En la vibrante metrópolis de Shanghái, la sangre no solo corre por las venas; es la moneda de cambio de un imperio que ha gobernado desde las sombras durante milenios.
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Capítulo 14
La lluvia en Suzhou no era como la de Shanghái. En la metrópoli, la lluvia parecía un estorbo, algo que ensuciaba el neón y apresuraba a las multitudes. Aquí, en la mansión ancestral de los Li, la lluvia era una presencia constante, un llanto rítmico que golpeaba las tejas de arcilla y se filtraba por los jardines de piedra, recordándole a Shu Yan que el tiempo, para los seres que habitaban este lugar, no era más que un río estancado.
Yan llevaba tres días encerrada. Su "prisión de lujo" comenzaba a asfixiarla. El qipao de seda negra que Zixuan le había obligado a vestir se sentía como una mortaja elegante. Cada vez que caminaba por los pasillos, el roce de la tela contra sus muslos le recordaba que era una propiedad, una joya guardada en una caja de seguridad de madera de sándalo.
—No voy a quedarme de brazos cruzados, Zixuan —susurró para sí misma mientras observaba el patio interior desde la galería.
Había estado observando a Mei Ling, la criada. La joven era humana, pero sus movimientos eran mecánicos, sus ojos carecían de ese brillo de voluntad que define a una persona libre. Yan sabía que Mei Ling estaba bajo el "vínculo de sangre", una forma de hipnosis y adicción que los Li utilizaban para asegurar la lealtad absoluta. Pero Yan era diferente. Ella tenía el ritual de la luna negra en sus venas, una conexión que, irónicamente, le otorgaba cierta resistencia a la manipulación mental directa de otros vampiros, aunque la encadenara emocionalmente a Zixuan.
Esa tarde, aprovechando que Zixuan estaba en una videoconferencia con los otros líderes del consejo, Yan logró entrar en el estudio privado de la mansión. No era el estudio moderno de la torre corporativa; este olía a papel viejo, tinta y una humedad ancestral. En el centro de la habitación, un escritorio de palisandro sostenía una terminal de computadora de última generación, un contraste violento con la decoración de la Dinastía Qing.
—Veamos qué escondes realmente en tus libros de contabilidad, "príncipe" —masculló Yan.
Sus dedos volaron sobre el teclado. No usó una conexión inalámbrica que pudiera ser rastreada; había traído un cable de datos oculto en la manga de su vestido. El hackeo fue quirúrgico. Evitó los firewalls principales y se infiltró a través del sistema de control de temperatura de la cava de vinos, que compartía un servidor secundario con los registros de logística.
Lo que encontró no fueron solo números o nombres de políticos comprados. Fue una base de datos denominada "Proyecto Manantial".
Al abrir los archivos, el estómago de Yan se contrajo. Fotos de hombres, mujeres y, lo que era peor, adolescentes, todos con etiquetas de colores. "Tipo O Negativo - Alta Pureza", "Suministro de Larga Duración - Deuda Liquidada", "Descarte - Salud Comprometida".
Eran humanos. Cientos de ellos. El Sindicato Li no solo gestionaba bancos de sangre legales bajo fachadas farmacéuticas. Gestionaban granjas.
—Dios mío... —el susurro de Yan salió roto.
Siguió bajando por la lista y encontró una carpeta titulada "Contratos Especiales". Al abrirla, vio el rostro de su padre. Shu Han aparecía en un contrato firmado hace diez años. No era una deuda de juego, como ella había creído. Su padre había sido el arquitecto financiero de este sistema de tráfico. Había diseñado los algoritmos para "lavar" la desaparición de estas personas, convirtiéndolas en simples errores administrativos o migraciones ficticias.
—No, papá... tú no —las lágrimas empezaron a nublar su vista—. No pudiste ser parte de este horror.
—Él no solo era parte de esto, Yan. Él lo hizo posible.
La voz de Zixuan llegó desde la puerta, fría y pesada como el mármol. Yan saltó de la silla, el cable de datos cayendo al suelo. Él estaba allí, apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados. Sus ojos no mostraban ira, sino una especie de lástima gélida que resultaba mucho más hiriente.
—¡Es mentira! —gritó Yan, señalando la pantalla—. ¡Tú lo obligaste! ¡Tú lo chantajeaste para que diseñara esta... esta carnicería!
Zixuan caminó hacia ella con lentitud depredadora. Cada paso parecía absorber el poco aire que quedaba en la habitación. Se detuvo a escasos centímetros de ella y, con un movimiento rápido, cerró la terminal de la computadora.
—Tu padre era un hombre brillante, Yan. Y como todos los hombres brillantes, tenía una ambición que superaba su moral —Zixuan la tomó por los hombros, obligándola a mirarlo—. Él vino a nosotros. Quería el poder que solo los Li podían darle. A cambio, nos dio la estructura para que nuestra sociedad sobreviviera sin necesidad de cazar en las calles como animales.
—¡Esto es cazar! —Yan le propinó un empujón, su voz cargada de un asco visceral—. ¡Tienen a personas enjauladas! ¡Los tratan como ganado! ¿Cómo puedes mirarme a la cara y decir que me proteges cuando lideras una organización que hace esto?
—El mundo no es una fábula de moralidad, Yan —respondió Zixuan, su voz subiendo de tono por primera vez—. Los humanos crían animales para comer. Nosotros somos los depredadores alfa de esta cadena. Lo que tu padre construyó fue un sistema de orden. Sin el "Proyecto Manantial", habría miles de cadáveres en los callejones de Shanghái cada mes. Los clanes menores son salvajes. Los Li... nosotros somos la civilización.
—¡Eres un monstruo! —le espetó ella, las lágrimas corriendo por sus mejillas—. Y yo soy una estúpida por haber sentido algo por ti. Por haber creído que había una chispa de humanidad detrás de esa máscara de hielo.
Zixuan la agarró de la barbilla, obligándola a levantar la cabeza. Sus dedos estaban helados, pero su mirada ardía con una intensidad salvaje.
—¿Humanidad? —siseó—. Nunca te prometí humanidad, Yan. Te prometí la verdad. Y la verdad es que estás ligada a mí por sangre y por ritual. Puedes odiar lo que soy, puedes odiar lo que tu padre hizo, pero no puedes negar lo que sientes cuando te toco.
—Siento asco —mintió ella, aunque su corazón latía con tal fuerza que parecía que iba a romperse las costillas.
—Mientes —Zixuan la atrajo hacia sí, eliminando cualquier espacio. Su aliento frío rozó sus labios—. Sientes miedo, sí. Pero también sientes el hambre de mi poder. El ritual de la luna negra no solo me da acceso a tu sangre, me da acceso a tu alma. Y tu alma está gritando por la oscuridad tanto como la mía.
En un arrebato de desesperación y odio, Yan lo besó. Fue un beso violento, un choque de dientes y rabia que sabía a sal y a la desesperanza de una mujer que sabe que está perdiendo su propia esencia. Zixuan respondió con una pasión devastadora, sus manos recorriendo la espalda de Yan, apretándola contra su cuerpo frío.
Por un momento, el horror de los archivos desapareció, reemplazado por la abrumadora necesidad física que el vínculo imponía. Yan odiaba su propia debilidad. Odiaba que, incluso sabiendo que él era el líder de una red de tráfico humano, su cuerpo respondiera a su cercanía con una urgencia eléctrica.
Zixuan se apartó bruscamente, su respiración —innecesaria pero instintiva— era pesada. Sus ojos eran completamente negros ahora, las pupilas habiendo devorado el iris ámbar.
—Vete a tu habitación, Yan —dijo con voz ronca—. Antes de que olvide que prometí no lastimarte.
—Ya me has lastimado más de lo que cualquier herida física podría hacerlo —respondió ella, limpiándose la boca con el dorso de la mano.
Salió del estudio corriendo, sus pasos resonando en el silencio sepulcral de la mansión. Se encerró en su cuarto y se dejó caer contra la puerta, sollozando. La verdadera cara de la mafia Li no era la de los hombres elegantes en trajes de marca; era la de los ojos vacíos de los donantes en las granjas y la firma de su propio padre en los contratos de su esclavitud.
Había perdido su pasado, su familia y ahora estaba perdiendo su alma ante un ser que veía la vida humana como una simple mercancía. Pero en medio de su dolor, una llama de rebelión comenzó a arder. Si su padre había construido ese sistema, ella lo destruiría. No importaba cuánto amara o temiera a Zixuan. El Sindicato Li caería, aunque ella tuviera que arder con él.