En el pequeño pueblo de Valleoscuro, donde las montañas se alzaban como gigantes dormidos y la niebla solía quedarse abrazada a los tejados hasta bien entrada la mañana, todos conocían a Mariana. No por su nombre, ni por su familia, ni por nada que hubiera dicho o hecho, sino por una sola cosa: su cabello. Era rojo, del tono intenso de las brasas que arden despacio en la chimenea, rizado como las olas de un mar que nunca se calma, y tan largo, tan increíblemente largo, que nadie había logrado ver dónde terminaba.
Mariana tenía la piel morena, suave y cálida como la tierra fértil de los valles cercanos, y sus ojos eran del color del ámbar, brillantes y profundos, como si guardara en ellos todos los atardeceres que se habían visto caer sobre aquel rincón del mundo. Vivía en una casa pequeña, de paredes de adobe y techo de tejas rojas, situada al final del camino principal
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Capítulo 14: Un hogar entre las nubes.
—Yo también te necesito, Kael —confesó ella, y al decirlo sintió que un peso más se iba de sus hombros, reemplazado por una sensación bonita y cálida—. A veces me asusta todo lo que tengo que hacer. Me asusta no estar a la altura, o que mi luz se apague algún día. Pero cuando tú estás aquí… todo es más fácil. Todo tiene sentido.
Kael extendió lentamente su mano y la colocó sobre la de ella, con mucho cuidado, como si tocarla fuera algo sagrado. Su mano era grande, cálida, fuerte, y al sentir su contacto, el cabello de Mariana brilló un poco más, no con fuerza, sino con un resplandor suave y rosado, diferente al dorado de siempre.
—Tu luz nunca se apagará, Mariana —le dijo él con voz firme y suave a la vez—. Porque no viene de tu cabello, ni de ningún don antiguo. Viene de ti, de tu corazón, de lo buena que eres. Y mientras yo esté vivo, te prometo que siempre tendrás a alguien que te acompañe, que te escuche y que te quiera, por encima de cualquier título o cualquier deber.
Ella sonrió, y esta vez las lágrimas que cayeron eran de alegría. Se acercó un poco más a él, y por un momento, todo lo demás desapareció: los consejeros, las torres, las montañas, el deber que tenía con todo el reino. Solo estaban ellos dos, en medio de esa sala que había sido testigo de tantas cosas, ahora siendo testigo de algo mucho más importante: el nacimiento de un amor que estaba destinado a brillar tanto o más que cualquier luz.
Fuera, el sol comenzaba a esconderse detrás de las nubes, pintando el cielo de colores naranjas y violetas. La luz de Mariana se extendía por toda la ciudad, como siempre, pero ahora, esa luz llevaba también la warmth y la promesa de este nuevo sentimiento. Sabían que el camino que venía no sería fácil, que todavía había mucho por hacer, mucho por aprender y muchos desafíos por enfrentar. Pero ya no caminarían solos. Ahora, sus destinos estaban entrelazados, igual que las hebras de ese cabello rojo que unía todo lo que ella tocaba. Y esa era, quizás, la magia más grande de todas: haber encontrado, en medio de su gran viaje, a la persona con la que quería recorrer el resto de su vida.
Pasaron varios meses desde aquella tarde en el Gran Salón, y la vida en la Ciudad Alta había cambiado mucho, aunque para Mariana y Kael, el cambio más grande era el que ocurría entre ellos. Su amor no fue algo que ocultaran, ni algo que se apresuraran a gritar a los cuatro vientos; fue un crecimiento lento, natural, como el árbol que ella había plantado tiempo atrás en las tierras rocosas y que ahora crecía fuerte y lleno de vida. Se veían cada día: al amanecer, cuando él terminaba su turno de vigilancia en las torres; al mediodía, cuando ella tenía reuniones con los consejeros y él esperaba fuera, siempre atento, siempre cerca; y por las tardes, cuando caminaban juntos por los jardines que rodeaban la ciudad, esos jardines que antes eran casi estériles y que ahora, gracias a la luz que emanaba ella cada vez que pasaba, estaban llenos de flores de colores vivos y árboles frondosos.
La gente de la ciudad, al principio sorprendida de ver a su gran guía acompañada siempre por un simple guardia, pronto comenzó a ver lo que todos podían notar: que cuando Mariana estaba con Kael, su luz brillaba de una forma diferente. No era la luz de la autoridad ni de la magia, sino una luz más humana, más feliz. Y Kael, que antes era un hombre reservado y de pocas palabras, ahora sonreía más, hablaba con más gente y se sentía parte de todo, no solo un vigilante alejado en las alturas. Los consejeros, que al principio habían dudado, también aceptaron su unión; entendieron que la fuerza de Mariana no venía de estar sola, sino de tener a alguien que la amara y la apoyara, tal como ella amaba y apoyaba a todo el pueblo.
Así llegó el día en que decidieron dar un paso más. No necesitaban grandes fiestas ni ceremonias complicadas, aunque todo el reino quería celebrar con ellos. Para ellos, lo importante era lo que sentían y lo que querían construir juntos. Se casaron en una pequeña capilla construida en lo alto de una de las torres más bajas, esa desde donde se veía todo el valle y, a lo lejos, las tierras de Valleoscuro, el hogar de Mariana. Solo estaban sus familias —que habían viajado para estar ahí—, los amigos más cercanos y la gente del pueblo que había subido con mucho cariño.
Ese día, Mariana no usó vestidos pesados ni adornos de oro o piedras preciosas, aunque muchos se los habían regalado. Prefirió una túnica de tela suave, de color blanco con bordados rojos que imitaban el movimiento de su cabello. Y su cabello, su gran característica, estaba suelto, cayendo desde lo alto de la torre hasta casi tocar el suelo de la montaña, brillando con tanta fuerza que, contaron después los que vivían en los pueblos más abajo, parecía que el sol hubiera bajado un poco más para acompañarlos. Kael, por su parte, vestía su ropa de guardia, pero limpia y arreglada, con una capa azul oscuro que le había regalado el propio jefe del Consejo como símbolo de respeto.
—Te prometo que, pase lo que pase, seré tu compañero —le dijo él mientras tomaba sus manos frente a todos—. Que compartiré tus alegrías y tus cargas. Que tu luz será mi luz, y que siempre seré el lugar donde puedas descansar, sin importar qué tan grandes sean las responsabilidades que lleves.
—Y yo te prometo —respondió ella, con la voz clara y llena de emoción— que mi corazón es tuyo. Que mi fuerza también será para ti. Que construiremos algo hermoso aquí, algo que refleje todo lo que hemos aprendido y todo lo que amamos. Y que nunca olvidaremos de dónde venimos, ni lo importante que es caminar juntos.
Después de la ceremonia, hubo fiesta y alegría por toda la ciudad durante tres días. Hubo música, comida, y los jardines brillaron más que nunca. Pero cuando todo terminó, lo que más ilusionaba a los dos era empezar su vida en la pequeña casa que habían preparado. No vivían en los grandes palacios de los gobernantes, ni en las habitaciones frías de las torres. Habían elegido una vivienda sencilla, de paredes blancas y ventanas amplias, ubicada en una zona tranquila, rodeada de los jardines que ahora crecían gracias a ella. Tenía una vista preciosa hacia las montañas y, lo más importante, era suya.
Los primeros meses de casados fueron una mezcla de deberes y momentos íntimos. Mariana seguía siendo la guía: cada día debía reunirse con los consejeros, escuchar las necesidades de los pueblos de todas las regiones, resolver conflictos, y viajar a veces para visitar los lugares más lejanos, llevando su luz y su mensaje de unión. Kael, por su parte, seguía siendo guardián, aunque ahora también ayudaba a organizar la seguridad y las rutas de los viajes de ella, y colaboraba en todo lo que podía para que el trabajo de Mariana fuera más ligero.
Pero al final de cada día, cuando cerraban la puerta de su casa, todo el peso de las responsabilidades se quedaba afuera. Ahí, podían ser simplemente ellos dos. Preparaban la comida juntos, hablaban durante horas de todo y de nada, leían, o simplemente se sentaban frente a la ventana a ver caer la tarde. Fue en esos momentos cuando Mariana aprendió algo nuevo sobre su don: cuando estaba tranquila, feliz y en paz, su cabello brillaba con una luz diferente, más suave, más cálida, y esa luz parecía llenar cada rincón de su hogar. Las plantas que tenían dentro crecían sanas y hermosas, el aire siempre se sentía fresco y agradable, y decían los vecinos que incluso los días más fríos o nublados, al pasar cerca de su casa, sentían calor y alegría.