Haru creía que el amor era sacrificio. Graduado con honores en Tokio y con un futuro brillante en el arte y las letras, lo dejó todo por un matrimonio de contrato con Ren, un alfa que solo le devolvió desprecio y violencia. Tras tres años de infierno, Ren lo desecha como a un mueble viejo, dejándole solo un pequeño apartamento en un complejo exclusivo.
En el ático de ese mismo edificio vive Kaito Kuroda, el heredero de un imperio que se mueve entre la legalidad empresarial y las sombras de la mafia japonesa. Kaito no cree en el amor romántico; para él, la lealtad solo existe en la sangre. Sin embargo, su paz se ve interrumpida por un vecino ruidoso que huele a miedo y a pintura fresca.
Lo que comienza como roces por paquetes mal entregados y quejas por mudanzas nocturnas, se convierte en una conexión inevitable. Pero la libertad de Haru es una amenaza para el ego de su exesposo.
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Capítulo 5: Expedientes de Sangre
Kaito Kuroda no era un hombre de curiosidades triviales. En su mundo, la información era la diferencia entre una expansión de mercado y un funeral. Pero mientras estaba sentado en su escritorio de ébano, la imagen de Haru Mizushima —encogido, protegiendo una caja de pinturas baratas como si fuera su propia vida— no lo dejaba en paz.
Un sobre de manila negro aterrizó sobre su escritorio. Yuki entró, su expresión usualmente burlona reemplazada por una mueca de desagrado profesional.
—Aquí tienes, hermano. Haru Mizushima. 25 años. Omega. Graduado con honores de la Universidad de las Artes de Tokio. Un prodigio, según sus profesores. Se casó hace tres años con Ren Ichijō.
Kaito abrió el sobre. Lo primero que vio fue la foto de la boda. Haru lucía radiante, con una sonrisa que llegaba a sus ojos, sosteniendo un ramo de lirios. Comparó esa imagen con el espectro asustadizo que vivía al lado y sintió un frío metálico recorrerle la columna.
—Los Ichijō... —masculló Kaito, sus ojos escaneando los informes médicos—. Una familia de "viejos valores". Traducido: alfas retrógrados que creen que un omega es propiedad privada.
—Es peor de lo que piensas —Yuki señaló un folio con sellos de hospitales privados—. Entradas frecuentes a urgencias. "Caídas por las escaleras", "accidentes domésticos", una costilla rota hace seis meses, contusiones múltiples. Nunca hubo denuncias. El dinero de los Ichijō compra muchos silencios, Kaito. El divorcio se firmó ayer. Ren lo echó de la mansión y le dio ese apartamento para quitárselo de encima mientras él se luce con su nueva amante, una omega de la familia Akemi.
Kaito apretó el papel con tal fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. El informe detallaba no solo la violencia física, sino la aniquilación sistemática de la carrera de Haru. Habían cancelado sus exposiciones, cerrado sus cuentas bancarias y lo habían aislado de cualquier contacto humano.
—Ren Ichijō —dijo Kaito, su voz vibrando con una amenaza latente que hizo que Yuki se enderezara—. Cree que puede romper a un ser humano y simplemente tirarlo a la basura cuando se aburre.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Yuki—. Técnicamente, no es nuestro asunto. Los Ichijō son aliados comerciales menores de uno de nuestros frentes legales.
Kaito cerró el expediente. Su mirada ámbar era ahora un incendio bajo control.
—Nadie que viva bajo un techo de los Kuroda es "asunto ajeno", Yuki. Ese edificio es mío. Y no tolero que el miedo de ese omega contamine mi pasillo.
Mientras tanto, en el 12-B, Haru intentaba respirar. El olor a pintura al óleo empezaba a llenar el pequeño y vacío salón. Había colocado un lienzo pequeño en el suelo, ya que no tenía caballete. Sus manos aún temblaban, pero el contacto con el pincel era lo único que lo mantenía anclado a la realidad.
Intentó trazar una línea, pero el recuerdo del cinturón de Ren cruzando su espalda lo asaltó de repente. El pincel cayó de sus dedos, manchando la madera. Haru se abrazó a sí mismo, meciéndose de adelante hacia atrás.
—No está aquí... no está aquí... —susurraba, con los ojos cerrados con fuerza—. Estás solo. Estás a salvo.
Pero el silencio del apartamento le recordaba su soledad absoluta. No tenía dinero, no tenía amigos, y su vecino era un alfa que irradiaba un poder que lo aterraba. De repente, un golpe rítmico en la puerta lo hizo saltar. No era un golpe violento, era constante y firme.
Haru se acercó a la mirilla, conteniendo el aliento. Era Kaito. Llevaba una bolsa de una de las cafeterías más caras de la zona y lo que parecía ser un estuche de madera largo.
Haru abrió la puerta solo unos centímetros, dejando puesta la cadena de seguridad.
—Dije que no quería... —empezó Haru, con la voz temblorosa.
—Sé lo que dijiste —interrumpió Kaito, sin inmutarse—. Pero mi hermana dice que los artistas no pueden trabajar con el estómago vacío. Y mi conserje encontró esto en el almacén. Es un caballete de madera de cerezo. Estaba ocupando espacio.
Kaito dejó la bolsa de comida y el caballete pesado en el suelo, frente a la puerta.
—No voy a entrar, Mizushima. No voy a tocarte. Pero si vuelvo a oler ese aroma a desesperación saliendo por debajo de tu puerta, voy a tener que quejarme a la administración por "vecino ruidoso" —dijo Kaito con una pizca de humor seco que Haru no supo cómo interpretar—. Come. Pinta. Y deja de pedir perdón por existir.
Kaito se dio la vuelta y caminó hacia su apartamento sin esperar una respuesta. Haru se quedó mirando los objetos en el pasillo. Por primera vez en tres años, un alfa le había dado algo sin pedirle que se arrodillara o se sometiera a cambio.
Lentamente, Haru abrió la puerta y metió las cosas. Al abrir la bolsa de comida, encontró una nota escrita con una caligrafía impecable y autoritaria: "Los perros que ladran fuerte suelen ser los más cobardes. Ren Ichijō ladra mucho. Tú ya no tienes por qué escucharle".
Haru dejó caer la nota, su corazón latiendo con una mezcla de terror y una extraña, muy extraña, chispa de curiosidad. ¿Cómo sabía ese hombre el nombre de su exesposo? ¿Quién era realmente Kaito Kuroda?
Esa tarde, por primera vez, Haru no pintó sombras. Pintó una mancha de color ámbar, del mismo color que los ojos del hombre que vivía al otro lado del muro.