Cande, ceo de una gran empresa, muere y reencarna en Fiorella. Volviéndose la niñera del hijo del villano. El frívolo Giovanni. Tiene que proteger al niño para que no muera de una traición por parte de la corona. De lo contrario, ella es quien morirá. ¿lo malo a parte de que su vida depende de un niño? Es que nunca tuvo uno o cuido tan siquiera. Por eso, el joven amo le resulta tan estresante.
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Capitulo 6: ¿Información?
Han pasado varios días desde que Giovanni habló con Fiorella sobre la dichosa prueba de confianza.
Ella duerme poco, se levanta antes que el resto del servicio, se ata el cabello con manos todavía entumecidas por el sueño y empieza a revisar todo como si el castillo entero fuera un problema que solo ella puede controlar, la comida, el agua, las cerraduras, las ventanas, los pasillos, las bandejas que entran y salen, los nombres de los guardias de turno, los cambios de horarios que nadie le avisa.
No lo hace por desconfianza caprichosa, lo hace porque sabe que si Gabriel muere, ella muere con él, y ese suceso se le quedó clavada en el pecho desde el primer día.
Gabriel ya no la molesta como antes.
Eso era un alivio. Ahora la sigue en silencio. Se sienta cerca mientras ella cose un botón o revisa una lista, la mira trabajar con una seriedad que no corresponde, y cuando cree que ella no lo nota, se asegura de que siga ahí.
Una mañana, mientras inspecciona el desayuno, toma la cuchara aparte y prueba primero la sopa, luego el pan, luego el té.
Gabriel la observa desde la silla.
—Otra vez estás haciendo eso.
—Sí.
—Siempre lo haces primero tú.
—Siempre.
—¿Y si no tiene nada?
—Mejor.
—¿Y si sí tiene?
—Entonces me pasará a mí antes que a ti.
El niño frunce el ceño.
—No me gusta que digas eso.
—A mí tampoco, pero prefiero ser tu escudos.
—Los guardias deberían hacerlo, no tú.
—Los guardias no están todo el tiempo contigo, yo sí. Yo te tengo que proteger.
Gabriel baja la mirada, mueve los dedos sobre la mesa.
—No quiero que te mueras.
Fiorella suspira, deja la taza a un lado y se agacha hasta quedar a su altura.
—Y no lo haré. Confía en mí. Tu padre encontrará al traidor. Y serás libre de esta torre.
—Eso es difícil.
—Lo es. Pero no imposible.
El niño intenta contener una sonrisa.
—Hablas como si vieras el futuro.
—Ojala pudiera.
Él se queda callado. Ese mismo día, por la tarde, baja sola al ala de suministros; necesita revisar unas telas nuevas que enviaron para los uniformes del niño, Giovanni dejó claro que nada debía llegar sin inspección, y ella se lo tomó como una orden personal.
El pasillo está casi vacío, huele a polvo y a madera vieja, escucha pasos lejanos y el ruido de cajas moviéndose.
Entonces alguien la llama.
—¿Fiorella?
Se gira.
Un hombre que no reconoce, vestido como proveedor, camisa sencilla, botas gastadas, una sonrisa demasiado relajada.
—Sí, ¿qué necesita?
—Traje mercancía esta mañana, me dijeron que tú supervisas lo del pequeño príncipe.
—Superviso todo lo que entra a su habitación.
—Ah, entonces eres importante.
—Solo hago mi trabajo.
Él se acerca más de la cuenta.
—Podríamos hablar un momento.
—Hable desde ahí.
El hombre ríe bajo.
—No seas tan tensa, no vengo a causarte problemas.
—Entonces diga lo que tenga que decir.
Mira a los lados, como asegurándose de que nadie escuche, y saca una bolsa pequeña de cuero; cuando la agita, las monedas chocan con un sonido pesado.
—Es simple, solo información.
Fiorella no parpadea.
—¿Información de qué tipo?
—Horarios, por ejemplo, a qué hora duerme el niño, quién lo cuida por la noche, cuándo pasea por el jardín, cosas pequeñas, detalles que a nadie le importan.
—A mí sí me importan.
El hombre baja la voz.
—Mira, chica, con esto puedes irte lejos, comprar una casa, dejar de servir mesas, nadie sabrá que fuiste tú.
—¿Y por qué cree que quiero irme?
—Todos quieren irse. Después de sabe que están cuidando a un niño que siempre está en problemas.
—Yo no.
—No me mientas, nadie cuida a un niño ajeno por lealtad.
Fiorella lo observa con calma, por dentro la rabia le sube lenta.
—¿Cuánto?
Él sonríe.
—Lo que ves es solo el adelanto.
—¿Y si acepto, cómo se lo entrego?
—Nos vemos mañana, mismo lugar.
Ella asiente despacio.
—Espere aquí, voy a traer los horarios, los tengo escritos.
—Así me gusta, práctica.
Se da media vuelta con paso normal, sin correr, sin mostrar nada, gira en el primer pasillo y llama al guardia más cercano.
—Ve a buscar a Lord Giovanni ahora mismo, dile que Fiorella lo solicita por asunto urgente, sin ruido.
—¿Qué pasó?
—Solo hazlo.
Regresa.
El hombre sigue ahí, apoyado en la pared.
—¿Tardaste mucho?
— Los horarios están lejos.
— No te preocupes, puedo esperar, el dinero no se va a ir solo.
— Supongo que tampoco usted.
— No, yo soy paciente.
— Qué suerte.
Se miran unos segundos.
Entonces aparecen los guardias, y detrás Giovanni.
— ¿Este es? —dice.
— Sí, mi señor —responde ella.
El hombre intenta retroceder.
— Esperen, esto es un malentendido.
Giovanni ni siquiera lo mira directamente.
— Llévenselo.
— ¡Solo quería hablar! ¡No hice nada!
— Hablar de más también es un delito —dice uno de los guardias mientras lo sujetan.
El hombre forcejea.
— ¡Ella iba a aceptar!
Fiorella lo mira con frialdad.
— No te confundas, solo te estaba entreteniendo.
Se lo llevan.
El pasillo queda en silencio. Giovanni la observa unos segundos, largos e incómodos.
— ¿Te ofreció dinero?
— Sí.
— ¿Cuánto?
— Suficiente para tentar a cualquiera.
— ¿Y a ti?
— No.
— ¿Por qué?
— Porque si lo traiciono a usted, Gabriel muere, yo también muero porque no me dejaras escapar ¿O me equivoco
Él ladea apenas la cabeza.
— No muchos piensan así.
— Yo sí.
— Hiciste bien en avisar —dice al fin.
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Cuando se acuesta junto a la puerta de la habitación de Gabriel, con la espalda apoyada en la madera y la mano sobre el cuchillo oculto bajo la falda, entiende algo con una claridad que la deja sin aliento; ya no está protegiendo al niño solo por obligación o por miedo a morir, lo está haciendo porque le importa, porque cuando él la llama por su nombre o le toma la manga con torpeza siente algo que nunca tuvo en su vida anterior. Afecto hacia alguien.
Cierra los ojos un momento.
— No te voy a fallar —murmura para sí misma.
Desde dentro, Gabriel responde medio dormido.
— Fiorella… ¿estás ahí?
Ella se endereza.
— Sí, estoy aquí.
— No te vayas.
— No me voy a ir.
— Prométemelo.
— Te lo prometo.
Y se queda despierta hasta el amanecer.
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