La dulzura la llevó a la muerte.
En su segunda vida, aprendera a disfrutar del miedo ajeno, a sonreír mientras destruye y a usar el deseo como castigo. Convertida en la Villa jugara con sus presas como con una hoja afilada: lenta, precisa e inevitable.
La dulzura fue su condena. La villanía, su salvación.
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correspondencia
Subí al carruaje con la sensación de haber sobrevivido a una batalla que olía a té y perfume caro. Mi doncella acomodó mi falda con precisión quirúrgica y cerró la puerta. El vehículo arrancó con un balanceo suave.
—Respire, mi lady —dijo ella.
—Estoy respirando —respondí—. Lo hago desde que nací. Es una costumbre difícil de abandonar.
Me recosté contra el asiento, mirando el cielo que empezaba a teñirse de naranja. Había sido una tarde productiva. Elegante. Estratégica. Y ligeramente agotadora.
El carruaje dio un leve salto. Algo se deslizó sobre el asiento frente a mí.
Un sobre.
Negro.
No lo vi entrar. No escuché nada. Simplemente estaba ahí.
Suspiré.
—Por supuesto.
Mi doncella lo miró.
—¿Es…?
Asentí.
El sello era la llama. Roja, impecable, perfectamente impaciente.
Lo abrí con calma estudiada. Si iba a leer algo potencialmente dramático, al menos lo haría con dignidad.
La carta decía:
“Lady Lithya,
Lamento no poder comunicarme con usted estos tres días. Tuve un asunto urgente que requirió mi presencia inmediata. No fue una decisión ligera ni una descortesía intencional.
K.”
Eso era todo.
Miré la hoja. Luego el reverso. Como si tal vez la explicación estuviera escondida en tinta invisible.
—Eso es… breve —comentó mi doncella.
—Eso es sospechosamente breve.
Volví a leer la primera línea.
“Lamento no poder comunicarme con usted estos tres días.”
tres días.
No una noche. No una ausencia momentánea. Tres días completos sin explicación.
—¿Qué clase de asunto urgente dura exactamente Tres días y no permite enviar ni una línea? —murmuré.
—Uno importante —respondió mi doncella.
—O uno muy complicado.
Apoyé la carta sobre mis rodillas y miré por la ventanilla.
Podía imaginar varias posibilidades.
Consejo secreto.
Reunión con el rey.
Un conflicto en la frontera.
Un intento de asesinato fallido.
O, peor aún… algo que no podía escribirse.
Pero lo que más me inquietaba no era la urgencia.
Era el tono.
No había dramatismo. No había arrogancia. Tampoco había excusas elaboradas. Solo una afirmación directa.
“No fue una decisión ligera.”
Eso implicaba que sí hubo decisión.
—Molesto —murmuré.
—¿Él? —preguntó mi doncella.
—Yo. Me molesta que no me moleste lo suficiente.
Ella sonrió apenas.
El carruaje se detuvo frente al ducado. Bajé con la carta aún en la mano, como si fuera un objeto frágil y peligroso al mismo tiempo.
Subí a mi habitación sin detenerme a hablar con nadie. Cerré la puerta. Me quité los guantes lentamente y me senté en el escritorio.
Coloqué la carta frente a mí.
Dos días.
Si hubiera querido ignorarme, no habría escrito.
Si no le importara, no habría explicado.
Si fuera arrogante, habría asumido que no necesitaba aclarar nada.
Pero escribió.
Tomé papel nuevo.
Respiré.
Y comencé.
“Archiduque,
Me alegra saber que su ausencia tuvo causa y no capricho. En tiempos recientes, ambos conceptos parecen confundirse con facilidad.”
Me detuve.
Demasiado punzante.
Arrugué la hoja.
Intenté de nuevo.
“Archiduque,
Aprecio que haya decidido escribir. Tres días pueden parecer poco en política, pero son eternos en rumores.”
Eso era mejor.
Continué.
“Confío en que su asunto urgente haya sido resuelto sin mayores consecuencias. El reino parece intacto, lo cual siempre es tranquilizador.
Sin embargo, comprenderá que la curiosidad no desaparece con una explicación parcial.”
Leí la frase varias veces.
Sí. Parcial. Esa era la palabra.
Añadí una última línea:
“Si en algún momento considera oportuno compartir más, sabrá dónde encontrarme.
Lithya.”
Simple. Digno. Sin reproche evidente.
Doblé la carta con cuidado y la sellé.
Mientras la cera se enfriaba, me permití pensar algo que no diría en voz alta:
Si realmente fue peligroso…
si realmente fue urgente…
entonces él eligió escribir después.
No antes.
Después.
Lo que significa que, terminado el asunto, pensó en mí.
Me levanté antes de que mi mente empezara a construir escenarios innecesarios.
—Entrégala de inmediato —le dije a mi doncella cuando entró.
—Sí, mi lady.
Cuando se fue, me quedé mirando la carta original sobre el escritorio.
La llama roja parecía observarme.
—Asuntos urgentes —murmuré.
Muy bien.
Resuélvalos.
Pero no espere que yo me quede quieta mientras tanto.
Salí de mi habitación con la tranquilidad peligrosa de alguien que acaba de hacer algo que no debería… y lo hizo con caligrafía perfecta.
La carta ya iba en camino.
No al príncipe heredero.
Al archiduque.
A él.
Nadie lo sabe.
Nadie debe saberlo.
Y si alguien lo sospecha, fingiré que es imaginación colectiva producto de demasiado vino y poco criterio.
Ajusté mis guantes mientras caminaba hacia el ala oeste. El contraste casi me hacía reír: por un lado, estoy formalmente comprometida con el heredero del trono; por el otro, acabo de escribirle una carta casi íntima al hombre más enigmático del reino.
Equilibrio político, le llaman.
Hipocresía elegante, le llamo yo.
Llegué al despacho de mi padre y entré sin llamar.
Él estaba de pie, revisando unos documentos, pero no parecían absorberlo realmente. Cuando levantó la vista, no hubo sorpresa.
Me senté frente a él.
—Vengo a hablar del compromiso.
Asintió con calma.
—Bien. Ya es momento.
Nada de dramatismo. Nada de “¿estás segura?”. Esa conversación la tuvimos días atrás. Y desde entonces, él no solo aceptó mi decisión… la convirtió en estrategia.
—¿En qué punto estamos? —pregunté.
Se sentó y apoyó los codos sobre el escritorio.
—En el punto exacto que planeamos.
Me gusta cuando habla así.
—El príncipe aún cree que puede reparar el daño —continuó—. El rey está molesto, pero pragmático. Y la corte ya entiende que tú no provocaste el incidente del debut.
—Eso fue obra suya —murmuré.
—No fue obra de nadie. Fue torpeza masculina amplificada por orgullo.
Sonreí.
—Entonces el terreno está preparado.
—Sí. Desde la fiesta.
Recordé esa noche. La forma en que mi padre se mantuvo firme, pero sin escándalo. Cómo dejó que el silencio pesara más que cualquier acusación.
—Usted ya sabía que yo rompería el compromiso.
—Desde que me lo dijiste en mi despacho hace tres noches.
No hubo duda en su voz.
—¿Y no dudó?
—No.
Silencio breve.
—¿Por qué?
Se recostó en la silla.
—Porque un compromiso forzado genera debilidad futura. Y porque vi algo más.
—¿Qué vio?
Me sostuvo la mirada unos segundos.
—Que tu decisión no era capricho.
Eso me hizo respirar más ligero.
—No lo es.
—Lo sé.
Se levantó y caminó hacia la ventana.
—Además —añadió—, no eres una pieza sin opciones.
Ahí estaba.
No dijo nombre.
No necesitaba decirlo.
El archiduque.
El hombre de la máscara.
El secreto que aún no es oficial.
—¿Está preocupado? —pregunté con cuidado.
—Siempre.
—¿Por él?
—Por lo que implica.