormenta. Que vean cómo se lleva un trofeo de guerra —replicó él con una suficiencia que me dolió hasta a mí.
> *¿Trofeo de guerra? ¡Por los vientos, qué falta de tacto tiene este muchacho! Si fuera yo, lo habría convertido en un sapo hace tres párrafos. Pero claro, ahí está ella, quejándose de boquilla mientras se acomoda en su pecho como si fuera un cojín de plumas de ganso. ¡Qué hipócritas son los humanos cuando hay hormonas de por medio, de verdad! ¡Ush!*
Al llegar frente al pesebre de Vharok, Kaelthoryn se detuvo con una floritura innecesaria. En lugar de soltarla con cuidado, **le dio una vuelta rápida en el aire**, haciendo que los jirones azules del vestido volaran como las alas de un colibrí borracho, y la dejó caer de pie sobre la paja seca.
—Servida, mi dama —dijo él, haciendo una reverencia burlona mientras retrocedía hacia la salida—. Me marcho antes de que decidas que mi otra oreja necesita una pluma decorativa.
Se dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la salida del establo con paso decidido. Zhaeryntha se quedó allí, parpadeando, con una brizna de paja en el pelo y una expresión de "no puede ser que me haya dejado aquí tirada". Pero, ¡ay!, conocía yo bien a mi pequeño Dravenkael. No había dado ni diez pasos cuando se frenó en seco, hizo un giro dramático sobre sus talones y regresó corriendo.
—¡He cambiado de opinión! —exclamó él, volviendo a cargarla al hombro como si fuera un fardo de contrabando—. Vharok necesita descansar solo, y tú necesitas un baño y dejar de parecer una fugitiva del bosque. ¡Nos vamos al castillo!
—¡¡PE-PERO...!! ¡¡KAELTHORYN!! —el grito de ella resonó en todas las vigas del establo mientras él salía a trote por el patio, dirigiéndose directamente hacia la imponente subida del Castillo Vaelkríass.
> *¡Pero miren a este espécimen! ¡Ahora resulta que es el salvador de la higiene personal! ¿De verdad cree que puede entrar en la fortaleza de los Vaelkríass cargando a la heredera como si fuera un jabalí cazado sin que los guardias le corten la cabeza? ¡Es un suicida romántico o simplemente no tiene ni una neurona que no esté pensando en esos ojos grises!*
Subieron la colina, con Zhaeryntha dándole patadas al aire y soltando insultos que harían sonrojar a un pirata de las islas del hierro. Cruzaron el puente levadizo ante la mirada atónita de los centinelas, que no sabían si bajar las lanzas o pedir un autógrafo ante semejante desplante de audacia.
—¡Bájame ahora mismo! ¡Dravenkael, mis tíos nos van a matar! —siseaba ella, intentando cubrirse la cara con las manos para que el servicio no la reconociera en ese estado de desaliño total.
—Que nos maten, pero que nos maten limpios y juntos —respondió él, subiendo las escaleras de piedra del gran vestíbulo con una energía que envidiaría un toro de lidia.
> *¡Ay, por favor! "¿Juntos?" ¡Qué cursilería tan barata, Kaelthoryn! Casi me dan ganas de escribir una plaga de langostas solo para ver si dejan de decir tonterías. Pero ahí van, directos al corazón del castillo, él creyéndose el héroe de una balada y ella fingiendo que odia cada segundo del trayecto, cuando en realidad está apretando el brazo alrededor de su cuello para no caerse. ¡Humanos! ¡Son tan predecibles que a veces me pregunto por qué sigo dándoles tinta!*
Allí entraron, al santuario de mármol y vapor de los Vaelkríass, con el eco de las botas de Kaelthoryn resonando en los azulejos como si fuera el dueño del mismísimo trono. Él la soltó al fin, dejándola de pie junto a la tascada de agua termal que ya humeaba con aroma a sales de pino.
—¡Dravenkael, vete! ¡Vete ahora mismo! —le siseaba ella con una urgencia que rayaba el pánico, mirando de reojo hacia la puerta de roble que no tenía ni un mísero cerrojo—. Si mi tía entra y te ve aquí, no habrá dragón en la frontera que te salve de la ejecución. ¡Kael, por los cielos, muévete!
Pero, ¿ustedes creen que el muchacho escuchó? ¡Ja! Ese tiene los oídos taponados con la misma arrogancia que le llena los pulmones. Kaelthoryn ni siquiera la miró; simplemente comenzó a desabrocharse el jubón manchado de sangre con una calma que me dio escalofríos en las alas.
> *¡Mírenlo! ¡El muy descarado se cree que está en su tienda de campaña! "¡Vete!", dice ella, pero se queda ahí parada, con los ojos como platos, viendo cómo vuela la túnica por un lado y los pantalones por el otro. ¡Ay, por las estrellas, que alguien le ponga una venda a esta muchacha o que le dé un empujón hacia la salida!*
Zhaeryntha intentó articular otra protesta, pero se quedó muda. Sus ojos grises, antes tan fieros, bajaron lentamente, recorriendo centímetro a centímetro la anatomía del jinete. Y claro, ahí estaba el "problema". Kaelthoryn se quedó allí, desnudo como el día que nació, pero con un... detalle adicional que no tenía cuando era bebé.
> *¡Pero bueno! ¡¿Qué es eso?! ¡Parece que el chico lleva una lanza de asalto de repuesto entre las piernas! Está ahí, firme y apuntando al techo como si quisiera declarar la guerra por su cuenta. ¡Qué barbaridad! Con razón la pobre Zhaeryntha se ha quedado más pálida que un fantasma de invierno... aunque apuesto a que por dentro está calculando si eso cabe en algún mapa de navegación que ella conozca. ¡Ush, qué dotación tan exagerada tienen estos Dravenkael, se nota que la genética no solo les dio dragones grandes!*
Kaelthoryn dio un paso hacia ella, con esa sonrisa de "sé perfectamente lo que estás mirando", y el vapor empezó a envolverlos en una neblina que ya me está dando dolor de cabeza.
> *¡¡NO!! ¡¡BASTA!! ¡¡YO NO VOY A NARRAR COCHINADAS ASÍ!! ¡Ni loca! ¡Una tiene su dignidad de espíritu ancestral y no me pagan lo suficiente para describir las maniobras de acoplamiento de estos dos animales! ¡Para eso que lo narren ellos si tanto quieren presumir!*
> *¡Así que aquí termina el episodio! Me voy a lavar la cara con agua bendita o con nieve del norte, ¡que para el colmo la tengo roja como un tomate de solo pensar en las cochinadas que tendrán que hacer esos dos idiotas en cuanto se metan al agua! ¡Qué falta de pudor! ¡Adiós, me largo de aquí antes de que empiecen los jadeos!*