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EL CONFÍN

EL CONFÍN

Status: Terminada
Genre:Aventura / Reencuentro / Posesivo / Completas
Popularitas:41
Nilai: 5
nombre de autor: Pablo Ezequiel

A los 30 años, Alejandro cumplió su mayor sueño: ser dueño del bar más popular de la zona. Atractivo, de cabello oscuro peinado hacia atrás, barba cuidada y ojos claros que llaman la atención, es un hombre carismático y seductor que disfruta de su soltería.

NovelToon tiene autorización de Pablo Ezequiel para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Mesas de juegos y miradas atentas.

Al fondo del local, separada de las mesas habituales por una barandilla baja y una cortina de hilos que dejaba pasar la luz, se encontraba la zona que daba personalidad propia a El Confín: dos mesas de pool de madera oscura, con la tela de un verde intenso y brillante, siempre impecables y listas para el juego. Eran el punto favorito de muchos de los clientes, el lugar donde se armaban las apuestas, las risas y las charlas que se prolongaban durante horas.

Alejandro lo había diseñado así desde el principio. Sabía que el pool tenía algo especial: no era solo un juego, era un escenario donde la gente se relajaba, bajaba la guardia y terminaba contando cosas que en la mesa del centro quizás se callarían. Y para él, acostumbrado a analizar cada detalle, cada movimiento y cada gesto, ese rincón era una de sus mejores fuentes de historias.

Esa noche, las luces que colgaban sobre las mesas proyectaban un círculo de luz perfecto sobre la superficie verde, dejando el resto del espacio en una penumbra agradable. Se escuchaba el sonido seco y característico: el golpe del taco contra la bola, el chasquido cuando chocaban entre sí, el rodar suave sobre la tela y el sonido hueco al caer en los agujeros. Una música más animada que en el resto del local acompañaba el ritmo de las partidas.

Alejandro se movía entre el mostrador y la zona de juego con esa agilidad silenciosa que tenía. Se apoyó en un poste cercano, con una botella de trapo en la mano, observando la partida que estaba en marcha. Su postura seguía siendo recta, elegante, con las manos a la altura de la cintura, y su cabello oscuro, peinado impecablemente hacia atrás, destacaba bajo la luz. Su barba cuidada enmarcaba esa media sonrisa tranquila que siempre lo acompañaba, pero eran sus ojos claros los que trabajaban de verdad: recorrían cada rostro, cada movimiento, cada expresión.

Para él, ver jugar a la gente era casi como leerles la mente. Vía quién tenía paciencia y quién se impacientaba, quién jugaba limpio y quién intentaba engañar, quién estaba nervioso por algo ajeno al juego y quién solo buscaba distraerse. Eran habilidades que había aprendido en su vida anterior, en tiempos de disciplina y vigilancia, y que ahora usaba simplemente para entender a las personas que pasaban por su bar.

—¡Vamos, Alejandro, anímate y juega una! —le gritó uno de los jugadores, un hombre de unos cuarenta años que venía seguido y ya llevaba dos copas de más—. Dicen que nadie te ha podido ganar nunca... ¿será verdad?

Alejandro soltó una risa suave y negó con la cabeza, sin apartar la vista del juego un solo instante.

—Hoy mejor no. Mi trabajo es que ustedes jueguen a gusto, no quitarles la diversión —respondió con su tono de voz grave y agradable, que sonaba amable pero firme.

Todos sabían que, en efecto, Alejandro jugaba excepcionalmente bien. Pocos lo habían visto hacerlo, pero quienes lo habían presenciado decían que tenía una precisión y una estrategia que parecían imposibles, como si calculara cada ángulo y cada efecto mucho antes de que el taco tocara la bola. Era otra de esas cosas que hacían pensar: ¿dónde habrá aprendido así?. Pero como con todo lo demás, nadie le preguntaba, y él nunca lo contaba.

Mientras el juego continuaba, se acercaron sus amigos: Martín, Lucas, Sofía y Diego. Se quedaron parados junto a él, mirando la partida, como si formaran parte de la misma pared que observaba todo.

—Lo haces otra vez, ¿verdad? —le dijo Sofía en voz baja, acercándose solo lo suficiente para que él la oyera. Lo conocía demasiado bien.

—¿Hacer qué? —preguntó Alejandro, sin dejar de mirar a un par de hombres que habían entrado hacía unos minutos y que ahora observaban el juego desde el borde, sin participar, mirando todo con demasiada atención.

—Eso... —señaló ella con la mirada—. Estás mirando más allá de las tacadas. Analizas a todos.

Alejandro giró levemente la cabeza hacia ella, y esa sonrisa seductora apareció en sus labios, pero sus ojos claros seguían serios, atentos.

—Aquí no hay nada que analizar, Sofía. Solo gente que juega, gente que bebe y gente que habla —respondió con calma, aunque bajó un poco más la voz—. Pero es mi deber saber quién entra, quién sale y de qué hablan. Esto es mi casa, ¿recuerdas? Y yo cuido lo que es mío.

Ella entendió perfectamente. Sabía que detrás de esa aparente tranquilidad, Alejandro seguía siendo el mismo hombre que había aprendido a protegerse y a proteger a los suyos. Había dejado atrás el uniforme y las órdenes, pero el instinto seguía ahí, vivo y alerta.

En ese momento, uno de los hombres nuevos que estaban al lado hizo un comentario demasiado alto, con un tono que de inmediato tensó el ambiente. Hablaban de negocios, de deudas y de nombres que a Alejandro le sonaron vagamente familiares, cosas que se decían entre risas pero que tenían un peso oscuro.

Alejandro no se movió, no cambió de expresión, pero sus sentidos se agudizaron al máximo. Escuchaba cada palabra, medía cada gesto, veía cómo se miraban entre ellos, cómo se pasaban papeles pequeños debajo de la mesa de juego, ocultos a la vista de los demás, pero no a la de él.

Para cualquiera que pasara por ahí, solo eran más clientes disfrutando de una partida. Pero para él, detrás de esas mesas de juego, se estaban revelando secretos, movimientos y situaciones que nada tenían que ver con el ocio. Y allí estaba él, el dueño de bar, el hombre que solo quería paz, convertido sin querer en testigo de todo, con esa capacidad única para notar lo que nadie más veía.

Martín le dio un golpe suave en el hombro.

—Todo bien, jefe? Te has quedado muy quieto...

Alejandro parpadeó, rompiendo por un instante esa concentración absoluta, y volvió a mirar a su amigo con esa calma de siempre.

—Todo perfecto —dijo, enderezándose y acomodándose la camisa con un gesto elegante—. Solo pensaba que las mesas de pool son como la vida, ¿no? Todo parece tranquilo y calculado, pero basta un pequeño error para que todo cambie de dirección.

Dio media vuelta y regresó hacia el mostrador, pero antes de irse, volvió a mirar por encima del hombro hacia aquellos dos hombres. Sus ojos claros brillaron en la penumbra. Sabía que esa conversación no había sido una coincidencia, y sabía también que, aunque él intentaba mantenerse al margen, a veces el mundo se empeñaba en llevar los problemas justo hasta donde tú has construido tu refugio.

Esa noche, como tantas otras, entre el sonido de las bolas chocando y las miradas atentas de quien lo ve todo, Alejandro comprendió que su bar era mucho más que un lugar de encuentro: era un tablero, y él, sin buscarlo, seguía siendo el mejor jugador de todos.

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